Uxo y Heleritz, dos mellizos acostumbrados a convivir rodeados de la paz y tranquilidad que el asombroso reino de Sogn le proporcionaba, se ven envueltos en una fatídica lucha tras el pacto de unión de su actual rey, Harald I.
Sus padres, dedicados...
Uxo mira desde la popa hacia el horizonte, intentado ocultar la pena que arrastra al dejar a su hermana en Kattegat. Sabe que es el momento de separar sus destinos pero, tras dieciocho años, no creía que eso fuese a suceder tan pronto. Bo se acerca a Uxo intentando animarle, pero sus intentos son en vano. Así pues, es Bödvar quien se acerca con la esperanza de poder arrancarle una sonrisa a su hijo.
— Estará bien.
— Lo sé, padre.
— Conozco a mi hija. Sabrá defenderse de todo aquel enemigo que ose tocarla, y ha llegado su momento, Uxo. Ella debe hacer su vida también, y allí lo estaba consiguiendo.
— Eso también lo sé, padre.
— Entonces, ¿Qué es lo que te preocupa? — indaga Bödvar colocándose a su lado.
— Que me olvide.
Uxo se muestra sincero, débil, expuesto, y Bödvar no puede evitar sentirse consumido por la pesadumbre de la situación. Él también ha perdido un miembro de su familia, pero es capaz de mirar hacia el futuro, contemplando a Heleritz a manos de aquel hombre que le hizo olvidar su pasado.
Tanto el mellizo como el berseker, habían decidido regresar a Sogn sin avisar a Heleritz, tras ver como ésta era capaz de rehacer su vida sin miedos. La pelirroja había cambiado mucho desde su llegada a Kattegat. Ya no era fría, ni distante, sino contrariamente, podía mantener una amistad con cualquier persona, independientemente de su género y sexo. Heleritz había olvidado la sentencia que arrastraba en su mente, debido a la atracción que producía su cuerpo. Los dos hombres que complementaban su vida, solo querían lo mejor para ella y sabían que, de volver al reino de Sogn, los tormentos volverían a aparecer en ella. Además, Bödvar había podido observar el interés que el deshuesado provocaba en su hija y, aunque sabía que ambos podían ser dos máquinas imparables de matar, estaba muy satisfecho con lo que el vikingo era capaz de hacer. Era un hombre fuerte y valiente, lleno de ambición, y capaz de dejarlo a un lado cuando se trataba de Heleritz. Y, aunque a Uxo le fastidiara reconocerlo, él también estaba seguro que Ivar hacia feliz a su hermana y eso no podía dejarlo pasar por alto.
Habían decidido abandonar Kattegat y regresar a sus tierras, junto a su verdadero rey, Harald I cabellera hermosa. Los guerreros del reino, también habían emprendido la marcha, dejando a Heleritz sin ninguna opción para regresar —a pesar que ambos sabían lo persuasiva que podía llegar a ser. Sin embargo, Bödvar, se había asegurado de que ella no regresara tan tempranamente. El berserker quería conseguir que su hija fuese feliz por sus propios medios en un lugar donde pudiese rehacer su vida, así pues, pactó con BJörn su alianza siempre y cuando mantuviese a su hija a salvo. Para Ironside era una propuesta muy atractiva que no dudó en aceptar. No obstante, también hubiese aceptado el encargo sin ella pues, en Bödvar veía una admiración innegable y una compenetración en el campo de batalla de la cual, él no se creía digno de arrebatar.
...
— Ivar... — susurra la vikinga, mirando tras la espalda de Björn.
El deshuesado se arrastra con furia sobre el suelo. — He preguntado algo. — En sus ojos puede contemplarse la ira.
— Charlábamos.
— Para charlar no hace falta estar tan cerca. — pronuncia con cólera lanzando su hacha y consiguiendo que ambos se separen para esquivarla. El arma del deshuesado pasa entre los rostros de ambos logrando que la melliza no pueda retener la impotencia que le producen sus actos imprudentes.
— ¡Pero quien te crees que eres! — grita acercándose a paso ligero hacia él.
Ivar se detiene, contemplándola desde el suelo. Una risa fanfarrona emerge en sus labios al ver los sentimientos oscuros de la vikinga. No puede evitar sentirse atraído por ella en cualquiera de sus facciones y emociones, sin embargo, en cierto modo, no se encontraba del todo cómodo disfrutándola de este modo. Björn pasa su brazo entre la cintura de la melliza y consigue retenerla cerca del deshuesado.
Ivar se arrastra hasta su trono y se sienta sobre él con una sonrisa de suficiencia. Para Heleritz no es más que un acto provocativo por su parte y no contempla otra opción que pagarlo con su vida. Ella, tan inhumana y cruel cuando la furia ha invadido su mente y su alma, coge su hacha. El rostro del deshuesado cambia completamente, luce algo atemorizado, y no por la muerte inminente sino, por ser ella quien no sea capaz de controlar sus emociones. Sin embargo, Björn alcanza el brazo de la melliza y retira su hacha antes de cometer cualquier acto homicida.
— Debería dejarle, Ivar. Pero eso iría en contra de mis principios. — asegura Björn guardando el hacha de la melliza.
— Está bien, Björn. — pronuncia la pelirroja. — ¿Puedes dejarnos a solas?
El rubio asiente, y antes de irse, le dedica una mirada intimidante hacia su hermano menor.
— ¿Cómo has podido lanzarme una hacha? — pregunta incrédula acercándose al deshuesado con detenimiento.
— Ya sabía que te apartarías. — responde seguro.
— ¿Y si no hubiese sido así?
— Vamos Heleritz, conozco cada parte de tu cuerpo, ¿Crees que no conozco también cada uno de tus movimientos? — responde Ivar poniéndose en pie y acercándose lentamente a ella.
— No puedes predecirlo todo.
El deshuesado contempla el rostro de la melliza, dejando que sus facciones se relajen completamente. No podía controlar que era aquello que la joven era capaz de transmitirle, no podía siquiera intentar ocultarlo. Acaricia el rostro de la misma con la palma de su mano y retira el mechón rizado que cae sobre su rostro como de costumbre, colocándolo tras su oreja.
— ¿Es que no lo entiendes, Heleritz? Tú eres para mí, igual que yo lo soy para ti.
— No puedes poseerme... — sururra Heleritz ahogando sus palabras cuando el deshuesado posa su dedo índice sobre sus labios.
— He llegado a un punto en el que quiero que las noches se conviertan en días, solo por tenerte a mi lado.
— Ivar...
— Quédate a mi lado, Heleritz la sanguinaria.
— Aquí estoy... — vuelve a susurrar siendo acallada de nuevo.
— Quédate como mi mujer.
Heleritz mira los ojos azules de Ivar, notando la pureza en ellos. Él tan transparente que podría verle el alma, de nuevo, abriéndose ante ella. Y solo ella tiene el poder de aplastarlo o cuidarlo como el mayor de sus tesoros. Las pulsaciones de Heleritz aumentan tras las palabras del deshuesado a causa de los nervios que le producen. Era algo que, inconscientemente, ella siempre había deseado pues, desde el primer momento en que le vio sintió que solo a él podría entregarse. Y así fue.
Heleritz no pronuncia palabra alguna, pero acepta su preposición juntando sus labios y fundiéndose en un profundo beso.
...
¡Bienvenidxs vikings!
Hoy nada de mensajes largos, si tenéis alguna duda escribidme :)
¡Espero que os guste!
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