A corazón abierto.

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Greco Rodríguez.

Greco observaba silenciosamente con un cigarro en la mano, como Conway golpeaba con la porra a dos basuseros que le habían llamado "superdetergente" apoyado en la baradilla de la entrada de comisaría.
Los turnos de aquella semana se le habían hecho largos como el infierno, de código uno a código tres en repetición.
Aquel día ni siquiera el trabajo de oficina le había animado, todo lo contrario, lo había frustrado más aún al ver el desastre que habían hecho los alumnos con los expedientes y las denuncias.
Había tenido tiempo de sobra para meditar sobre lo ocurrido con L.J en la fiesta de Halloween, de aceptar que aquello no era una simple atracción  física y de pensar como abordar el tema con ella. Pero durante toda la semana no se había cruzado con la doctora ni por casualidad. Cada vez que pasaba por el hospital esperaba encontrarse aquellos ojos grises, pero simplemente nunca sucedió.
También había pensado pedirle su teléfono a Horacio, desechando la idea al tener que enfrentar las preguntas del cresta, incluso quiso ver su dirección en su expediente pero iba contra las reglas de la policía y contra su ética personal.
El destino era tan caprichoso, que si antes la veía en todas partes, de pronto parecía como si la tierra se la hubiera tragado.
Frustrado suspiró tirando la colilla al suelo. Realizaría un 10-10 se iría a casa a ver unas películas o golpear el saco de boxeo.
Conway apareció a su lado encendiéndose un cigarrillo, mirándole unos segundos antes de sonreír de medio lado, como si supiera algo.

-Vamos a casa a toma algo.- Dijo su jefe soltando el humo lentamente en el proceso.- Llamaré a Volkov para que traiga unas cervezas, hace tiempo que no lo hacemos.

Podía negarse, pero sonaba mucho mejor que volver a su casa y darle vueltas a todo hasta la hora de dormir.
Ambos informaron de su 10-10 casi al mismo tiempo, cogieron sus coches y condujeron hasta el apartamento de Conway. Volkov estaba en medio de un código cinco y se les uniría al terminarlo.
Rodríguez simplemente siguió a su superior al interior de su apartamento dejando su chaqueta sobre el respaldo del sofá antes de sentarse, mientras por su parte cogió dos cervezas del frigorífico y un cenicero para dejarlos sobre la mesa de café del salón.
Los minutos pasaron silenciosamente mientras ambos bebían su cerveza. No era un silencio incómodo, si no más bien uno que le permitía a Greco ordenar sus ideas hasta que fue interrumpido por el sonido del timbre.
Levantándose como si fuera su casa e dirigió a la puerta, abriéndola para encontrarse a Volkov con una bolsa en sus manos.
Tras meter las bebidas en la nevera, el ruso se sumó a los otros dos hombres en el sofá.
Conway parecía no quitarle el ojo de encima al peligris, como si esperase una confesión por su parte, pero este mantenía la mirada fija en el botellín de cerveza en sus manos.

-¿Que tal la fiesta de Halloween?- Preguntó el mayor de los tres antes de encenderse un cigarro.

Volkov casi mandó su cerveza volando al oír aquello, mientras Greco abrió mucho los ojos para encenderse un cigarrillo.

-Bien, supongo.- Murmuró Viktor nervioso.

-Normal.- Respondió Greco mirando hacía sus manos.

Conway asintió antes de dejar su cerveza en la mesa con un golpe.

-No sé si creéis que soy un anormal que no se entera de nada.- Comenzó el de pelo cano.- Acaso no pensáis que no he notado como Volkov lleva toda la semana sonriendo como un capullo cuando ve a Horacio o que Greco está de mal humor todo el tiempo desesperado por ir al hospital.- Continuó soltando una risotada.- ¿Por qué no nos cuentas como desapareciste milagrosamente de la fiesta sin tu coche Volkov? ¿O como apareciste tú todo rojo con la boca manchada de pintalabios azul?

En ese instante Volkov y Greco cruzaron miradas llenos de histeria, ¿acaso Conway iba a echarles la bronca del siglo?

-El silencio no os va a salvar de esta conversación.

Rodríguez dió una larga calada a su cigarro sin mirar todavía a su jefe.

- A-a ver... en este caso yo...-Balbuceó Volkov.

-Esto Conway... verás, estaba...-Habló a la misma vez que su compañero.

Su jefe les chistó para que cerrasen la boca sin oportunidad de explicarse, como si él lo supiera absolutamente todo.

-Sois unos mariconetis. Tú le has echado huevos con Horacio pero andas escondidito esperando que nadie se de cuenta.- Volkov tragó seco y se puso más pálido aún si era posible.- Y tú te diste besitos con la doctora Morgan para luego andar como un cachorro abandonao' por ahí.- Rodríguez quiso ofenderse y responder al mayor pero este se lo impidió.- Pensé que os había enseñado a echarle huevos a las cosas.

Ambos comisarios miraron a su jefe como si tuviera monos en la cara. Conway les estaba echando la bronca por no ser lo suficientemente valientes para enfrentarse a sus sentimientos.

-Creo que sois mayorcitos de sobra para poneros los pantaloncitos de adultos y ir a por lo que queréis, ¿no?

Hombre, diciéndolo él parecía bastante fácil.
Volkov quiso abrir la boca para decir algo cuando el teléfono de su superior comenzó a sonar.

-¿Qué pasa?¿Que has hecho ya?- Preguntó a la persona que le llamaba.- La madre que me parió veinte veces. ¿Por qué no le has dicho que era una idea malísima?- Gruñó exasperado pasándose la mano por el pelo.- Apenas sabe cuidarse a si mismo coño. Pásamelo, que se lo explico.- Volkov y Greco miraban con el ceño fruncido, pensando en quién coño llamaría a su jefe para estresarlo de esa manera.- Horacio, a ver... Lo entiendo pero no puedes... No, no llores, solo digo que...- Claramente hablaba con Gustabo y Horacio. De hecho, su tono de voz era mas suave que el habitual.- Vale, si crees que puedes con ello yo creo en ti... Está bien, pero no llores más.- Y vaya que si se había vuelto blandito con aquellos dos.- Lo sé, lo sé... Adiós supernenas.

Al colgar el teléfono se enfrentó a las miradas curiosas de ambos chicos y también a sus sonrisas vacilonas.

-¿Qué coño miráis?- Escupió guardando su teléfono.- Horacio y Gustabo se han encontrado a un perro abandonado y Horacio no paraba de insistir en quedárselo.- Balbuceó aguantando la sonrisa que luchaba por escapar de su boca.

-Siendo Horacio no me sorprendería que un día de estos adoptase un lobo y lo tuviera rendido a sus pies.- Respondió Volkov sonriendo un poco.

Greco asintió dándole la razón a su amigo. Horacio era tan bueno y agradable que podía ganarse cualquier corazón con aquello ojillos castaños, mientras Gustabo lo hacía con su humor y su explosiva personalidad.

-Como policias no tenéis nada que envidiarle a nadie.- Dijo de pronto Conway mirándolos a ambos tras quitarse las gafas, como pocas veces hacía.- Pero no quiero que sigáis mi ejemplo en cuanto a las relaciones personales. A mi manera, ahora, soy feliz.- Confesó sonriendo un poco más.- Tengo cuatro hijos que son unos capullos y me sacan de mis casillas y una malla de anormales a los que convertir en buenos agentes. Y eso me hace feliz.

Los dos comisarios sintieron el peso de la confesión de Conway, ya que su jefe no era muy dado a ser tan emocional. Pero muy en el fondo los corazones de los chicos se llenaron de calidez al saber que él los consideraba sus hijos y que con ellos a su lado era algo más feliz.
Él había tenido un padre increíble, que le había hecho el hombre que era, pero perderlo antes de lo debido había sacudido su mundo, un mundo dónde todos tenían un padre que los guiara. Suerte la suya que Conway, de una manera o otra hubiera entrado en sus vidas.

-No me lloréis ahora, suficiente he tenido con el Crestitas.- Bromeó colocándose sus gafas de vuelta mientras ellos se reían.

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