Uxo y Heleritz, dos mellizos acostumbrados a convivir rodeados de la paz y tranquilidad que el asombroso reino de Sogn le proporcionaba, se ven envueltos en una fatídica lucha tras el pacto de unión de su actual rey, Harald I.
Sus padres, dedicados...
La furia en sus ojos, la rabia en sus puños y la tristeza en su corazón. Eso es lo que le acompaña a la melliza y lo único capaz de experimentar. Harald quita la espalda del torso de Bödvar y enfrenta a Uxo, quien luce abatido tras sentirse el motivo de culpa.
— No pretenderás acabar con mi familia mientras yo quede en pie, ¿verdad?
La melliza corre hacia su hermano sonriéndole de manera forzosa pero queriéndole transmitir su disposición para actuar conjuntamente. Extiende su mano, esperando la del mellizo.
Harald abre sus ojos entendiendo la razón de los actos de la melliza entendiendo que bajo ningún concepto podía permitirlo u hoy mismo su vida acabaría. Corre dirección a Uxo, con su espada lista para el ataque pero la melliza ha podido verlo y se adelanta a sus movimientos poniéndose también frente a su hermano, protegiéndole con su cuerpo. Una escena que el mellizo acababa de vivir y que volvía a repetirse, la diferencia es que ahora sabía el desenlace y no estaba dispuesto a volverlo a experimentar. Uxo agarra a su hermana de su mano, sintiendo como Ull se apodera de ellos. Sus cuerpos toman la fuerza del dios más feroz en batalla, dándoles ese toque azul brilloso en sus ojos. Y entonces, el protector extiende una de sus flechas por encima de su melliza y la lanza con sus manos desnudas consiguiendo que Harald muera cuando la flecha atraviesa su garganta.
Ambos se miran a los ojos aun manteniendo la escasa distancia que quedaba. La melliza quiere gritarle a su hermano pero es incapaz de descifrar si se trata del reproche por abandonarla, por la muerte de su padre o por lo mucho que le echaba de menos. El protector se encuentra de igual manera, pero las palabras son innecesarias cuando la mirada transmite pureza.
Sin embargo, el instante es efímero pues la preocupación por la salud de Bödvar era la principal razón que ocupaba sus pensamientos.
— Parecía haberse despejado... — comenta Bödvar intentando quitarle hierro al asunto mientras observaba el cielo. Las gotas de lluvia empiezan a caer, seguidos de los truenos que cada vez retumban con más ímpetu.
— Thor también está enfadado...
— No, cariño... Thor está celebrando que pronto me reuniré con ellos.
— Padre, yo...
— Uxo, has hecho un buen trabajo. Estoy orgulloso de ambos... Jamás, escuchadme bien inútiles testarudos, — advierte Bödvar con su tan característico humor — jamás volváis a separaros. Solamente os tendréis el uno al otro...
— Lo prometo.
— Te doy mi palabra, padre.
— Cuando vuestra madre partió, creí que acabaríais conmigo. Tú, jovencita, eras rápida y cabezona y solamente buscabas saciar tu curiosidad de la forma más atroz posible... Y tú... Creo que jamás un cargo haría tanta justicia a una persona, Uxo el protector de dioses... Siempre en la sombra y siempre alerta, igual que cuando eras pequeño...
— No padre, esta vez yo... Te he fallado. — le interrumpe el mellizo ahogando sus sollozos en su garganta.
Bödvar sonríe mientras ve el rostro de sus hijos por última vez. — Ni en cien vidas podríais fallarme. Nos vemos en el Valhala.
El pequeño oso luchador cierra sus ojos para siempre mientras sus dos hijos, abatidos, lloran su marcha.
Los mellizos con su gran pesar, intentaban ahogar sus penas degollando tantos enemigos como pudiesen alcanzar. No había rival cuando los dioses apuntaban directamente a sus cuerpos, no había rival cuando el dolor había inundado sus almas. Tal era el tormento que sus corazones sostenían, que ninguno de ellos había caído en la cuenta del nuevo rango social de Heleritz. Ahora, era la única reina de Sogn y eso le convertía en la única capaz de gobernar sobre él.
Paralelamente, Lagertha e Ivar habían conseguido acercarse. La escudera consigue derrocar el caballo del deshuesado y este decide bajar del carro que le sostenía. La melliza nota su corazón en la palma de su mano cuando el caballo finalmente muere, siendo consciente de la gran desventaja de la que partía ahora el deshuesado. Sin temor ni reparo, corre hacia la escena, dándose cuenta que Björn también le acompaña.
— ¡Detente, no te involucres! — ordena Ivar a la melliza tras ver la mirada ensangrentada de la misma, dirigida a la escudera. El deshuesado estaba seguro que Heleritz no tardaría en atestarle el golpe de suerte a Lagertha si no le detenía y él quería ser el causante de la muerte de la misma.
— Tú tampoco, Björn. — Ordena por otro lado la escudera.
Ambos sabían que era un asunto personal y que todo debía acabar aquí. Los mellizos y el primogénito de Ragnar, se dedican a contemplar la escena mientras protegen a ambos de cualquier atestada por el bando enemigo.
Pero todo estaba marcado con un rojo desenlace.
Ivar se mantiene en pie con ayuda de su prótesis metálica, intentando combatir a la escudera desde la misma altura. Sin embargo, Helertiz mantiene su corazón en un puño cuando la escudera atesta un golpe hiriente para el deshuesado. Consigue alcanzar su brazo, proporcionándole un corte bastante significativo y consiguiendo que este caiga al suelo. Aunque todo parecía estar a favor de la escudera, realmente para el deshuesado las tornas habían cambiado.
Ivar estaba muy acostumbrado a este tipo de asaltos, pues la gente creía que su discapacidad jugaba en su contra. Se había entrenado para combatir desde el suelo, consiguiendo que el enemigo se canse y además, consiguiendo también alcanzar los puntos críticos del contrincante desde su posición. Él solamente debía esperar el momento mientras iba deteniendo cualquier intento por arrebatarle la vida.
Y el momento llegó.
La escudera intenta propinarle algún golpe critico pero sus intentos son en vano. Ivar tenía mucha más fuerza bruta y resistencia y fue solo cuestión de tiempo que la escudera acabase cansándose de sostener el escudo que tan bien le protegía. El deshuesado no lo dudo ni por un instante y lanza el hacha que mantenía en su pierna, consiguiendo clavárselo en el brazo a Lagertha.
Björn hace un amago por intervenir, pero Uxo le detiene poniendo fin a sus intenciones. La escudera lleva su mano armada hacia su brazo malherido y entonces, el vikingo deseoso por ver morir a la mujer que tenía delante, sediento de sangre y brutalidad, atesta el golpe crítico. Se deja caer hacia un lateral arrebatándole el arma a uno de tantos guerreros que había fallecido en combate y, mientras la escudera corría hacia él dándose cuenta de sus intenciones, lanza el hacha clavándosela directamente en la frente.
La escudera mantiene su mirada fija en Ivar durante breves instantes y después gira sobre sí mirando con cierto desconcierto a su hijo. Finalmente, esboza una sonrisa y cae, siendo retenida por los mismos brazos de Björn.
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