Capítulo cuarenta y uno

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"Disculpa si a veces me equivoco, pero es que nunca nadie me había querido de la manera en que tú me quieres, y es raro."
Manuel Ignacio.

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Ya por la noche, Betty se alistaba en su habitación. Sería algo simple, como le gustaba y como lo había pedido.

Se acomodó el cinturón que sostenía sus pantalones anchos en su cintura y posó frente al espejo. Unos botines negros y un suéter del mismo color, por encima un abrigo beige como los pantalones. Llevaba el cabello en una coleta algo despeinada y estaba apenas maquillada, se veía hermosa.

—Estás divina— la halagó su amiga, enrollada en una manta, en su cómoda cama.

—¿De verdad?— preguntó, viéndose otra vez desde distintos ángulos.

—Estoy muy segura— afirmó— y te lo dice una experta en moda— justificó su argumento.

—Está bien— suspiró y miró el reloj de su muñeca— en cualquier momento Jughead pasará por aquí.

—Es tan romántico— formó un puchero en un gesto de ternura.

—No debería hacerlo, simplemente podríamos encontrarnos en la entrada del edificio, pero él insistió. Quiere que sea "especial"— formó unas comillas con sus dedos en el aire.

—Que bello es estar enamorado ¿No?— se tiró hacia atrás, recostandose. Hablando en un tono soñador.

—Verónica Lodge, señoras y señores, la enamorada del amor— bromeó.

La charla fue interrumpida por unos toques en la puerta.

—Han venido por tí— la morocha señaló la entrada.

Betty se dirigió con seguridad a la puerta cerrada y la abrió. Dejando ver a un pelinegro, vestido de manera casual, pero sexy y misterioso, como siempre. Su cabello negro un poco despeinado y una sonrisa poco usual.

La vista de la rubia paró en lo que Jughead traía en sus manos, un ramo de rosas, no tan grande, pero sí hermoso.

—Buenas noches, tú— saludó con una sonrisa divertida.

—Buenas noches, Betts— la recorrió con su mirada y sonrió aún más— te ves hermosa.

—Tú también estás muy guapo— lo halagó.

—Oww— ambos voltearon a ver a Verónica. La cual se encontraba con sus manos unidas y una expresión de máxima ternura y anhelo— lo siento— soltó rápido, al notar la atención en ella— no molesto más— prometió.

La pareja volvió a mirarse.

—Son para tí— le entregó el ramo.

La rubia lo tomó y lo olfateó con delicadeza— huelen muy bien, muchas gracias— dejó las flores a un lado y tomó la mano de Jughead— ¿Nos vamos?

—Por supuesto.

Betty cerró la puerta detrás de sí y se encaminaron hasta el ascensor.

Luego de una media hora, ya se encontraban sentados en una de las mesas de un bar. No era al que la rubia acostumbraba a ir, era uno mucho más bello.

—Te esmeraste de verdad— comentó, observando su alrededor, mientras esperaban su orden.

—Simple pero bonito, tal y como te gusta.

—Muchas gracias— le sonrió.

—Debes dejar de agradecer tanto, me has agradecido como 10 veces en lo que va de la noche— dijo divertido.

—Lo siento— hizo una pequeña mueca.

—También te disculpas demasiado— le hizo notar.

—Bueno, entonces vete a la mierda— rodó los ojos.

—Eso estuvo mejor— admitió, haciéndola sonreír.

Esa noche cenaron juntos, como una hermosa pareja y se divirtieron, como unos buenos amigos.

Luego de haber pasado un buen tiempo en ese lugar, decidieron salir y dar un paseo por un parque cercano. Era pequeño, pero también era hermoso y estaba casi vacío, si no fuera por esas pocas personas que salían a caminar, al igual que ellos.

Dieron una vuelta, tomados de la mano y charlando de cosas sin sentido.

—La noche está hermosa— soltó ella, mirando al cielo.

Por alguna razón, siempre que estaba con Jughead por la noche y miraba las estrellas, le recordaba esa vez en Riverdale, en la cual Jughead la había consolado por la vida de mierda que tenía y le había prometido nunca más dejarla sola.

No habían pasado más que dos semanas del acontecimiento, pero no podía evitar rememorarlo siempre. Para ella había sido un momento especial.

—Si, lo está— miró al cielo también. Unas pocas nubes que ocultaban algunas de las estrellas, estaba nublado, pero no tanto como el primero de enero— Oye— la miró— he estado pensando en algo.

—Cuando tus discursos empiezan así, creo que ya sé lo que se viene— sonrió divertida.

—Entonces déjame decirlo— pidió y se aclaró la garganta— he estado pensando y me dí cuenta de que te quiero muchísimo— Betty bajó la mirada al suelo, aún oyendolo— supongo que el sentimiento es mutuo y… este tiempo en el que estuvimos así ha sido agradable, no lo sé, si tú quieres, me gustaría formalizarlo.

La rubia se quedó unos segundos en silencio, no dudando, sino analizando lo que acababa de oír.

—Me encantaría— admitió, con un leve sonrojo en sus mejillas.

Jughead sonrió y la atrajo hacia sí para poder besarla suavemente.

—Espera— dijo separándose un poco— ¿Podrías hacer la pregunta?— pidió, el pelinegro soltó una leve risa y la miró directo a los ojos.

Ahí, en el medio de un parque de los cientos que tenía Houston, con una distancia mínima entre ellos y sus ojos conectados. Jughead se lo preguntó.

—Betty Cooper, ¿Aceptarías ser mi novia? No soy el mejor chico del mundo, ni el más cariñoso, ni el más atento, mucho menos el más guapo. Pero prometo dar lo mejor de mí para hacerte feliz.

—No pudiste hacerlo mejor— apenas murmuró y juntó sus labios otra vez— te quiero mucho, Jug.

—Y yo a tí, Betts— murmuró también.

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FELICES PASCUAS

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FELICES PASCUAS.

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