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—Qué aburrido todo...— Murmuré a la nada.

Había pasado tres días encerrada en la caseta, solo saludando al personal que veía durante las comidas.

Minho no había vuelto a aparecerse en todo este tiempo y aún no podía quejarme con él por olvidar mis cosas.

Porque sí, aquel día solo había traído algunas prendas que la modista dejó para mí y no pude reprocharle sobre dejar las cosas que específicamente pedí en su casa.

Quise volver a pasar tiempo con Felix pero estaba muy ocupado con sus asuntos de príncipes y sus clases, mierdas así. Aunque varías veces lo había visto yendo y viniendo de aquí a allá con un montón de cosas encima y un señor tras él reprochándole siempre, era gracioso.

Obviamente había salido a tomar sol, pero no había intentado ir más allá del jardín. De tan solo pensar que tendría que comportarme como flor delicada proveniente y nacida de la alta clase me provocaba un revoltijo de estómago y mi conciencia me recordaba todas las veces que mi abuela me regañaba por estar encorvada y lo mucho que sufría para que ella no se fijase.

Mucho trabajo para mi pobre alma.

Me levanté de la cama y caminé hacia la puerta abriéndola y visualizando el panorama.

Silencio.

—Qué raro...a esta hora viene siempre Felix.

—¡Señorita!— Di un brinco en mi lugar de la sorpresa y miré a lo lejos, la chica con la bandeja de comidas de todos los días.

Esperé a que llegara a mi lado y la miré con duda.

—¿Ya es la hora del almuerzo?— Pregunté.— Siento que es más temprano.

—Lo es.— Confirmó amablemente.— ¿Quiere pasar a la habitación o...?

—Aquí está bien.— Señalé la pequeña mesa fuera de la caseta y señalé la silla de al lado.— Siéntate a mi lado, me incómoda que todos los días estés de pie observándome comer.— Le sonreí.

Se sentía raro que alguien más me sirviera, no me estaba quejando pero me sentía algo asfixiada y cansada de tener a alguien que hiciera ese tipo de cosas, como traer la comida y esperar junto a mi de pie para verme comer.

El primer día incluso intentó darme de comer, cosa que no permití por ser demasiado incómodo.

Me senté y esperé a que la chica también lo hiciera.

—¿Cuál es tu nombre?— Pregunté antes de comer.

—Yuna.— Contestó.— Señorita, debería comenzar a comer antes de que se enfríe.

— De acuerdo.— Refunfuñé.— ¿Pero por qué tan temprano?

—¿No sabe?— Negué, probando la comida.— El rey ordenó abrir las puertas del palacio hoy.— Sonrió.— El pueblo tiene permitido rondar hasta el jardín.

—¿Lo hace todo el tiempo?— Pregunté después de tragar y cubriendo mi boca. Yuna negó.— ¿Cuál es la razón?

—Quiere conseguirle esposa a su primogénito.— Se encogió de hombros.— Mi abuela me ha dicho que es una tradición entre los varones de la realeza: abrir las puertas del palacio y dejar a todas las señoritas entrar para que el heredero escoja a su esposa.— Miró a ambos lados y susurró:— Y es un poco extraño, no malinterprete mis palabras, pero el príncipe debería tener sus años de casado ya, está algo viejo para escoger su primera esposa.

Reí por ello. Al parecer si una mujer estaba soltera por tanto tiempo era una desdichada pero a un hombre se le dejaba pasar.

—...creo que me fui por las ramas.— Pronunció.

sky ;; Lee MinhoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora