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Capítulo 3

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«¿Por qué cerebro? ¿Por qué la necesidad de extrañar a personas que les hice daño o las cuales me lo causaron? ¿O te tengo que reclamar a ti corazón? Porque no encuentro a quien culpar y yo ya tengo muchos problemas como para hacerlo.»


Siento una opresión en mi pecho, la cual no me permite respirar adecuadamente. Un zumbido en mis oídos que me hace dar vueltas y un nudo en la garganta, que ni me permite tragar. La parte que se negaba a ver al pasado, ella misma agarro las llaves de esos recuerdos haciendo que aparezcan rápidamente que ni me da tiempo de apreciarlos.

—Qué casualidad, Rosell —su voz me arranca de mis pensamientos, como un golpe seco que devuelve la conciencia al cuerpo. Mis ojos, antes perdidos en la nada, se enfocan lentamente en su rostro. Su piel está perfectamente afeitada, pulcra, como si cada mañana se tallara hasta eliminar cualquier rastro de humanidad. Sus ojos grises, bajo esta luz, parecen negros, abismos sin fondo. Un simple color, pienso, capaz de volver demente a alguien cuerdo. —No te asustes —su risa ronca resuena en el espacio entre nosotros, áspera, calculada—. Lo personal no tiene nada que ver en lo profesional.

Camina de un lado a otro con pasos medidos, como si el suelo de su oficina fuera un tablero de ajedrez y él, el único jugador. Su traje está impecable, cada pliegue en su lugar, cada línea perfectamente alineada con su figura. Sí, ha cambiado. Demasiado.

—No, lo mejor será que renuncie —murmuro, y noto cómo su mandíbula se tensa al escuchar mis palabras vacilantes. Su cabello negro, antes rebelde y desordenado, ahora está peinado con una precisión casi militar. Nada queda de aquel desaliño que alguna vez me resultó tan familiar. —Sé que cuando viste mi nombre entre los postulantes, no dudaste en escoger el mío. Solo para ver lo miserable que estoy —las palabras salen de mi boca con un sabor amargo, como si cada sílaba me envenenara. La impotencia se enreda en mi garganta, convirtiendo cada frase en un suplicio.

Me mantengo firme, inmóvil, como si mi cuerpo se hubiera petrificado. Solo mi boca parece tener vida, mientras el resto de mí es una estatua de tensión. Mis dedos, aferrados con fuerza al bolso, han perdido el color, blancos por la presión.

Sus ojos grises son un enigma. Irracionales, intangibles. Tan oscuros que parecen absorber la luz, imposibles de descifrar. Me examina con la frialdad de un científico frente a una muestra contaminada, como si buscara algo en mí, una cura para una enfermedad que ya no tiene remedio.

«Como yo».

—Creo que una vez te dije que tu peor defecto es tu orgullo, Rosell —es él, claro que es él. Una parte de mí siempre lo supo, pero me esforcé por enterrar todo lo que me hacía daño. Ahora, aquí está, desenterrando cada recuerdo como si fuera un forense. —Y me conoces tan bien... pero no para burlarte, sino para ayudarte —vuelve a sonreír, y esa sonrisa me martiriza más que cualquier insulto.

Logro tragar saliva, deshaciendo apenas un poco del nudo en mi garganta.

—Ayudarme —repito, con una risa que sabe a hiel. —Perdón, pero lo último que recuerdo es que tú ya no querías saber de mí, mucho menos ayudarme —«Hipócrita», casi digo, pero me contengo. Él tenía todo el derecho de reaccionar así en aquel entonces. No lo culpo. Pero esto, ahora, no tiene sentido. ¿Venganza? ¿Un juego? Sea lo que sea, me parece patético.

—Desde que me enseñaste que no era necesario —trago saliva otra vez, sintiendo cómo mis ojos comienzan a picar. —O no...

—Cállate —mascullo, respirando hondo para mantener el control. Mi mano libre se cierra en un puño tan fuerte que siento mis uñas clavándose en la palma. Sus ojos, como depredadores, detectan el movimiento al instante, y sus labios se curvan en una sonrisa satisfecha.

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora