Capitulo XXX || Reacción.

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Tatiana

Alexei había ingresado al cuarto de interrogaciones hace al menos unas dos horas. Claro que le pedí disculpas a Larry por lo de su brazo, dios. No puedo creer lo que hice. Me sentí tan culpable, que lo acompañe a enfermería y me ofrecí para que presentara cargos contra mí. Sin embargo, él se negó.

—Discúlpame... Larry. ¡Soy lo peor! No hay una disculpa que valga. Soy un desastre...—Suspire agobiada, llevándome las manos al rostro con pena mientras la enfermera se ocupaba de mover con velocidad la articulación de Larry, un oficial un poco más joven con cabello castaño, delgado y ojos ámbar. Claro que soltó un quejido con el movimiento que efectuó la enfermera, pero pronto recupero la movilidad de su brazo.

—Ya está. —Afirmó la profesional.

—Valla... si es cierto, que ya no me duele. —Indicó el muchacho, realizando movimientos circulares con su hombro, sorprendido de que el dolor se desvaneciera tan deprisa.

—No es algo muy severo dislocarse. Si se actúa rápido, se regresa la articulación a su sitio antes de que se inflame y ya está. —Explicó la enfermera.

—No te preocupes Kuznetsov, de verdad que no fue nada. Si no pudiera soportar esto, ¿qué me esperaría como policía no?, aunque estoy sorprendido de como reaccionaste... ¡Recuérdeme que nunca te haga enfadar!. —Declaró con cierto tono burlesco ante lo cual reí avergonzada. —Es increíble, no se aún cómo Vladimir logro detenerte.—Articuló pensativo al instante. —Aunque siempre me sorprende como procede. ¡Es como si siempre supiera que hacer!. —Murmuro confiado y risueño. Larry si bien tendría mi edad, siempre lo percibí como el más inocente. Sin embargo, razón tenían sus palabras.

—Si, siempre sabe que hacer...—Murmuré ausente. —






(...)





Alexei

Pasadas las tres horas, el pelirrojo finalmente sale del cuarto de interrogaciones. Su temple no mostraba quiebre alguno, y siquiera parecía afectado en lo más mínimo por la acción que horas atrás, cometió. De alguna manera, no mostró la más mínima clemencia al ver como la vida Hogwar, abandono nuestro plano de una manera sumamente agónica y tan dolorosa, que el remordimiento hubiera cosquilleado por la mente de cualquiera que lo hubiera visto fallecer. De cualquiera, excepto de Vladimir quien despreocupado pasaba un paño de seda blanco por su rostro y manos, retirando el exceso de hemoglobina que salpico en gotas por las partes mencionadas. Aquella frialdad e igualdad, la manera en la cual continuaba cotidianamente como si el suceso de hace unas horas, fuera simplemente algo tan normal y casual para el como cualquiera otra actividad diaria del trabajo. Ese desinterés por la vida, que asustaba más que cualquier morbo psicópata.

Vladimir transitaba por el pasillo, sumamente concentrado en su tarea de higienizarse con aquel paño. No obstante, de soslayo fue capaz de divisar un familiar castaño quien apoyando su respaldo contra la pared, se cruzaba de brazos analizando con juicio al ojos turquesa.

—¿Desde cuándo asesinas así?. —Inquirió irritado León Reed. Su entrecejo se fruncía y sus ojos zafiro se clavaban a espaldas de Alexei, quien no se mostraba preocupado por la presencia de León.

—Era un hijo de puta. —Carraspeó con simpleza y seriedad, ahora ocupándose de enjuagar aquel pañuelo de seda en un lavabo que se hallaba recluido en una zona cóncava del pasillo. Ante su respuesta, Reed esbozo un murmullo de risa plenamente sarcástico.

La ley del amor.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora