"El arte de no encajar en el mundo, y no temblar de soledad." Elena Poe.
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Ya por la mañana, Betty estaba rodeada por los brazos de Jughead, quien dormía plácidamente. Esa noche habían sido tres en la habitación.
La pobre no había sido capaz de pegar un ojo en ningún momento. Había dormido de a ratos, pero en la mayoría se la había pasado llorando en silencio, recordando todo una y otra vez, atormentandose.
Se levantó con cuidado de no despertar a nadie y entró al baño, se alistó un poco y salió de la habitación luego de tomar sus cosas.
Mientras caminaba hacia una cafetería, buscó un contacto en la agenda de su celular. Luego de dos tonos, la persona atendió.
—Pequeña— escuchó la voz de recién despierto de su amigo— ¡Feliz cumpleaños, dulzura!— soltó contento.
—Muchas gracias, Fangsy— sonrió— pero te llamo porque necesito un pequeño favor— utilizó su tono inocente, al cual Fangs no podía resistirse.
—Lo que sea por la cumpleañera— dijo divertido.
—Necesito que vayas al hospital y preguntes por Alice Smith.
—¿Por qué preguntaría por tu madre?— preguntó confundido.
—Yo… ¿Solo podrías hacerlo?
—Lo siento, cariño— respondió, verdaderamente apenado— pero no puedo.
—¿Por qué?— murmuró, faltandole un par de pasos para llegar al local.
—Sabes… yo estoy algo ocupado, ¿Entiendes, no?— preguntó incómodo.
—Oh, Claro— asintió— no hay problema.
—Bien, gracias.
Betty suspiró, viendo la pantalla y luego guardó el celular en el bolsillo de su pantalón.
Entró al local y pidió un café, luego de obtenerlo volvió a salir y se dirigió a un parque que estaba a dos cuadras. Solo necesitaba un tiempo sola y perderse en sus pensamientos.
Una vez que encontró un banco vacío, que no fue difícil obtener por la temprana hora, miró al cielo, estaba despejado y el sol ya brillaba en lo alto. Hacía un poco de calor, pues, el verano estaba más cerca de lo que parecía.
Sintió unos toquecitos en la rodilla y bajó su vista, encontrándose con una niña de unos 5 o 6 años.
—Hola— saludó la pequeña, con una inmensa sonrisa.
—Hola— le sonrió también.
—¿Cómo estás?— esta hizo un esfuerzo y se subió al banco, luego se sentó a un lado de la rubia.
—Bien ¿Y tú, pequeña?
—Entonces ¿por qué tienes los ojos rojos?— murmuró. Betty se llevó una mano al rostro y se tocó levemente las mejillas.
—No he tenido una buena noche— admitió— pero ya estoy mejor.
—Una amiga me dijo que los abrazos le hacen bien al corazón— contó y estiró sus bracitos para rodear un poco a la rubia.
Betty acarició su espalda levemente y se soltaron— muchas gracias, tu amiga no te ha mentido.
—¡Claire!— escucharon una voz masculina y unos pasos apresurados llegando hasta ellas— no te vayas así, tu madre va a matarme si se entera de que te me escapaste— se agachó frente a la niña, bastante agitado.
—¡Tío!— chilló la pequeña y abrazó al hombre— mira, hice una amiga— señaló a la chica.
El castaño alzó la mirada y se encontró con la de la rubia— ¿Betty?
—Ethan— sonrió, era su jefe— buenos días— saludó cortésmente.
—¿Qué haces sola en tu cumpleaños?— alzó una ceja— feliz cumpleaños, por cierto.
—Muchas gracias— le dió un trago a su café y respondió— me he despertado temprano y quise salir a dar una vuelta antes de que mis amigos comenzaran con su intensidad— dijo divertida.
—Dijo que tuvo una mala noche— contó la niña, haciéndose notar.
—¿Por qué?— este volvió a mirar a la rubia.
—Gracias por guardar el secreto, pequeña— acarició el cabello de la castaña y esta sonrió apenada— no pasó nada, solo una llamada sorpresiva— se encogió de hombros.
—Está bien— asintió y miró su reloj— se nos hace tarde, Claire, tu madre nos espera en tu casa para desayunar— le habló a su sobrina.
Esta suspiró dramáticamente y se bajó del banco— okey— murmuró— adiós, Betty— pronunció y le dió un abrazo a la chica.
—Adiós, linda— sonrió, recibiendo el abrazo— espero volver a verte algún día.
—Yo también, le pediré a tío Ethan que me lleve contigo— le murmuró, pero sonó alto y el chico la oyó.
—Cuando vayas a la cafetería de visita la verás— tomó a la niña en brazos— adiós, Betty. Que tengas un lindo cumpleaños.
—Muchas gracias— volvió a agradecer.
Los parientes se fueron y ella volvió a quedarse sola. Estuvo un rato más en el parque, sorprendentemente esa niña le había alegrado un poco la mañana.
Vió algunas tiendas y finalmente volvió a la cafetería en la que había conseguido su café esa mañana, compró algunas galletas caseras para sus amigos y volvió a la universidad, se le había pasado el tiempo volando.
Subió en el ascensor por el ala de las mujeres y llegó hasta su piso y habitación correspondiente. Abrió la puerta y frenó confundida, luego soltó una carcajada al ver las caras de los presentes.
—¿Cómo puede ser que siempre nos cague todas las sorpresas?— preguntó la morocha, indignada.
—Perdón— rió.
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EL COLEGIO NO ME DEJA TIEMPO PARA ESCRIBIR Y EL ESTRÉS ME QUITA LA INSPIRACIÓN, ME ESTOY QUEDANDO SIN CAPÍTULOS Y QUIERO LLORAR.