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Capítulo 18

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«Quizá, si otras fueran las circunstancias posiblemente estuviéramos juntos. Solo quizá.»


No sé cuánto tiempo ha transcurrido. ¿Minutos? ¿Horas? O quizá solo mi mente, traicionera, ha estirado cada segundo como si el mundo girara en cámara lenta, convirtiendo cada movimiento en una agonía calculada. Mi cuerpo ya no me obedece; podría ser parálisis, podría ser el deseo primitivo de evaporarme, de que la realidad me escupa fuera de su boca.

El zumbido en mis oídos no cesa, un martilleo constante que amenaza con reventar mis tímpanos, como si alguien hubiera encendido un taladro dentro de mi cráneo. Avanzo hacia el ascensor, empujando figuraciones, sombras de gente que se aparta con miradas vacías. ¿Me ven? ¿O soy solo un espectro, un desecho de ansiedad flotando entre ellos?

Prefiero lo segundo. Si nadie me ve, nadie puede compadecerme. Si no existen, no puedo existir yo. Todo es producto de mi mente. Todo.

Mis manos tiemblan cuando presiono el botón. Las yemas de mis dedos parecen vibrar con una electricidad propia, como si mi cuerpo fuera un circuito a punto de cortocircuitarse. Las puertas se cierran, el aire se espesa, y por fin... respiro.

Es solo una coincidencia, claro. El ascensor no es un refugio. Pero aquí, en esta jaula de metal, nadie me observa. Nadie espera nada.

Cuando las puertas se abren de nuevo, el mundo ha recuperado algo de su forma. Lucía, la secretaria de Arquímedes, está allí, sumergida en la pantalla de su ordenador, su rostro una máscara de concentración. O quizá de aburrimiento. Toso, y ella alza la vista, resopla al reconocerme. No hace falta que hable; agradezco el silencio. Su desdén es preferible a la falsa simpatía de los demás.

Con un gesto, me indica que pase. Mis tacones repiquetean contra el suelo, cada clic un recordatorio de que sigo aquí, de que mi cuerpo aún ocupa espacio. La puerta de vidrio esmerilado no necesita que llame; él ya sabe. Siempre sabe.

Dentro, la figura de Arquímedes domina la habitación, su espalda ancha bloqueando la luz de la licorera mientras sirve algo ámbar en su vaso. Su cabello está impecable, demasiado perfecto, como si desafiara al caos. De pronto, un impulso irracional me atraviesa: quiero hundir mis dedos en esos mechones, desordenarlos, probar que algo en él puede romperse.

Pero no me muevo. Solo respiro.

—Aquí está la portada —se gira y sus ojos grisáceos son como una bofetada de emociones. Su sonrisa jocosa me hace enojar en pocos segundos, lo es porque me tengo que dirigir a él solemnemente y no como el déspota que merece.

—Después de casi una hora, Rosell —recalca acercándose y estas son las situaciones en la que me río para no salir llorando y mostrando que, no soy una maldita débil.

Cuando está ya a una distancia prudencial simplemente extiendo la carpeta donde yace la portada para que evite más su cercanía. —No pienses que me emociono cuando me llamas, trato de huir, mejor dicho —le sonrío de forma turbia mostrando mi interés de estar aquí con él.

—Haces bien de no acercarte a Eduardo —contesta ignorando lo dicho, sus ojos color tormenta son como un enigma, herméticos por así decirles.

Me gustaría saber que pasa por su mente. Eso sería descubrir la teoría del todo.

—Si lo sigues diciendo más lo haré así que no me tiente, señor Bernat —sonrío de la misma forma que lo hace y suelta una risa gutural que me hace estremecer.

—Como diga, señorita Rosell —su jocosidad me da ganas de golpear mi cabeza contra una pared del enojo que me causa. Me aferro a mi bolso para que este no salga volando por los aires directo a su rostro.

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora