126. Et tu, Brute?

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—Si esto fuera una novela iríamos por el capítulo trescientos cuarenta —comentó Maggie sin dejar de moverse en su lugar—. En serio no puedo creer que me arrastres en tus ilegalidades. Regresé a mi tarea en el gran estudio, haciendo el menor ruido posible para abrir los incontables cajones del escritorio. Estábamos en casa de Sam, y decir que era lo más extremo que había hecho en un tiempo no estaba lejos de la realidad.

La cantidad de papeles y libretas en ese sitio podían formar una montaña considerable. No tenía el tiempo de leer a fondo cada cosa pero hacía el mejor esfuerzo para encontrar algo importante con el poco tiempo que tenía a disposición.

Maggie se notaba más nerviosa de lo que la había visto jamás, lo que era un misterio que no pude ignorar.

—¿Qué pasa? —pregunté recuperando la respiración. En la prisa por investigar pasé por alto que mi cuerpo ya no tenía la resistencia que solía dejarme soportar cualquier cosa. Todo me cansaba hasta los extremos ahora.
—Es solo que... es todo tan ilegal —no le había dicho porqué estábamos allí en primer lugar, al menos no el motivo por el que Lena había llegado tan desanimada dos días atrás. Pero ni bien le había pedido a Maggie su apoyo para acompañarme no se negó, aún cuando le avisé que podían haber situaciones desagradables de por medio.
—Tienes un interés poco sano en lo que a romper leyes respecta, aunque seas policía —indiqué. Ella puso los ojos en blanco.
—Vale, vale, en realidad Sam es la que no me da buena espina en todo este esquema.
—¿Por qué crees que estamos aquí en primer lugar?
—Me refiero a lo que puede hacer si nos encuentra —agregó viendo por la ventana a su izquierda. Estábamos en el piso superior de la casa de Sam y dicho sea de paso ella estaría aquí en menos de treinta minutos—. Siempre hubo algo raro en ella. Aún no sé qué es.
—Sam ha estado visitando a Lionel los últimos meses —tuve que voltear la vista de regreso a ella por la falta de respuesta. Su rostro no expresaba nada bueno y de hecho había dejado de moverse junto a la puerta. Frunció más el ceño.
—Esperaba que fuera narcotraficante. Quizá vendiera órganos en el mercado negro.
—Sí, bueno, me temo que no tenemos tanta suerte.
—Esa maldita idiota —gruñó mirando el autoretrato de Sam colgado a un metro de ella. Con una energía de envidiar se acercó, lo arrancó de un tirón y lo siguiente es que salió volando por la ventana. Me guardé mi sonrisa.
—¿Era necesario?
—Apresúrate, no quiero tener que ver su cara. Acabo de desayunar —se quejó cruzándose de brazos. No había pasado ni un minuto que volvió a hablar con una mayor molestia en la voz—. Lena le ha dado todo. Cuando tú no estabas, ya sabes, hizo tanto por ella. No puedo imaginar una razón que justifique que haya ido a ver a Lionel.

Concentré mi atención en el libro pesado sobre el escritorio que acababa de sacar de un cajón. Tenía notas y recordatorios de entrevistas a empleados de CatCo y demás cosas sin importancia, pero mi mente igual estaba en otro lugar. Era inevitable pensar en los años lejos de Lena. Pensar en ello despertaba cierto dolor nostálgico en mi pecho, pero nada podía hacer por arreglar el pasado.

—Creo que no encontraremos nada aquí —dije vencida. Había revisado demasiados números y contratos inútiles que no tenían nada de especial.
—¿Qué es lo que buscas exactamente?
—Alguna conexión con Sam y lo que pasó últimamente. Tiene que existir algo, estoy segura.
—¿Te refieres al accidente de Lena?—la voz de Maggie se había suavizado y no la culpaba, el tema había sido en extremo delicado—. No estoy saltando en su defensa, ¿pero estás segura de que Sam llegaría a eso? Es de Lena de quién hablamos. Es tan difícil imaginar que Sam buscara hacerle cualquier tipo de daño.
—Hace veinticuatro horas yo creía lo mismo y sin embargo se las ingenió para romperle el corazón —respondí con tanto desagrado que fue bueno ya no tener mis poderes por la cantidad de cosas que pasaron por mi cabeza. Dejé de apretar los puños cuando Maggie se acercó.
—Está bien. Lo que sea que haya hecho lo sabremos. Escucha, hay alguien que podría sernos de mejor ayuda en vez de revolver todo sin razón —no tuve que preguntarle. Maggie ya sacaba su celular y marcaba, aclarándose la garganta.
—¿Hola? Sí, buenos días, eh... Sí, no ¡no! Aguarde, preciso que me pase a su jefe. ¿Cómo que... ? —mi amiga miró el techo con desesperación, pasaron dos segundos y de repente cambió su tono—. Taylor, no me vengas con idioteces. Sí, soy yo, ya pásame a Winn de una vez —la conversación duró alrededor de un minuto, lo suficiente para intercambiar un par de frases que no entendí. Maggie colocó las manos en sus caderas y me miró decidida.
—Ahora sí haremos algo ilegal.

My Yellow Sun; Supercorp.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora