Luciel ahogó una risa antes de seguir la petición. Sintió las manos de ella arriba las suyas, su cercanía. La timidez de sus labios sobre los suyos, una leve sonrisa en sus comisuras al tocarse.
—Aun no abras los ojos —Dijo Sahely.
—¿Sabes? —Comentó Luciel —Pensé que la vergüenza se te iría luego de todas las veces que nos besamos.
—No es por eso por lo que te pido esto... —Un soplido apago la lámpara que se hallaba en el escritorio. Escuchó las cortinas cerrarse —Lu, yo también te amo. y el que a veces seas muy lento con lo que pasa. Te amo desde que era una niña y los sentimientos que tenía en ese entonces solo crecieron más y más hasta ser los que tengo hoy. Te los entregare todos... ¿Los aceptarás?
—¿De qué...?
Sahely besó de vuelta, forzando su lengua dentro de su boca. La mano de ella temblaba al desabrochar su camisa. Luciel alejó su confusión, su propio nerviosismo y pena para abrazarla. El beso incómodo se convirtió en uno que ellos recordaban, uno que la hizo dejar de temblar un poco. Entregándose a las muestras de cariño que ya estaban acostumbrados mientras dejaban caer sus cuerpos en la cama.
Se entregaron el uno al otro el amor que habían hecho durante años. Aquella noche acariciaron sus recuerdos debajo de las sábanas, besaron el encendido cuerpo del otro, desprendiéndose de la vergüenza que los arropaba. La torpeza de su cariño sacaba algunas nerviosas sonrisas. Sus cuerpos se expresaban, en una sola palabra y sus dedos se entrelazaban derramando el dulce afecto que creaban a cada movimiento. Sahely deseaba aceptar por completo a Luciel, le dolía no poder hacerlo, y él se aseguraba que lo olvidase, que sudaran los pensamientos innecesarios de sus mentes. Las cuerdas de sus gargantas imprimían notas de placer en el oído del otro. La temblorosa duda y miedo desaparecieron en espasmos que marcaron la espalda de Luciel. Bebieron del alma del otro, tintando su amor de un azul tan hermoso y profundo como el océano.
Flotaron en el sopor hasta que ella fue consumida por el cansancio. Aferrada a su brazo declaraba su amor entre sueños.
Luciel se apartó cuidadosamente a recoger la ropa del suelo, buscaba a tientas, sentía algunos de los tejidos desprendidos, deshilachados.
—Realmente te gusta este recuerdo... —Declaró una alta sombra en la ventana.
Luciel golpeo el suelo con fuerza, reconocía el tono áspero de la voz.
—Si, me gusta, y a ti también... ¿Qué quieres Alastor? He estado haciendo todo lo posible para ignorarte —Dijo Luciel amargamente.
—¿Quieres también recordar el día siguiente? Cuan feliz era cuando mejoró de un día a otro... —Reclamó Alastor
—¡Déjame en paz!, aquí no debo escuchar a nadie, puedo estar solo conmigo mismo... y con ella.
—Su recuerdo... —Aclaró Alastor.
Sentía su cuerpo aun, y al mismo tiempo sentía como si se desprendiese de sí mismo, era tan ligero que el viento podría llevárselo. Se irguió con su uniforme de pacificador de vuelta, el sueño que estaba disfrutando no volvería.
La cortina se abrió, dejando pasar de vuelta la luz azul de una luna que nunca existió.
Alastor tenía una apariencia muy similar a Luciel. Las principales diferencias eran su largo cabello atado del color del acero y unas facciones más maduras que marcaban su rostro, era como una versión mayor de él, siempre lo vio como una.
—Siento decirte que no puedo hacer eso, negarte a escucharnos y más importante forzarte a no cambiar ha hecho que todos nosotros suframos. Luciel tú sabes muy bien como acabara todo si sigues negándote. Puedes reprimirnos, reprimir las voces de las almas, reprimir tu adicción, pero ¿Por cuánto tiempo lo harás?
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Nacido del Deseo
FantasyLuciel D'chain ha dedicado su vida a convertirse en un pacificador, héroes de la iglesia que protegen de lo sobrenatural. El día de la ceremonia de graduación es separado de sus amigos, viéndose envuelto en una misión que implica recoger y escoltar...
