«Si quieres que nadie te destruya mejor ve preparándote para estar solo, porque las personas somos sinónimos de destrucción.»
Dicen que cuando lloras, si la primera lágrima cae del ojo derecho, es de felicidad. Si es del izquierdo, es de dolor.
Ahora lo entiendo.
Por eso siempre me limpiaba la mejilla izquierda.
Mis padres no me dejaron entrar a la universidad. No porque no pudieran, no porque no tuvieran los medios, sino porque necesitaban que trabajara. Que les llevara dinero. "Nosotros te ayudamos siempre", decían, "ahora es tu turno." Se quejaban de estar cansados, como si el cansancio fuera solo suyo, como si yo no hubiera pasado dieciocho años arrastrando el mismo peso que ellos. Pero ellos al menos habían elegido su carga. Yo nunca tuve opción.
Y me cansé.
Por eso estaba aquí, ahora, temblando frente a la pantalla, el cursor flotando sobre el botón "Abrir correo". Había enviado la carpeta de postulación a escondidas, en noches de mentiras y excusas baratas. "Trabajo extra." "Es un curso online." Mentira tras mentira, porque sabía que si me descubrían, sería el fin.
Pero si me aceptaban...
Si esas cuatro palabras aparecían en la pantalla, no importaría lo que dijeran. No importarían sus gritos, sus reproches, sus "eres una egoísta, una malagradecida". Me iría. Huiría, si era necesario. No quería terminar como ellos, atrapados en un ciclo de gritos y silencios venenosos, viendo cómo mi padre engañaba a mi madre una y otra vez, cómo ella fingía no darse cuenta, cómo ambos se aferraban a una farsa solo para no enfrentar el vacío que habían creado.
Porque eso era lo peor: no era el engaño en sí. Era la mentira que todos sabíamos, que todos veíamos, pero que nadie mencionaba. Como un tumor que crece en silencio, invisible pero palpable. Y el hecho de sentirlo... era mil veces peor que verlo.
"Usted ha sido aceptada."
Cuatro palabras. Cuatro malditas palabras que cambiaron todo.
Por querer algo mejor. Por creer que podía escapar.
Y ahora, años después, me pregunto: ¿valió la pena?
Si no hubiera entrado a esa facultad, tal vez seguiría en la tienda de ropa del centro, con un trago barato en la mano y mis padres aún juntos, miserablemente juntos, pero juntos al fin. No habría conocido a Arquímedes. No habría ocurrido el robo. No habría cruzado mi camino con el de Erick. Amalia nunca habría existido en mi vida.
¿Fue un error?
No lo sé. Pero maldigo el día en que ese correo llegó.
(...)
—No lo entiendo —murmuro mientras llevo mecánicamente el tenedor a la boca, saboreando la tarta sin realmente disfrutarla. El dulce se vuelve amargo en mi lengua—. ¿Cuál es su problema? ¿Por qué me miró así?
Samara deja escapar un suspiro, jugueteando con su servilleta antes de responder. —Hablando metafóricamente —dice, arrastrando las palabras como si midiera cada sílaba—, no es su problema, sino el tuyo. —Su mirada se posa sobre mí, gélida, analítica. El cabello rojo que normalmente brilla como llamas ahora parece opaco, casi marrón bajo la humedad que lo aplasta contra su cuello. —Quizá ella solo estaba observando el lugar y casualmente cruzó miradas contigo.
—Lo más triste es que tienes razón —admito, y noto cómo mis dedos tiemblan ligeramente al buscar refugio en mi bolso. El roce del cartón de la cajetilla contra mis yemas me da un falso sentido de control, pero antes de que pueda sacarla, Samara me la arrebata con un movimiento rápido.
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
