Capítulo 26

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«A veces uno se da cuenta después de un tiempo, que fue bueno alejarse de todo y perder a ciertas personas que parecían indispensables en nuestra vida, y ahí darse cuenta cuanto nos necesitan o cuanto las necesitamos y poder declarar por cuales vale la pena luchar.»



El karma es una mentira que nos contamos para sentir que el universo es justo.

Siempre hablan de él, repiten como un mantra: "Haz el bien y te llegará, haz el mal y te alcanzará". Yo me reía. Me burlaba de su ingenuidad, de su necesidad infantil de creer que existe algún equilibrio cósmico. Pero la ingenua era yo.

Porque el karma no es un castigo divino. No es un ajuste de cuentas sobrenatural.

El karma es darte cuenta de que estás enamorada de la misma persona que una vez rechazaste.

Y duele. Duele recordar. Duele tanto que tu mente se rebela, que tu cuerpo se tensa ante el simple intento de revivir esos momentos. Por eso le tengo pavor a la memoria. Por eso la mnemofobia se ha convertido en mi sombra. Porque los recuerdos no son refugios, son cuchillos.

Es horrible llorar hasta que la cabeza estalla en dolor. Hasta que los párpados se hinchan como heridas abiertas, hasta que el pecho arde y cada inhalación es un recordatorio de que el aire no basta para llenar el vacío. Duele cuando nadie entiende que tus lágrimas eran palabras atrapadas, gritos que nunca encontraron voz.

No recuerdo cuándo fue la última vez que lloré así.

¿Fue cuando dejé a Arquímedes?

¿Cuando murió Amalia?

¿O fue antes, en algún momento que mi mente ha borrado para protegerme?

No lo sé. Y me duele intentar saberlo.

Seis años.

Seis años sin ver a mi padre. Seis años desde que se marchó sin mirar atrás. Y ahora ya no está. No hay tumba. No hay lápida. No hay un lugar al que ir para gritarle, para maldecirlo, para preguntarle por qué no fue suficiente. Solo queda el desahogo mudo, los recuerdos como fantasmas que se aferran a mi piel.

Y lo peor es que, aunque duelen, aunque destruyen, son todo lo que me queda.

Tan contradictorio.

Aferrarse al dolor porque es lo único que queda de alguien que ya no volverá.

A veces pienso que la vida es una serie de errores que se repiten en círculos. Mostrarse desnuda ante quien no debía. No hablo de piel, hablo del alma. De esa parte que solo sale cuando crees que alguien realmente te ve.

Con Arquímedes nunca me mostré por completo. Siempre hubo un muro, una distancia. Él era mi amigo, mi apoyo, la persona que estuvo ahí en los momentos en los que nadie más lo estuvo. Pero nunca lo dejé entrar del todo.

Y con Erick... con Erick cometí el error de abrirme. De mostrar mi esencia, mi ser sin filtros. Y sucedió lo que tenía que suceder.

Ahora estoy aquí, en la sala de descanso de la oficina, pequeña y fría a pesar del café humeante que sostengo entre las manos. El vaho de la taza se eleva, un efímero consuelo contra el frío que llevo dentro. Me concentro en eso. En el calor fugaz que mi cuerpo apenas registra.

A mi alrededor, empleados entran y salen, murmullos de conversaciones que no me importan. Hay una cafetera, bocadillos envueltos en plástico, mesas vacías. Todo es normal. Todo es rutina.

Pero yo sigo aquí, atrapada entre el pasado que me devora y un presente que no sé cómo habitar.

Porque el karma no es justicia.

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