Imperio de polvo.

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Greco Rodríguez.

La comisaría se volvía extrañamente silenciosa de las cinco a las ocho de la mañana, como si fueran las únicas horas en las que todo se paralizaba de repente.
Era casi siempre en ese tramo de tres horas que Greco se iba a la sala de descanso a dormir, o a intentarlo.
Desde que habían descubierto el nombre de la organización, habían conseguido más pistas sobre sus chanchullos y su relación con otras mafias y bandas. Si había algo bueno de todo aquello, era que la muerte del joven Adrián Ricardo no había sido en vano.
Kyle Asther, Marco Bolli y Adrián Ricardo. Cada vez que entraba en su despacho veía las caras de los tres chicos en la pizarra, como un memorándum de lo que tenían pendiente, hacer justicia de sus muertes.
Sus días pasaban, agónicos, esperando el momento en que pudiera coger a esos malnacidos y encerrarlos de por vida, o tal vez dejar que el superintendente impusiera la pena de fusilamiento. Ambas opciones sonaban enormemente reconfortantes para él.
Muchas noches, cuando se tumbaba en el catre de comisaria, viendo la ventana pensaba en L.J sin parar. Observaba fijamente la luna, esa que tanto le gustaba a ella, y se preguntaba como se encontraría, si le odiaría o peor aún, si le sería indiferente.
Desde la última vez que la había visto, hacía tres semanas, no habían hablado con nadie sobre ella y su ruptura, pensando que tal vez la morena se lo hubiera contando a Gustabo o Horacio y estos a los demás. Pero a pesar de todo, nunca nadie le preguntó sobre ello, ni tan siquiera Volkov o Conway le reprendieron. Era extraño.

Comprendiendo que aquella noche tampoco conseguiría dormir se levantó despacio, pasando las manos por su rostro frustrado. Todo se estaba volviendo gris.
En cuanto salió por la puerta, se cruzó con el superintendente, que con un gesto de cabeza le indicó que le siguiera hasta su despacho. Allí, Volkov se frotaba los ojos insistentemente con una mano, mientras con la otra agarraba un vaso de café negro como el carbón.

-Quiero que os toméis dos días libres, no hay discusión.- Dijo con severidad cruzándose de brazos.- Si seguimos con esta rutina estaréis hechos papilla para el día que cojamos a esos cabrones. Necesitáis descansar y socializar.

Viktor dando un trago a su café parecía hasta contento, cuando en el pasado se negaba a tener días libres. Evidentemente la relación con Horacio había cambiado de buena manera ciertos aspectos en su vida.

-Bien, quería llevar a Horacio a cenar y el domingo iremos a comer en Vespucci con Gustabo.- Murmuró el ruso bajando su mirada hacía su mano, como planeando sus compromisos para los dos días.

-Si, Horacio ha estado más desanimado últimamente. De hecho, os sentará bien ir los cinco.- Agregó el superior mirándole también. Los cinco. En ese grupo claramente entraba la doctora sin duda, pensó mientras su gesto se ensombrecía.- ¿Y esa cara de mierda? ¿Habéis discutido? Ese tipo de cosas son normales cuando trabajas con tanto estrés encima, seguro que...

-L.J y yo lo hemos dejado.- Escupió rápidamente cortando al mayor.

Ambos hombres frente a él abrieron los ojos como platos, levantándose rápidamente para acercarse a él, como si creyeran que ni él mismo ni sus palabras eran reales.

-¿Qué coño está diciendo?- Preguntó el peligris en voz demasiado alta y el ceño fruncido.

Conway a su lado, puso una mano en hombro de este, indicándole que moderase su voz y la dureza con la que hablaba.

-No me apetece hablar de ello, y tampoco tenemos tiempo, asi que yo me quedaré trabajando e investigando mientras Volkov descansa.- Cambió de tema cruzándose de brazos para mirar a otro lado.

Greco siempre había sido de hablar de sus problemas, dejándose aconsejar por la persona más lógica. Pero en aquella situación lo último que quería era que Conway o su amigo peligris supieran nada, simplemente contárselo le avergonzaría.
Porque si era cierto que lo hecho era por algo lógico para si mismo, ya que protegería a una persona que quería, se avergonzaba enormemente de haber alejado a una persona que le hacía bien y le complementaba muchos aspectos. Y también porque era consciente que ellos juzgarían su decisión más que cualquier otra persona lo haría. Tanto si era por haber estado en el mismo lugar que él como por encontrarse actualmente en la misma tensión.
Tenía tantos motivos para no contarles lo sucedido pero uno más importante que los demás: que hablando con ellos se diera cuenta de lo mucho que se arrepentía de aquello.

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