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La verdad, es que el tiro al arco no era uno de los deportes favoritos de Song MinGi. A él realmente le gustaba más la natación, la caza, o directamente, encerrarse en su habitación a seguir con su obsesión por los juegos de estrategia en el computador. No era malo en eso, tenía un reino enorme, mucho poder, terrenos y montones de esclavos… oh, pero no es que él estuviera de acuerdo con la esclavitud. Su padre le había dicho que eso no era correcto, que cuando fuera rey nunca llegara a decretar algo así, que ya estaban en el siglo XXI y esas reglas eran obsoletas ya.

Porque MinGi no era cualquier alfa, sino que era un príncipe. Sangre azul corría por sus venas, de él dependía el futuro de Corea del Sur. Era el alfa más deseado del país, y tenía cuarenta y seis pretendientes: treinta y dos en el país,  nueve en japón, dos en China, una en Tailandia, otra en Estados Unidos, y la española con ascendencia coreana que tenía padres muy influyentes allá y que rogaba por una posibilidad de acceder al trono para expandir su monarquía a europa.

Aunque… no conocía a ninguno de estos omegas. MinGi sentía cierta curiosidad por ellos, simplemente porque, al fin y al cabo, él estaría toda la vida con uno. No es que deseara tener pareja fija,  como le llamaban, destinada, aunque tampoco rechazaba la idea. Era parte de su vida hacer las cosas por un bien mayor (esto también se lo mencionó su padre, más de una vez) más era bastante tonto en ese aspecto, y ni siquiera habia dado un beso. Qué decir de sus experiencias sexuales, pues la única amante fiel que tenía era su propia mano en aquellos momentos donde el celo era demasiado intenso.

En fin. El no tenia mucha puntería y tampoco le interesaba fortalecerse en ese aspecto. Era una desventaja en pleno campo de batalla, sin embargo… las guerras de clanes hace muchos años que habían dejado de masificarse, y el trabajo del rey se limitaba netamente a temas estratégicos o logísticas. En realidad el único peligro real e inminente era el país vecino, siempre provocativo, tan volátil.  Pero de todos modos, el no dejaba de ser un buen guerrero, ya sea en su parte humana como animal. Él era un gran, hermoso lobo de pelaje anaranjado, con enormes patas y atributos reproductivos decentes, y como humano, era alto, esbelto, atractivo, varonil… y también con atributos reproductivos decentes. Sí, seguro, todo un galán.

Además, era muy inteligente. Educado en casa desde que tenía memoria: experto en ciencias y literatura, sí, porque su madre omega le había recalcado que debía ser un hombre sensible, que así sería adorado por el pueblo.

—¡Su Alteza! —una voz grave atrajo su atención, haciendo que dejara de observar el blanco. Dejó el arco y la flecha sobre la mesa, y volteo hacia quien lo llamaba—. Lo logré.

SeongHwa era su amigo desde hacía muchos años, habían practicado deporte juntos, y sería su consejero una vez que llegara al trono. El joven, mayor que él, de pelo negro y liso peinado hacia un lado, mirada neutral y andar elegante, más que un lobo, parecía un vampiro con la suficiente habilidad de destruir todo a su paso...

Pero que por ningún motivo se atrevería a hacerlo.

SeongHwa era el alfa más paciente que MinGi conoció jamás. No existía nadie que lo sacara de sus casillas, pacífico por excelencia, algo extraño en un alfa de su categoría, MinGi confiaba mucho en su temple, y en sus habilidades investigativas.

Se acercó con cautela, quedando justo frente a su amigo, tanto así que si no fuera por la estatura más baja de SeongHwa, ellos habrían rozado sus narices. SeongHwa no se intimidó de su extrema cercanía, pues MinGi era un poco invasivo cuando se trataba del espacio personal ajeno. SeongHwa lo atribuía a la propia esencia de ser alfa líder, de aquel que deseaba controlar todo. 

Pero también había otra razón: MinGi no debía estar chismoseando sobre los planes de su padre, y menos cuando no cumplia aún los diecinueve, y no sabía (o al menos no del todo) cómo funcionaban las cosas. Al fin y al cabo SeongHwa podría ser un excelente rey, y sus padres eran capaces de quitarle el cargo de monarca por andar de chismoso, para cederlo al mayor. O incluso, el mismo SeongHwa podría tener un castigo terrible por andar ventilando las ideas de la máxima autoridad, quedando el trono disponible para alguna de las familias ricas de Seúl.

—Dime todo lo que sabes —moduló MinGi, tratando de hacer el menor ruido posible y no atraer a los sensibles oídos licántropos de los terrenos del castillo.

SeongHwa frunció el ceño, y miró disimuladamente a su alrededor para cerciorarse de que nadie anduviera cerca. Luego, murmuró un misterioso:

—Su padre ya eligió un omega para usted, alteza —el lobo de MinGi dio un brinco debido a la impresión—, su majestad decidió unirlo a un omega coreano.

IDEAL [yungi]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora