«El pasado solo afecta si nosotros mismos dejamos que nos afecte, la vida no es perfecta, pero podemos crear nuestro estado de confort y los caminos no son malos, simplemente no sabemos sobrellevar nuestras acciones.»
Hay quienes creen que pagamos en esta vida los errores de una pasada, como si el destino fuera una cadena de deudas kármicas. Pero no. Siempre pagamos ahora, por lo que hacemos ahora. La vida no espera, no negocia; cobra en silencio, como una tarjeta de crédito invisible. Compras, compras, y un día el saldo llega. Y entonces, cuando la factura es demasiado pesada, muchos buscan escapatorias, rutas falsas hacia una redención que no existe.
Yo también lo hice. Me he preguntado cómo será mi futuro, y lo aterrador es que no logro ver nada. Solo un vacío oscuro, una niebla que no me deja distinguir ni lo que tengo frente a mis ojos.
¿Cuántas veces me he sentado frente a un psicólogo, tratando de explicar ese hueco en el pecho que llevo desde niña? Ese vacío que me hacía actuar sin pensar, herir sin remordimientos, porque así me enseñaron: "No muestres debilidad, no des explicaciones". Pero la verdadera debilidad no era llorar, sino no saber pedir ayuda. Lo difícil no era despertar, sino darse cuenta de que la realidad seguía ahí, esperándote, inmutable, sin importar cuánto quisieras huir de ella.
Como después de la muerte de Amalia, de la huida de Erick, del engaño de mi madre. Hubo días en los que el simple sonido de los autos pasando era un susurro tentador: "Un paso nada más. Un segundo de valor... o de cobardía". Así que dejé de salir, me encerré, porque fuera había peligro. No el peligro de los demás, sino el mío propio.
Y, al final, ¿qué diferencia habría hecho? Nadie me hubiera extrañado.
Solo quería sentir algo.
¿Tienen solución los problemas? Sí. Pero la solución duele, porque implica enfrentarlos, y a veces no tenemos fuerzas. Lo peor no es la depresión, sino la gente alrededor que la minimiza: "Es dramatismo", "Solo quiere atención". No entienden que un grito de ayuda no siempre es audible. A veces es un suspiro, un silencio, una mirada perdida.
Me costó años entender que la muerte de mi hija no fue mi culpa.
La presión social, el rechazo, la culpa ajena... todo se acumuló hasta que el sentido de vivir se me escurrió entre los dedos. Y entonces, por primera vez, sentí miedo de mí misma. Miedo de lo que podía hacerme.
Mi terapeuta una vez me dijo: "Todo problema tiene solución, pero a veces se lo contamos a las personas equivocadas, en los lugares equivocados". Y esa frase me persiguió. Porque era cierto: yo no causé la muerte de nadie. No era mi culpa.
Aceptarlo fue el primer paso.
Tenemos opciones, caminos alternos, salidas. Pero el miedo nos paraliza: miedo a empezar de nuevo, miedo a creer que merecemos algo mejor, miedo a darle la razón a quienes nos hicieron daño. Y así, poco a poco, nos acercamos al límite.
Pero la ayuda no nos hace débiles. Nos salva.
Me costó salir de mi propia prisión mental. Aún tengo recaídas, días en los que el dolor vuelve con la misma fuerza. Y no lo niego: el dolor es distinto en cada persona, pero siempre duele.
Y ahora, cuando creí haber vencido ese miedo que sembraron en mí desde niña, cuando pensé que ya no podría lastimarme más... aquí estoy. De nuevo.
Los personajes son los mismos de hace años, pero actúan diferente.
El miedo, no. El miedo sigue igual.
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
