Prologo: La Boda (Parte 1 )

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Luciel D'chain sentado al borde de la cama, contemplaba la figura de la joven que tendría su ceremonia de boda al día siguiente. Sus emociones se habían apagado luego de racionalizar lo que había hecho. La visión que lo llevó a aceptar a la muchacha unos años menor que él sin importar el destino que le había negado o la vida de rumores que soportaría si los descubrían. Y el sentimiento de urgencia que se levantó como nunca, también se habían esfumado. En cambio, estaba la tranquilidad de la habitación, la noche y los suaves sonidos de respiración de ella.

Existían muchas razones por las que lo sucedido en esa habitación había de quedar oculto, por su bien y sobre todo por el bien de la joven. La familia con la que se había arreglado el compromiso había llegado a la mesa de consejo de Astyel recientemente. El joven Althair Bertrand era por mucho una suerte que numerosas mujeres con matrimonios arreglados habrían querido llegar a tener. En cambio, Jeanethe Morg'ain decidió entregarse a él un día antes de su boda.

La fachada que había creado los últimos días con la familia y la ciudad se caería en cuanto todo eso se descubriera. Dejaría de ser un joven noble prospecto a historiador y se convertiría en un hombre buscado por engatusar y quitarle todo a la joven que yacía dormida a su lado. Los murmullos en su cabeza se encontraban extrañamente silenciosos. Pero Luciel se vestía con sigilo, preparando todas sus cosas para dirigirse a la vieja estatua del apóstol Betsaida.

Jeanethe lo agarraba entre sueños para que no se separara de ella. El hermoso rostro de la joven lo hechizaba aun cuando su culpa lo tenía al borde del llanto.

—¿Me dejareis sola? ¿Os iréis ahora que todo ha terminado? —Dijo Jeanethe cuando Luciel se levantó de la cama.

—Volveré, he de encargarme de un asunto antes señorita —Dijo Luciel en Dá'inara incluso cuando aquella lengua solo servía para poner por debajo a los demás. Un signo de opulencia lo creía él.

—¿Vos lo prometéis? ¿Regresareis aquí conmigo? —Jeanethe escondía su desnudez en las sábanas. Extendió su brazo para poner delante de Luciel su dedo meñique.

—Os lo prometo señorita... aunque no volveré de la forma en que vos lo pensáis. Tenéis que casaros el día de mañana, recuerde —Luciel enganchó su dedo meñique con el de ella en una promesa infantil que recordaba haber hecho en muchas ocasiones.

Promesas que mantenía en su mente y corazón en todo momento.

—Os esperare... no importa que —Comentó Jeanethe como despedida. Su rostro reflejaba un extraño y triste sentimiento de realización sobre sus propios actos. Y Luciel creía que ella misma no sabría la razón por la que acabaron aquella noche de esa forma.

Salió de la habitación evitando mirar tras de él.

Un paso.

Para quitar la imagen de la joven de su cabeza. Los pensamientos de lo que podría llegar a ser la vida de la Jeanethe ahora que había cortado el flujo de su matrimonio.

Dos pasos.

Para empujar la culpa hasta un abismo. Para sumir su mente en una vacua tranquilidad como si de un pozo sin fondo se tratase. Los pensamientos llegaban contantemente de muchos lados, de muchas cosas. Y todos ellos se desvanecían en la creciente agua que manaba de aquel pozo, lo único que quedaban eran voces y murmullos.

Tres pasos.

Para que sus ojos lavanda se encendieran con su alma, en una calma y concentración de la que no saldría hasta haber cumplido su misión. Saltando al pozo y el agua sin vacilación para abrigarse en una helada sensación del deseo de continuar avanzando sin mirar atrás.

Ahora mismo caminaba por los pasillos del castillo de los Morga'ain oculto en aquella túnica blanca encantada de la que nunca se separaba. Sus ojos lavanda relucían con la luz de una media luna que marcaba su destino. Ninguno de los pocos guardias con los que contaba el castillo advirtió su salida y al llegar a la ahora abandonada estatua de Betsaida sacó de su mochila sin fondo todo lo que aquella aparición le había dicho en sueños hace solo unos días.

El último objeto que sacó fue un encantador lazo de un pálido rozado que la propia Jeanethe le había entregado luego de hablar con ella durante toda una tarde. La prenda era un pedido directo para realizar el ritual que, según la mujer en sus sueños, le permitiría terminar con la maldición que azotaba la ciudad de La'Rose. Ese lazo fue el principio de que Jeanethe se fijase en él como algo más que un invitado a su boda, y en parte la conversación que Luciel llevó para que se lo entregara, un indicio del propio interés inconsciente que él tuvo.

Confiar que los sueños y las palabras de aquella mujer que se le apareció eran ciertos, eran su única salida. El tiempo desperdiciado sin ni una sola pista de la razón para la maldición que afectaba a todas las mujeres que estaban en edad de casarse, no sería suficiente para completar este último examen.

Juzgó en aquel entonces podría ser causado por un Shae'màni, un mundo de pesadilla a los que solo se tiene acceso en pocas ocasiones y de los que pueden llegar a salir Shaeyvah, demonios de los que podría no tener información. Vestigios de los servidores de Yehuda y pecados que él como aspirante a pacificador estaba destinado a enfrentar. Pero ahora, tenía el temor de que el Shaeyvah que causaba todo esto estuviera buscando algo más y que fuera lo suficientemente poderoso como para que él no tuviera ninguna oportunidad.

Cavilaba opciones en los fríos vientos otoñales que golpeaban los árboles con que estaba adornada la plaza, llenando de sonido la vacua noche. Se empecinaba por seguir el pequeño ritual que tenía anotado en el diario que llevaba consigo, pues aún si se llegaba a deslizar sin previo aviso de un murmullo, quien sea que tomara control de su cuerpo podría entonces seguir con la misión.

Al finalizar, ató el lazo rosado a su muñeca recordando las advertencias de que dicha prenda seria lo único que lo traería de regreso a la realidad. Una parte de si no se despagaba de la idea que lo único que lo traería de vuelta de aquella pesadilla y mundo lleno de muerte. Librarlo de un oscuro destino sería solo un lazo que alguien le entregó, una simple prenda que lo une de tantas formas a una sola persona y lo llena de emociones con solo tocarlo.

La voz de la mujer en sus sueños se hizo presente una vez más, extrañamente joven cambiaba su tono constantemente, como si hablará con una persona diferente a cada palabra. Inundaba la calma de su mente con ecos de palabras en un idioma que no reconocía. La siguió levemente con la voz recordando en cierta forma una canción originaria de Pharona. Cantaba en el mismo idioma que la mujer, al unisonó. Y en su mente, en la imagen del pozo brotaba una luz marcando un extraño símbolo en él. Una media luna trazada como en tinta luminosa, manchaba el fondo del pozo en un sigilo del que no sabía nada.

Fue cegado un momento por una negra luz.

Nacido del DeseoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora