1.Un año (Parte 2)

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El ruido volvió a tomar importancia, el ruido del desfile. Su mirada por fin se dirigió hacia atrás, pensó en Sahely, Nicolas y Nikki, los amigos de los que nunca se separó, y pensó en Camelia. Se llevo una mano a la cara y maldijo en su interior. Ella no tenía un amigo pacificador, ninguno además de él. Intentó buscarla con la mirada, pero no la encontró, no podría ahora, no con la vista.

Buscó con la mano su mochila en la espalda baja.

—¡¿Qué haces?, Apresúrate! —Gritó Sergius esperando en la puerta principal de la catedral.

—Perdone, señor —Contestó Luciel casi de inmediato. 

Apresuró el paso a la puerta de la catedral, giró hacia atrás la cabeza una vez más antes de entrar con la esperanza de ver a Camelia, de distinguir a alguien. Su mirada no podía enfocar nada, debía calmarse, quiso hacerlo exhalando sus pensamientos como solía hacerlo. Pero no había tiempo, debía seguir caminando.

En los jardines de la catedral el grupo bajó de los caballos y los entregó a la guardia de la ciudad que estaba esperando su llegada. Luciel cargaba todas sus pertenencias a su cadera, en la mochila sin fondo de cuero que había preparado con antelación. Notó que ninguno de sus compañeros llevaba consigo equipaje. Justo antes de articular palabra, advirtió una extraña mirada en su dirección, como alguien que lo acechaba en algún lugar. Rebuscó sus alrededores con la vista sin hallar el origen, hasta que Sergius hubo de llamarlo de nuevo a apresurarse ignorando aquella extraña sensación.

Entraron en el templo, dentro había imágenes en vitrales que llegaban al techo, contando en ellos el viaje de Gabriel, desde su aparición, la fundación de esta ciudad, su peregrinación, pasando por la forja de su espada La Espina de Dios, la derrota de la bestia del norte, la creación del imperio de dios, la traición de Yehuda y su muerte. Se la sabía de memoria, había perdido cuenta de las veces que la contaron en la academia.

El recinto estaba adornado como una sala de trono para la ceremonia. La silla del arzobispo bañada en oro y adornada con estatuas de ángeles y espadas, parecía más un trono. Iluminado con fuego que recorría los pilares y la alfombra formando un camino recto. Detrás de la silla se encontraban todas las cegadoras que serían entregadas, en su gran mayoría armas de acero negro. Eran protegidas por un pequeño escuadrón de caballeros y los ayudantes del arzobispo.

Sergius se dirigió al arzobispo que estaba listo para continuar con la ceremonia de nombramiento y llamó a los cuatro jóvenes. El viejo, tan lleno de arrugas que parecía tener ambos ojos cerrados, encorvado se dirigió a ellos. Los cuatro pusieron sus rodillas en el suelo y agacharon la cabeza de forma coordinada.

Esperando que la ceremonia terminara, Luciel no comprendió del todo las palabras que decía el arzobispo. El ruido en su cabeza, los murmullos, parecían más fuertes aquí dentro. Hubo empujar toda su mente en una exhalación y tirarla en un pozo para no abrumarse. Por suerte les habían hecho practicar el ritual antes.

Levantó las manos, sintió la hoja de la espada en una y la empuñadura en la otra, seguida por la vaina. Oró de memoria.

—...En vuestras manos encomiendo mi espíritu —Concluyeron al unísono los cuatro jóvenes.

—Y en las vuestras encomiendo el futuro, pues el día que muráis, Gabriel os tomará como sus ángeles. —Contestó el arzobispo dando fin a su nombramiento y se sentó de vuelta.

El viejo asintió hacia Sergius, quien se acercó a los chicos haciendo que lo siguieran a las puertas del fondo. No le dio oportunidad de pensar en que con esa corta ceremonia se había convertido en pacificador en todo derecho y todo lo que aquello implicaba. 

En la puerta del recinto ya estaba listo el siguiente grupo.

Luciel caminó, envaino la espada negra y la coloco junto a la otra que llevaba. Quería contemplarla, pero no era momento de ello. Miró a los otros con curiosidad, quienes le seguían a paso constante. El chico de cabellos rizados y piel morena, además de la chica de ojos azules llevaban espadas similares a la suya. Mientras que, al otro, la masa de músculos, le habían dado una coraza negra para el pecho que tenía el estómago descubierto. 

Nacido del DeseoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora