"Te ví follar y fallar y no sé cuándo me gustaste más: Cuando te contemplé proclamándote diosa o cuando te observé confesándote humana."
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Ambos ingresaron en la habitación del pelinegro, aún besándose, pero un poco más salvajemente.
Jughead cerró la puerta con un pie, mientras levantaba a la rubia y la hacía enroscar sus piernas al rededor de su cintura.
Betty lo tomaba del rostro con una mano y con la otra se apoyaba en el hombro del chico para mantener el equilibrio.
Se dirigió a la cama con la rubia en brazos y la recostó suavemente, se quitó su camiseta y se posó sobre ella, sin echarle su peso.
Dirigió sus manos hasta el borde de su blusa y le dió una ojeada, como pidiendo permiso, Betty solo asintió y así, suavemente se la retiró.
Volvieron a besarse, hasta que Jughead fue bajando sus besos por el cuerpo de la rubia. Su mejilla, su mandíbula, luego su cuello y su clavícula, hasta llegar a sus pechos. Ella arqueó su espalda, dándole acceso directo para que quitara su brasier.
Una vez que lo hizo, la observó por unos segundos— eres jodidamente hermosa— murmuró y llevó su boca a uno de sus senos para comenzar a chuparlo, con una mano acariciaba y apretujaba el otro. Logrando que Betty dejara salir pequeños gemidos y jadeos.
Unos minutos más tarde, ambos solo tenían la ropa interior puesta. Jughead la acariciaba y besaba, mientas Betty enloquecía lentamente ante el tacto que el pelinegro le proporcionaba.
Con dos dedos dentro y los labios de Jughead en su cuello, la rubia podía sentir como iba perdiendo la razón. Finalmente, Betty buscó el rostro del chico para poder besarlo. Tomando eso como un asentimiento, Jughead le quitó la única prenda que la cubría e hizo lo mismo con sí mismo.
Dirigió su mano hasta la mesa de noche y tomó un condón, se lo colocó y se posicionó en la entrada de la chica.
—¿Estás segura de que quieres esto?— preguntó, con sus miradas conectadas y respiraciones agitadas.
—Lo estoy— afirmó y tragó grueso, esperando el momento.
Jughead lo hizo, después de desearlo tanto, finalmente entró en ella, robándole un gemido cargado de placer, eso lo motivó aún más.
Entraba y salía en ella, una y otra vez, mientras se besaban y continuaban acariciándose. Sus cuerpos chocando, el calor en el ambiente y los sonidos de placer que soltaban, era todo lo que se podía percibir en esa habitación en ese instante.
Luego de un rato más, finalmente llegaron a su punto máximo. Entonces, el pelinegro se dejó caer sobre su novia, la cual lo rodeó con sus brazos, igual de exhausta.
—Te quiero mucho, Jug— soltó en un suspiro, con su respiración hecha un desastre.
—Te quiero más— contestó, pasando sus brazos por la cintura de Betty— tienes que saber, que eres lo más hermoso que mis ojos pudieron percibir alguna vez.
Ella solo cerró sus ojos y con las pocas fuerzas que le quedaban, lo apretó un poco más entre sus brazos.
Aún con las cicatrices que su cuerpo portaba, provocadas por los golpes de su madre, por ella y por la vida misma. A Jughead le había parecido hermosa, había besado cada una de sus marcas y la había llevado hasta el cielo en una oleada de placer. No necesitaba más que eso, para saber que ese era el lugar y la persona correcta.
Finalmente, el chico se recostó a un lado, saliendo de encima de ella y la acurrucó en su pecho.
Y así, sintiendo las suaves caricias en su brazo, Betty cayó rendida ante el sueño.
(...)
La mañana siguiente, Betty despertó, pensó que lo había soñado todo cuando no sintió unos brazos rodeándola o cuando no vió a una persona durmiendo a su lado.
Pero todo era verdad, se dió cuenta cuando vió su cuerpo desnudo bajo las sábanas de la cama de Jughead y cuando vió al mismo pelinegro con solo su pantalón de dormir, preparando café. Además, su imaginación no era tan buena como para haber podido recrear una escena tan cercana a la perfección, como la que había tenido la suerte de vivir la noche anterior.
—Buenos días— murmuró apenas, con su voz de recién levantada.
El chico se volteó hacia ella y sonrió— buenos días, preciosa.
Esta suspiró y se sentó en el colchón, aún con la sábana cubriendo su cuerpo.
—Pasaré al baño— avisó y se levantó con la tela blanca rodeándola.
Llegó hasta uno de los cajones de Jughead y sacó una remera de ahí, juntó su ropa interior y desapareció por la puerta de madera.
Abrió una puerta del pequeño mueble blanco y sacó su bolso en el que tenía sus productos de higiene personal. Más de una vez se había quedado a dormir en esa habitación, entonces ellos habían decidido que eso era lo mejor.
Tomó una ducha y luego salió con solamente su ropa interior y la remera de Jughead que apenas le cubría los muslos. Él la estaba esperando con dos tazas de café, en la cama.
Llegó hasta él y le dió un beso, para después recostarse a su lado.
—¿Cómo has amanecido?— preguntó, entregándole una de las tazas.
—Perfectamente ¿y tú?— respondió con una sonrisa, por alguna razón, dejar de sonreír le era una tarea muy ardua.
—Con la mejor vista del mundo— la observó por unos segundos y le sonrió también.
—Cuando te conocí, nunca pensé que podrías llegar a ser así de romántico— soltó divertida, llevándose la taza a los labios.
—Yo tampoco lo sabía— negó— supongo que lo descubrimos juntos— le siguió el juego.
—Supongo— fue lo único que dijo.
Ambos se quedaron en silencio, un silencio acogedor. No eran necesarias las palabras cuando ya lo habían dicho todo con acciones la noche anterior.
Se querían y fuera coincidencia o no el que se conocieran, eso resultó mejor de lo que cualquiera pudo pensar. Jughead se convirtió en un pilar para Betty y Betty se convirtió en la alegría que le faltaba a Jughead en su vida, de alguna forma, habían aprendido a complementarse.
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