Aquel día, el noble rey llamó a su más leal consejero -mi padre- para informarle, lleno de algarabía, que la princesa había llegado al mundo.
Vi sonreír a mi padre como nunca antes y no entendí motivos hasta que me explicaron -con la dificultad propia de tener que explicarle un asunto como ese a un niño- que la princesa se había tardado en nacer. Que el rey y la reina la esperaban con ansias, pero que habían tenido que sufrir mucho para conseguirla.
No me explicaron más, tal vez porque creyeron que no entendería o simplemente porque prefirieron subir a mi habitación y ponerme mis mejores prendas.
¡Conocería a la princesa!
Odiaba, simplemente ¡odiaba!, cuando me ponían el trajecito idéntico a los que usaba papá, pero esta vez fue diferente. Debía lucir primoroso para darle una muy buena primera impresión a la princesa.
El camino al palacio fue poco menos que aburrido.
Era demasiado pequeño para lograr mirar por las ventanas del carruaje en el que me llevaban, así que solo podía ver como las verdes copas de los árboles pasaban frente al cristal una tras otra y a toda velocidad.
Las náuseas estuvieron a punto de ganar la batalla que estaba dando para no vomitar por culpa de haberme quedado mirando ese nada de atractivo panorama, pero justo cuando mi estómago por poco se da vuelta, el carruaje se detuvo.
Pocos segundos después, mi madre abrió la puerta que estaba a mi lado, desabrochó mi cinturón de seguridad y me ayudo a bajar.
El aire fresco me devolvió el alma al cuerpo y agradecí que el palacio estuviese situado justo en medio de lo que parecía ser una enorme pradera llena de árboles, flores y césped.
― ¡Caroline! ¡Kennard! ¡Kenny! ―exclamó el rey saliendo del palacio y extendiendo sus brazos.
Conocía a ese hombre desde que tenía memoria, pero la verdad es que jamás lo había visto tan feliz. Parecía brillar con luz propia y su sonrisa era lisa y llanamente conmovedora.
― ¡Felicidades, papá! ―Le dijo mi padre, dándole un afectuoso abrazo y entregándole un puro.
¿Por qué los adultos fuman de esas cosas cuando algo bueno ocurre? Es algo que hasta el día de hoy, no logro descifrar.
Fui saludado con un abrazo afectuoso por parte del rey y no tardamos mucho en entrar al palacio y subir aquellas eternas escalas de mármol que nos llevaron directo a los aposentos reales, donde en una apacible silla mecedora, junto a un enorme ventanal que se encontraba abierto y daba a una elegante terraza, yacía la reina, iluminada por los tenues rayos del sol y cargando entre sus brazos un pequeño bulto, envuelto en una aparentemente suave tela de color rosa.
― ¡Querida! ―exclamó en voz baja mi madre y evitando que ella se levantara― ¡Felicidades! ―Guardó silencio y miró entre sus brazos― ¡Es preciosa!
― ¿Verdad que sí?
Ella se veía aún más radiante que su marido.
La reina siempre había sido hermosa y jamás la había visto siendo descuidada con su aspecto físico, pero esta vez era especial.
No traía ni una gota de maquillaje, su rostro lucía cansado y estaba enfundada en una delicada camisola de dormir de seda prácticamente blanca, pero curiosamente, nunca se había visto tan celestial como en ese momento. Era como si todo el cansancio hubiese tenido una recompensa infinitamente superior.
―Ven aquí, Benjamin ―ordenó el rey mientras tomaba a la niña entre sus brazos― Quiero que conozcas a alguien ―Di unos cuantos pasos para acercarme lo suficiente― Ella es mi hija ―Se inclinó lo suficiente para mostrármela y aunque no me gustaban los bebés, con ella fue... especial.
―Es muy bonita ―susurré siendo profundamente honesto.
Los bebés, para mí solían ser bolas de carne feas y lloronas a las que no me gustaba acercarme, pero la princesa lucía diferente. Tenía una piel rozagante y unos ojos grises enormes, que parecían mirarme con toda la atención del mundo.
Estaba despierta, pero no lloraba.
Ella parecía estar fundida con la misma paz que su madre irradiaba cuando la había visto al entrar.
―Lo es y solo la tendremos a ella. Así que espero que seas como su hermano. ¿De acuerdo?
―De acuerdo ―respondí deslizando la yema de uno de mis dedos por una de sus mejillas, a la que ella respondió con una dulce sonrisa.
Desde ese día, la existencia de esa chica había llegado a cambiar la mía. Aunque no supe que tanto, hasta aquel día.
―Escúchame, Benjamin, pero escúchame bien ―ordenó y no tuve otra opción que obedecer. Siempre lo había hecho― Si por cualquier posible motivo, a mí me llegase a ocurrir algo...
―No digas eso ―interrumpí― Eres muy joven como para que...
―Escúchame, por favor ―Ahora interrumpió él― Pase lo que pase, prométeme... no, júrame, que siempre cuidarás a mi hija.
―Hey...
―Júralo ―insistió mirándome a los ojos― Por lo más sagrado que tengas, júramelo.
―Sabes perfectamente que nunca la dejaría sola.
―Júralo, Benjamin ―Pude sentir un dejo de urgencia y de recriminación en su voz.
Me mantuve un momento en silencio, recordando cada cosa que había vivido con esa niña y definitivamente no era capaz de dejarla sola. Ella era demasiado importante para mí.
―Está bien, está bien. Lo juro ―dije y suspiré resignado, porque me había ganado por cansancio― Pase lo que pase, siempre cuidaré a tu hija.
No podía entender cuál era el afán de hacerme jurar algo como eso. No hasta dos semanas más tarde, cuando por la prensa y de la forma menos apropiada, supe que el gran y amable soberano, aquel hombre al que todos amaban y respetaban por ser una persona realmente maravillosa, había fallecido y que con eso, su hija se había vuelto mi responsabilidad.
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Born to you [TERMINADA]
RomanceLa brillante economista Karin Aurore Clayborne, es la flamante heredera de la astronómica fortuna de sus padres, que fallecieron en lamentables circunstancias. Rodeada nada más que de su fiel servidumbre, al hacerse cargo de los negocios familiares...
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