Uxo y Heleritz, dos mellizos acostumbrados a convivir rodeados de la paz y tranquilidad que el asombroso reino de Sogn le proporcionaba, se ven envueltos en una fatídica lucha tras el pacto de unión de su actual rey, Harald I.
Sus padres, dedicados...
Tras días de naufragio consiguieron llegar a Wessex. Para su sorpresa, no quedaba nadie con quien poder combatir; el reino había sido desalojado. Ivar junto a sus hermanos, se adentran en la torre de homenaje de este, encontrando a un desprotegido y deteriorado rey Ecgbert.
— ¡Por los dioses, Ivar! — Se queja Björn — ¿Y él era amigo de padre?
— La verdad es que antes se conservaba mejor. — confiesa con indiferencia el deshuesado.
Los mellizos deciden abandonar la escena cuando entre los hermanos nace una discusión por el futuro del ejército y del rey. No pueden entender la idea de haber navegado durante días para encontrarse la nada. Además, todos querían venganza, pero una propuesta bastante tentadora por parte del rey había acallado las palabras de los ambiciosos hijos de Ragnar. Una propuesta sobre tierras y expansión, a la cual a los mellizos no les interesaba en absoluto.
Uxo y Helertiz se encontraban apoyados en una de las torres de guardia del castillo. Habían encontrado un lugar idóneo para ambos; la soledad y el ataque que tanto recriminaba Helertiz y la protección y vigilancia que tanto ofrecía Uxo.
— Quizás deberíamos habernos quedado con padre.
— ¿Ahora le echas de menos, necia?
— No es eso, simplemente creo que quizás él deba estar divirtiéndose más.
El mellizo deja escapar un sonoro suspiro al escuchar las palabras de su hermana. Después, frota su sien con desespero, dirigiéndole una mirada amenazante a la pelirroja. Esta la capta enseguida y se la devuelve mientras desenfunda su hacha, comenzando así un pequeño entrenamiento entre ambos hermanos.
Pero Heleritz no se equivocaba en absoluto. Su padre, estaba teniendo graves problemas de navegación en alta mar, pues se encontraba perdido y solo el impulso de la intuición era el que lo mantenía vivo. Sin embargo, eso al valiente Bödvar no le provocaba más que diversión y desafío. El berserker no había podido borrar la sonrisa de su rostro desde que notó la respuesta de Odín ante el aclamo de sus hijos y la batalla, pues estaba seguro que, él había nacido para vivir y morir en ellas.
Tras horas de aislamiento, los hermanos se dispersan captando la atención de los mellizos desde lo alto de la torre. Ambos dirigen una mirada de confusión mutua y practicando escalada, descienden por el torreón. Uxo se dirige al mayor de los hermanos —quien considera que tiene más raciocinio— Björn. Por el contrario, Heleritz camina hacia el lugar donde Ivar había decidido aislare, considerando que era el hermano más fiel a los principios de un vikingo, lleno de brutalidad pero a su vez, con una capacidad de observación y planificación superior a la de sus hermanos.
— Parece que la charla no ha ido muy bien... — susurra la melliza con mofa.
Una mirada desafiante nace en los ojos del vikingo, sin embargo, se disuelve nada más ver el rostro sonriente de la pelirroja. Ivar no podía entender como ella —sin siquiera conocerla— podía conseguir tales efectos en él. Era capaz de controlar los instintos, la fiereza, la ira que el vikingo durante tantos años, no había podido entender. Era capaz de dominar a la bestia que él poseía y ni siquiera ella era consciente de ello.
— Bueno, mis hermanos son muy necios. — afirma con cierto sarcasmo en un tono totalmente relajado pero tibio.
— ¿Qué es lo que habéis hablado? — pregunta directamente la melliza, sentándose cerca del deshuesado.
Las miradas de ambos, se cruzan y es Heleritz quien retira inmediatamente la suya. La profundidad de los ojos del guerrero habían provocado un sinfín de sensaciones en ella que aún no había descubierto. Los nervios crecían desde su vientre, ahogándose en un nudo de su garganta y esa curiosidad que, tan latente era en ella empezaba a emerger con fuerza. Ivar, sin embargo, no entendía la postura de la vikinga. Parecía receptiva momentos anteriores y ahora, se encontraba mirando un punto fijo del suelo, inundada en sus pensamientos.
— ¿Heleritz? — pregunta el deshuesado obteniendo su atención. La melliza vuelve su mirada al frente y asiente, pero no es capaz de volver a mirar al vikingo. Ivar por el contrario, muere de ganas por hacerlo. Cada vez que conseguía un poco de atención de la melliza, un sentimiento de júbilo parecía romper su pecho. — Han decidido aceptar las tierras a cambio de que el rey Ecgbert pueda elegir el modo de morir.
— ¿Cómo aceptas eso, Ivar el deshuesado? — el vikingo disimulaba la sonrisa sonsacarona que sus labios querían mostrar al escuchar como su nombre es pronunciado desde los labios de la pelirroja. — Tú, uno de los hombres más despiadados que he podido conocer, aceptas que aquél que traicionó a tu padre sea quien elija su manera de morir.
La melliza vuelve a agachar su mirada, pero esta vez, decepcionada. Sin embargo, sus ojos se abren de par en par al notar como el vikingo posa su mano sobre la suya. Se mantiene quieta, inmóvil, sin saber qué decir.
— Heleritz... — Ivar mira fijamente el perfil de la pelirroja, admirando sus facciones. La melliza finalmente, vuelve a mirarle a él también. El silencio inunda el lugar, ambos podrían quedarse mirando mutuamente sin entender el motivo de sus actos. Dos jóvenes totalmente inexpertos en el amor.
— Dime... — susurra ella rompiendo el silencio tras recoger las últimas fuerzas que su voz le permitía.
El vikingo parpadea un par de veces, saliendo del trance al que estaba sumido. — No todo el mundo entiende nuestra manera de percibir la realidad.
Y entonces, algo en la melliza parece esclarecerse. Quizás esa atracción que sentía por él, era simplemente la comprensión por tantos años en los que nadie había conseguido entenderla, a excepción de Uxo. El vikingo aleja su mano de la pelirroja, consiguiendo que esta vuelva a mirar en la dirección del movimiento. Le había molestado que él tomase esa decisión, tenía la necesidad de seguir en contacto. No obstante, Ivar había reunido el valor para hacerlo pues la impotencia por no poder acercase a ella estaba consternándole.
— Mañana volveremos a partir. — comenta el vikingo poniéndose en pie con ayuda de su muleta.
El deshuesado cada vez podía andar mejor. No era una invalidez lo que padecía pero sí tenía una cierta malformación en una de sus piernas que le impedían andar con normalidad al reanudar la marcha. Necesitaba de esclavos que cuidaran su pierna con ejercicios y masajes para aliviar el dolor de la misma. Sin embargo, con la prótesis metálica que él mismo había ordenado crear, todo parecía convertirse en una simple cojera. Heleritz observa los pasos pesados del vikingo, está segura que, de ejercer más fuerza y por lo tanto, mejorar la musculatura de esta podría tener unos movimientos más agiles. Había estudiado con detenimiento los movimientos de su padre y había podido comprobar que, bajo los efectos del berserker, el brazo paralizado del mismo adoptaba una función diferente. Todo se hallaba en el entrenamiento pero para eso, el vikingo debía aceptar la ayuda.
— ¿Hacia dónde? — pregunta sin apartar la mirada de él.
—York, allí donde empezó y acabará todo.
...
¡Bienvenidxs vikings!
He decidido cambiar un poco a Ivar. Evidentemente sí que utiliza sus muletas pero no con la misma afectación que en la serie. Digamos que algo así como una malformación muscular...
A todo esto, se aproxima York dónde también será algo diferente a la serie.
Subiré el próximo capitulo mañana pues este ha sido muy breve :)
¡Nos vemos!
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