«Mi vida siempre ha sido una sobrevivencia y mi amor frío, porque en realidad eso no existe, te debilita. Pero todo cambió cuando su sonrisa cálida derritió el hielo que me rodeaba.»
La vida es así: a veces no sabes si reír o llorar. Terminas riendo hasta que las lágrimas te ahogan, o llorando hasta que algo absurdo te arranca una carcajada. Todo es tan contradictorio que el único consuelo es dejarte arrastrar por el caos.
Recuerdo vagamente a mi madre siendo tierna conmigo. Hasta los diez años, quizá. Era dulce, atenta, aunque a veces gritaba, me regañaba, corregía mis pasos con mano firme. Pero luego me preparaba mi comida favorita, como si los reproches nunca hubieran existido.
Mi padre casi nunca estaba. El trabajo, decían. No sé si en esos tiempos ya engañaba a mi madre, pero recuerdo esto: cuando llegaba, se encerraban en su habitación a discutir. Se oían portazos, cosas rompiéndose, voces que atravesaban las paredes. Mi madre pasaba las noches llorando en el cuarto de invitados. Y si yo me atrevía a salir de mi habitación durante esas peleas, el castigo era seguro.
Después de eso, me costó confiar en alguien.
Hasta que llegó Arquímedes.
Sus brazos —fuertes, seguros— calmaron mis tormentos. Y me aferré a él por puro agradecimiento.Sí, fui egoísta: dejé que me amara sin corresponderle como debía. Pero es que ya no recordaba cómo se sentía el amor. Necesitaba algo —alguien— que me hiciera sentir menos rota.
Y ahora tengo miedo.
Miedo de que un día ya no haya nadie a quien abrazar, nadie que me espere para contarle mi día. Como cuando era niña y mi madre —antes de que todo se derrumbara— me ayudaba con los deberes, me compraba helado de vainilla y lo compartíamos juntas, fingiendo que no estábamos esperando a un hombre que nunca llegaba.
Las discusiones por dinero eran constantes. Éramos clase media, pero el estrés financiero lo convertía todo en una batalla. Mi madre administraba los gastos, y a veces algo en ella cambiaba.Se volvía voluble, impulsiva, gastaba dinero en cosas que ni siquiera parecían importantes. No eran joyas, ni ropa lujosa, ni adornos. Entonces, ¿en qué? Nunca lo entendí.
Hasta que mi padre cayó en la ruina. No sé por qué, no me lo explicaron. Solo sé que, después de eso, las peleas se volvieron diarias, interminables.
Y ahora aquí estoy.
Viviendo el miedo que tanto temí.
Me he vuelto cómplice de mi propio terror a la soledad.
Y, para colmo, sus malditas llamadas. Como si no entendiera —o no le importara— que no quiero saber nada de él. Sospecho que ocultan algo. No tengo idea de dónde está mi padre, Fernando, y aunque no quiero verlo, necesito respuestas.
Mientras, Samara no para de hablar. Habla y habla, como si su lengua tuviera vida propia.
Y por dentro, solo deseo morderla para que por fin se calle.
— ¿Dime una película? hoy tengo día libre y lo único que no quiero es estar pensando en el trabajo —la pelirroja exige una respuesta, subimos los 27 escalones para llegar a mi departamento, las baldosas de las escaleras están a punto de despegarse. Yo no sé qué hace — dueña del edificio— Marilyn Martínez. — con el dinero de la renta, exige una cantidad exuberante para una simple miseria.
No me sorprendería que se limpie el trasero con dinero.
—Una de terror: la historia de mi ex y yo —esnifo desganada mientras giro el vaso entre mis dedos, observando cómo los cubitos de hielo chocan contra el cristal como los malos recuerdos que inevitablemente vuelven a la superficie cada vez que pienso en él. Ella suelta una estrepitosa carcajada que resuena en el silencio del amanecer, pero al ver que no me inmuto, que ni siquiera un músculo de mi rostro se contrae ante su risa, deja poco a poco de reír como si fuera una caja musical quedándose sin cuerda.
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
