«Y a veces hay personas que nacieron para amarse, pero de vez en cuando, porque cuando están juntas son tóxicas y tan letales que se destruyen tanto y piensan que estando separados es mejor. Lamentablemente es verdad.»
Nunca me gustó jugar a las cartas. No solo por el engaño sutil que acecha en cada partida, sino porque, de alguna manera, siento que son cómplices de un juego mayor: el de manipular el destino. Un simple pedazo de cartón, adornado con símbolos que para algunos no son más que tinta y fantasía, pero que para otros se convierten en profecías, en advertencias, en ecos de un futuro que preferiríamos no escuchar.
El destino y el azar. Dos conceptos que fingimos entender, pero que en realidad solo son excusas para justificar lo que ya hemos decidido sin darnos cuenta. Porque al final, ¿qué es el azar sino una forma elegante de llamar a nuestras propias elecciones? ¿Y qué es el destino sino la suma de todas las veces que nos negamos a cambiar de rumbo?
El orgullo es un abismo. La terquedad, su cómplice. Y el no aceptar lo obvio, el empujón que nos hace caer en él. Ahí abajo, en las profundidades donde la luz no llega, se esconden las emociones más oscuras: el resentimiento, ese veneno lento que se filtra en la sangre y corrompe todo lo que toca. Para algunos, se convierte en odio. Para otros, en dolor. Para unos cuantos, en crueldad pura.
Y para mí... se volvió tristeza.
Una tristeza que se arrastra como niebla, que se enreda en los huesos hasta convertirse en ansiedad. Porque pienso demasiado. Vivo sumergida en ese mar turbulento que son mis pensamientos, donde las olas a veces son calma y otras se transforman en remolinos que me arrastran hacia lo más profundo, hacia esos recuerdos que creí ahogados y que, sin embargo, siempre regresan.
Todo lo que el mar se lleva, vuelve.
Y a veces, vuelve convertido en monstruo.
Estoy al borde. Colgando de ese hilo frágil que todavía me ata a la cordura, respirando apenas, como si el aire mismo se negara a llenar mis pulmones. Porque mirar de frente a la realidad duele. Porque huir de ella fue más fácil, durante tanto tiempo. Pero ahora sé que enfrentarla, aunque desgarre, es el único modo de sentir ese alivio áspero, ese peso que por fin se desprende de los hombros.
Y cuando esté lista, hablaré con Savannah.
Quizá para que me explique. Quizá para que responda a todas esas preguntas que llevo años guardándome. O quizá solo para despedirme, para cerrar ese capítulo y empezar de nuevo, cuando los fantasmas por fin dejen de seguirme.
Recuerdo cuando tenía siete años y mi madre me llevaba al hospital. Los colores eran vivos, brillantes, como si el solo hecho de existir en ese espacio bastara para curar. Los médicos llevaban estetoscopios con formas de animales, y a mí me hacían reír, me hacían sentir segura.
Pero esto no es pediatría.
No hay estetoscopios de jirafas o elefantes. No hay risas ingenuas. No está mi madre, sosteniendo mi mano con esa calma que solo las madres saben fingir cuando en realidad están aterradas.
Y quizá yo ya no soy la misma.
Ahora miro los peces dorados en la pecera de psiquiatría, nadando en círculos infinitos, como si también ellos estuvieran atrapados en un ciclo que no pueden romper. Llevo apenas un mes viniendo, pero algo ha cambiado dentro de mí. La doctora Cristal ha sido parte de eso. Me obligó a dejar las pastillas—las de la ansiedad, las del insomnio—para ver qué pasaba cuando mi mente ya no estuviera entumecida por los químicos.
—El cuerpo sabe curarse— dice. —Solo hay que darle tiempo.
Me empuja a salir, a caminar, a quemar la energía que de otro modo se convertiría en noches en vela. Y poco a poco, las sesiones se espacian. Pronto solo vendré por consultas.
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
