Han pasado seis años desde que Kara Danvers llegó a la Tierra, después de que su planeta Krypton fuera destruido y ella fuera la última sobreviviente.
Todavía está aprendiendo de sus poderes, aún sigue en etapa de controlar sus habilidades pero har...
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—Me encanta la lluvia. Da tanta paz... Te hace sentir viva. —Sí, bueno, te vas a sentir de lo más muerta cuando te de un resfriado. Ahora vuelve adentro y sécate.
Solté aire y di un paso dentro hacia la escalera, dejando la lluviosa terraza. Tomé la toalla que Maggie sostenía frente a mi rostro luego de quitarme la camiseta mojada. La timidez no era cosa nuestra desde hace ya muchos años. Mi amiga —que había aparecido de la nada hace varias horas— me observó con reproche en todo el camino hacia el interior de la casa. Con los brazos cruzados y toda su pequeñez detrás de mí daba para temer un poco.
—Tienes que dejar de preocuparte tanto —dije de pie en una esquina de la cocina para no mojar todo el suelo. Sé que Maggie era muy consciente de la cicatriz en mi pecho, donde el emblema de la Casa de El había estado en su tiempo. Si hacía el esfuerzo me vendría a la memoria el momento exacto en que la bala impactaba en mi piel. Con fuerza letal, como si el mundo hubiera desaparecido a partir de ese contacto.
Ella se fue de la cocina y yo pasé a secarme el cabello, estrujando ligeramente una y otra vez. Miraba el desagradable sector de tinte rosado reflejado en un pequeño espejo cuando Maggie regresó con ropa limpia.
—¿Cómo lo llevas, rubia? —Estoy bien —me limité a contestar. Acepté la ropa y me puse la camiseta negra rápidamente. Empezaba a sentir frío. Maggie se acercó a la alacena para sacar algunas cosas en tanto yo terminaba el proceso de cambiarme. Cogí un suéter de la silla, el de Lena, y no dude en ponérmelo. No fue difícil considerando que en mi estadía en coma, y por la pérdida súbita de mis poderes, había bajado unos cuantos kilos. De todas formas agradecí el aroma a ella que subió hasta mi nariz.
Lena se había marchado antes de que el sol saliera. Me despertó con suavidad en ese entonces y yo supe que se trataba de un asunto importante por la disculpa que me dio, y consecuente aviso de que tenía que marcharse por el día. Me contaría todo al regresar, aseguró, así que no deseé presionarla para saber más. El beso en mi mejilla previo a su partida hizo que las nauseas que iban y venían se calmaran un poco.
Quince minutos iban de las siete de la tarde al sentarme en la banqueta de la mesada y acercar sin mucho apetito el chocolate que Maggie había preparado. Muy a pesar de los reclamos de mi amiga había necesitado la lluvia fresca para que el dolor de cabeza que venía torturándome durante horas desapareciera. No sabía cómo manejar las quejas que mi cuerpo en todo momento me transmitía, pero lo estaba sobrellevando de la mejor manera que podía; dejándolo estar.
—En serio tienes que preocuparte un poco menos —Maggie me miró con una mezcla de seriedad y sarcasmo. —Disculpa si me importa lo que te ocurre. Y lamento estar aterrada al imaginar que vuelves a una cama a pasar semanas inconsciente. —Lo siento. —Sí, dile eso a tu madre que sigue esperando a que le hables —tomé de la bebida caliente, mirando durante un largo rato la taza al bajarla. Sentí la mirada de mi amiga sobre mí ablandarse—. Hey, tranquila. Siento ser tan dura, a veces olvido que... —¿Soy una cosa vulnerable y torpe sin mis poderes? —No es lo que iba a decir. —Pues es la verdad, supongo —Maggie suspiró con mi comentario. —Lo que quería decir es que también es un poco extraño para mí todo esto. Es como si en cualquier momento esperara verte levantar el sofá con una sola mano y... Lo siento, sé que no debería decirte estas cosas, pero... Diablos, solo dime si hay algo que pueda hacer. De verdad. —Está bien, no tienes que disculparte.