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Epílogo

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«Quizá si exista el amor y la felicidad, solo que nos negamos esos lujos porque creemos que no los merecemos, pero en realidad nos merecemos el mundo entero.»


Yo digo que viajar en los autos es la prueba de un pasado, presente y futuro.

El retrovisor muestra el pasado y como fue, las ventanas dejan ver el presente y lo que ocurre en sí y el parabrisas muestra lo bello que será un futuro incierto.

Todos conducimos nuestras vidas como un auto en la carretera, ¿no? Repetimos los mismos trayectos hasta memorizar cada curva, cada semáforo, cada bache. La monotonía se vuelve tan familiar que creemos adivinar lo que viene después. Pero esta vez, decidí torcer el volante, tomar un desvío inexplorado, adentrarme en un paisaje distinto de mi propia existencia. Quería saber qué se siente cuando el asfalto conocido se desvanece y solo queda lo imprevisible.

Sin embargo, los caminos nunca están realmente separados. El pasado, ese viejo compañero de viaje, siempre encuentra la manera de colarse en el presente, de aparecer en un futuro que creíamos libre de él. Y eso... eso es lo que nadie puede predecir con certeza.

Hace unas horas, aterrizamos en el Los Ángeles International Airport. El viaje aún no terminaba, pero cada minuto en el aire fue una revelación. Observé la ciudad desde la ventanilla, esas palmeras que se alzaban como gigantes orgullosos, las luces titilantes que convertían la noche en un manto de estrellas terrestres. Era un espectáculo que solo había consumido a través de pantallas, pero ahora lo respiraba, lo palpaba, lo vivía.

Bernat estaba a mi lado, silencioso, sólido. Cuando el sueño me venció, me refugié en sus brazos sin pensarlo. No estoy acostumbrada a volar, y el cansancio se apoderó de mí como una sombra pesada. Mi cuerpo despertó entumecido, ajeno. Los Hamilton insistieron en un jet privado, pero rechacé la oferta. Los lujos ajenos no son más que adornos incómodos cuando no encajan en tu piel.

Minutos después de llegar, Arquímedes me ayudó a bajar del auto y, de pronto, sus manos cálidas cubrieron mis ojos.

—¿En serio? Vamos, quiero ver —resoplé, pero su risa me desarmó. La noche era fresca, casi gélida, y el contraste con el calor de sus palmas me estremeció. Caminamos lentamente, y con cada paso, la intriga crecía dentro de mí, como una enredadera que trepaba por mis venas. Podría haber tenido miedo de tropezar en el sendero irregular, pero confiaba en él. Ciegamente.

—Puedes abrir los ojos —susurró en mi oído, y un escalofrío me recorrió.

Y allí estaba.

Una casa imponente, rodeada de vides que se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Las luces la envolvían como si fueran navidad. El viñedo que Arquímedes había prometido hacía años, aquel que dijo que sería mío, estaba frente a mí, tangible, real. Las lágrimas acudieron sin permiso, y antes de que pudiera detenerme, me aferré a él. Su beso fue la respuesta que no necesitaba palabras. Por primera vez, alguien me daba algo sin condiciones, sin que yo tuviera que pagar por ello con pedazos de mi alma.

Me sentí completa. Él no lo sabía, pero le debía mi vida, y estaba dispuesta a entregársela en cada amanecer que compartiéramos.

—¿Te gusta? —preguntó, con esa mirada que solo yo conocía, la del chico dulce que creí perdido entre los años.

—Me fascina —respondí, ahogada por la emoción. —Gracias.

—Pensé que debías verlo... y... —hizo una pausa, pasando la lengua por sus labios— quería verte sonreír antes de enfrentar lo que viene. Antes de ver a tu madre.

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora