« ¿Una persona recibe el doble del mal que hace? o ¿le sucede algo peor? recibe el doble del mal y le sucede algo peor para que recuerde nunca volverlo hacer. »
El alma se me cae a los pies. Apenas cruzo la puerta del ascensor, siento cómo se me quiebra la máscara que llevaba puesta todo el día. Ya no puedo contenerlo. Las lágrimas de enojo, de frustración, de impotencia, comienzan a deslizarse sin permiso. No me importa si el maquillaje se corre; solo llevo un poco de base y máscara, y en este momento, eso es lo menos importante.
Aprieto el botón Stop con decisión, como si ese pequeño gesto pudiera detener no solo el ascensor, sino todo lo que estoy sintiendo. El aparato se detiene y yo también. Me deslizo hacia abajo, hasta sentarme en el suelo frío. Apoyo la espalda contra el metal gélido, como si ese contacto pudiera calmar el fuego que llevo dentro. Abrazo mis rodillas, tratando de contenerme, de no desmoronarme más.
¿Qué siento?
Una presión insoportable en el pecho, como si el aire se negara a entrar. Como si algo invisible estuviera apretando desde dentro. La sangre me hierve en las venas, siento el calor subir con violencia. ¿Es enojo? ¿Es tristeza? ¿Es dolor? Ya no distingo.
Él cree que, al herirme, está obteniendo algún tipo de justicia. Que al ignorarme, al hablar con frialdad o lanzar indirectas, logra una especie de revancha emocional.
¿Sabrá lo que me hizo Erick? ¿Sabrá lo que me hizo mi mamá? ¿las cantidades de veces que fui a juicio por el supuesto robo? O ¿Lo que le pasó a Amalia?
No sabe nada, así que no le veo razón para que él y el mismísimo mundo se encarguen de restregarme lo bien que le va en la vida. No veo...
Sé lo que hice. Lo tengo claro, aunque finja que lo olvidé.
Sé que en secundaria hice sufrir a otros con palabras que cortaban más que una navaja. No porque fueran culpables de algo, sino porque yo necesitaba sentir que no era la única infeliz en ese mundo gris que me tocó habitar. Si yo me ahogaba, quería ver a alguien más tragando agua conmigo. Como si eso fuera a salvarme.
Sé que llegué ebria al trabajo más veces de las que puedo contar, buscando entre botellas la anestesia que me negara el infierno que era mi casa. Y en ese estado traté mal a clientes que no tenían la culpa, que solo venían por un café o por un poco de amabilidad. Pero yo no tenía amabilidad que ofrecerles, la había perdido hacía tiempo.
Sé que en la universidad traté de superar a una chica en notas solo para quedarme con una oferta de trabajo que mi madre, con su toxicidad y control enfermizo, estaba a punto de hacerme perder. Me vi acorralada, sí, pero igual fui yo quien decidió morder.
Y también... también engañé a Arquímedes. Me aproveché de su cariño, de su inocencia emocional, de ese corazón limpio que siempre me miró como si yo fuera algo digno. Me dejé querer cuando ya no tenía intención de corresponderle. Le mentí. Y lo peor de todo: lo hice sabiendo que él confiaba en mí.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano, torpe y rápida. No quiero que nadie lo note. Saco del bolso el maquillaje para retocarme. El polvo, el labial, la máscara de pestañas. Una rutina que me da la ilusión de control, de compostura. Me aferro al espejo pequeño como si en él pudiera encontrar otra versión de mí, una que aún no esté rota.
Respiro hondo. Me convenzo de que esto es solo una noche más, solo un paso más. Afuera me espera el espectáculo. Gente bien vestida, sonrisas de plástico, luces que ciegan. Pero allá nadie me debe nada, y yo tampoco espero nada de ellos. No quiero su pena. No la merezco. Porque si alguien falló, fui yo. Si alguien rompió promesas, fui yo. Yo les debía lealtad. A ellos, a él... y sobre todo, a mí misma. Y fracasé.
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
