Capítulo 2

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«Es difícil decir las cosas a los demás porque el corazón te dice una cosa y la mente te dice otra y a veces no sigues a ninguno de los dos.»


Mis dedos golpetean sobre la madera, un morse involuntario que traiciona los nervios que mi rostro —pulido, impecable— se niega a revelar. El reflejo en la pantalla del celular me devuelve una extraña: labios rojos como heridas frescas, pecas ahogadas bajo el maquillaje. Siempre es así. Construyo versiones de mí misma como quien levanta murallas, capa tras capa, hasta que ni yo reconozco los cimientos.

La cafetera escupe su líquido amargo en un gruñido, interrumpiendo el interrogatorio que me persigue: ¿Cuánto de mí es real? ¿Cuánto es puro teatro? La respuesta, como siempre, me corta el aliento: Nada. O casi nada. Lo que queda auténtico lo guardo bajo llave, en algún lugar tan profundo que ni siquiera yo me atrevo a buscarlo. Es más fácil fingir.

El café negro burbujea, espeso como la culpa que me carcome desde adentro. Tres llamadas perdidas de la dueña. Las ignoro. Sé que el departamento es una cloquea de humedad, que el moho se extiende como una bacteria por las paredes, pero es mío. O lo más cercano a "mío" que he tenido en años. Todo lo demás —la estabilidad, la pertenencia, el cariño— me ha sido arrebatado. O quizás nunca lo tuve.

Camino rápido, aunque sé que no sirve de nada. La sonrisa sigue ahí, clavada en mis labios como una máscara mortuoria. "Finge hasta que lo consigas", repiten como un mantra. Pero ¿y si ya no quiero conseguir nada? ¿Y si solo quiero dejar de huir?

El viento invernal se enreda en mi abrigo, raquítico, y por un instante, el vacío grita más fuerte que el orgullo. Antes, lo habría ahogado con vodka y jugo de naranja, con risas demasiado altas y promesas que nunca cumplía. El alcohol me convertía en la persona que todos esperaban: efervescente, invencible. Hasta que me quitaron hasta el último resto de dignidad junto con ese maldito trabajo.

"Nadie te quiere sin un título."

La frase me golpea cada vez que paso frente a una universidad, cada vez que veo a alguien con un diploma bajo el brazo. Mis padres me negaron los libros pero me exigieron dinero. Mi madre lo convirtió en cenizas de Marlboro; mi padre, en collares para mujeres que olían a vainilla barata. Y yo... yo me aferré a Arquímedes como una enredadera venenosa.

Dios, Arquímedes.

Él era todo lo que ellos no fueron: cálido, firme, incondicional. Y yo, en mi miseria infinita, lo usé. Me aferré a él con las uñas, dejándole cicatrices que nunca protestó. Quizás no las veía. O quizás —y esto duele más— las aceptó como precio por amarme.

Ahora, frente al edificio que podría devolverme algo de lo perdido o enterrarme definitivamente, siento cómo el miedo me recorre la espalda como un cuchillo. ¿Y si me descubren? ¿Si se dan cuenta de que no soy más que una colección de mentiras, de pedazos rotos cosidos con hilo podrido?

Aprieto el bolso contra el pecho. Dentro llevo migajas de la persona que fui: un lápiz labial medio gastado, un ticket de metro, el peso de todo lo que he perdido. Subo los escalones. Respiro. Finjo.

Y hoy, como ayer, eso tendrá que ser suficiente.

—Wow, Rosell llegando temprano. —La voz de Samara corta el aire antes de que su melena rojiza llame mi atención. Lleva el cabello suelto, rebelde, como si desafiara el protocolo implícito de este lugar. Y ese maldito uniforme. Azul marino, impecable, el logo de la empresa bordado en el pecho como una medalla de obediencia. Mis uñas se clavan en las palmas. ¿En serio tendré que ponerme eso?

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