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Las olas danzaban al compás de la melodía que ellas mismas creaban. Mónica se encontraba adormilada en la cúspide de una roca, acurrucada bajo la caricia del viento que le ofrecía un breve instante de serenidad.

En los últimos tiempos, su mente había estado llena de pensamientos inquietos.

¿Era correcto entregarse por completo a un hombre?

Últimamente pensaba mucho.

Cierto es que él había sido su salvador, un ángel enviado por la gracia divina para rescatarla de su infortunio. Desde el momento en que fue rescatada, hizo un voto de entregar su vida si así se le exigía, como muestra de gratitud por esa segunda oportunidad.

Pero, ¿por qué debía hacerlo? Sobre todo cuando aquel hombre parecía desearla lejos de su lado.

Últimamente, sentía una aflicción en su corazón. Si le había sido otorgada una segunda oportunidad, ¿por qué malgastarla en un hombre? ¿No sería más noble dedicarse a los necesitados, a los enfermos y moribundos, tal y como hacía su venerado y difunto padre?

La guerra se cernía sobre ellos, y el simple pensamiento de participar en semejante contienda la aterraba, la hacía temer por su vida.

Su padre, siempre sabio, le decía que no la obligaría a seguir ningún camino, siempre y cuando no fuese pecaminoso o reprobable. Le recordaba que ella forjaba su propio destino, amparada en la voluntad divina.

¿Estaba bien sentir insatisfacción en estos momentos? ¿O acaso estaría mal desear huir?

En su mente, últimamente se visualizaba corriendo de vuelta a su hogar, reclamando la herencia de su padre y entregándose a la labor de sanar a los afligidos, sin verse inmersa en una guerra ni padecer el tormento del rechazo.

Se percataba de que no encajaba en ese grupo de rebeldes, no compartía su fervor por la causa como los demás.

—¿Ha ocurrido algo? —escuchó una voz tras de sí y se volvió, encontrándose con el rubio caballero que se esforzaba por alcanzar la cima de la roca.

—Sam —se levantó con gracia y avanzó sobre las piedras, alzando el dobladillo de su vestido para unirse a él—. ¿Ha sucedido algo? ¿Es hora de partir?

—Posees una destreza asombrosa para llegar hasta esa roca —bromeó, señalando la punta del acantilado.

—No representa mayor desafío —respondió, alisando su vestido, modesto pero elegante, que realzaba su figura.

Sam rió y ofreció su brazo para caminar. Sin titubeos, ella enlazó su delicada mano en su antebrazo y juntos se dirigieron lentamente hacia la arboleda de palmeras junto a la costa.

Nuevamente, se sentía extraña, desprovista de propósito, apática como una muñeca de trapo, similar a aquella que adornaba su cintura y contrastaba con su atuendo azul marino.

Se sentía vacía.

—Lamento haber pasado desapercibido antes —comentó Sam, y ella se volvió para mirarlo—. He notado tu rostro afligido, como si algo te estuviera ocurriendo. ¿Sucede algo? —preguntó sin titubear antes de soltar un suspiro—. Sé que no soy Peter, en quien confías tanto, pero créeme, mi preocupación es sincera y desinteresada —explicó, buscando consolarla—. Aunque algunos me consideren un demonio, hasta el mismísimo diablo siente compasión por los afligidos.

—Agradezco tu preocupación, pero en verdad no ocurre nada —negó, sintiéndose nerviosa—. ¿Realizaremos el mismo espectáculo hoy?

—No, si seguimos así, bella dama —el rubio parecía no querer dejar el tema—. ¿Quién eras antes de todo esto? —preguntó, extrañándola.

sky ;; Lee MinhoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora