4.Perderse en el deber (Parte 3)

21 11 0
                                        

Los dos pacificadores se quedaron con un séquito de muchachas sobre ellos. Ninguna de ellas esperaba hallar en ellos un cliente extra por más que quisieran. Las reacciones de los dos jóvenes eran un pago que la mayoría de los hombres que entraban al establecimiento no les darían, uno que apreciaban.

Luciel las apartaba a alguna silla, donde ellas preguntaban cosas sobre ellos dos, comentaban y volvían a preguntar. Las respuestas de su boca a veces eran suyas, a veces, se deslizaba tanto que hablaba un murmullo. Ellas reían, hacían más preguntas, sus voces parecían ecos. Las luces brillaban en espectros de gotas que tomaban cada vez menos forma. Podía sentir aun el sabor del tabaco entrar por su boca, quedarse pegado en la lengua como polvo. El líquido agrio y frio de la cerveza lo empujaba por su garganta. Y su mente se empujaba al abismo en cada trago.

«¡Luciel!» Retumbó en su cabeza.

Estaba mareado aún, algo ebrio intuyó mas no había bebido lo sufriente para estarlo. Se encontraba sosteniendo la guitarra del bardo en medio del establecimiento.

La única mirada de desdén que percibió era la del propio bardo, recargado en un pilar de madera. Tanto los clientes como las trabajadoras estaban deleitados con él. No hallaba a Justitia por ningún lugar. Podía ver entre las caras ensombrecidas, a los mercenarios y la dueña.

«¿Qué pasó?» Se preguntó.

«Te traje de vuelta, ahora toca algo» Contestó uno de los murmullos. Confiaba en aquel murmullo, era en el que siempre podía confiar.

«Luego escribe que pasó» pensó dirigiéndose al murmullo que le hablo.

La mayoría de las canciones que conocía eran de la iglesia, ninguna de ellas adecuadas para una taberna y mucho menos para un burdel. Escaneo por su memoria que podría tocar, no era el más competente con la guitarra, más podía manejarse. Sabía que podía manejarse gracias a la reacción del establecimiento. Camelia y su hermano Viktor «Desaparecido en él deber» Le habían enseñado a usar la guitarra hace más de cinco años. No podía compararse con la habilidad de ninguno de los dos, sin embargo, había algo que se encargó de recordar, las canciones que le mostraron. Ellos venían de una familia nómada de Pharona, un país lúgubre donde toda su historia sobrevivía en canciones también alertaba y recordaba a los niños de los monstruos que creían extintos. Canciones que calentaban las noches, que alegraban los viajes y juntaban a las familias en bailes que solo pudo ver unas cuantas veces.

Cantó Cuervo de medianoche, su favorita por mucho. La melodía le hacía pensar siempre en una persecución y la letra figuraba más la leyenda de un espectro para los niños. Pero el conjunto era perfecto para bailar. Muchos se levantaron a hacerlo, como si fueran sus propias canciones, las bailaron: separados, por turnos, juntos, como cada uno sabía.

Siguió con Olvidado, hacia el cielo y Ceniza sobre las flores. Fue absorbido por la música, por sus recuerdos de aquellos días. Tocaba sin conocer el ambiente de la sala, todas esas canciones funcionarían para avivarlo.

Deseó por un momento tener un piano, deseó por un momento poder tocar para alguien. Las risas y palabras no eran más que ruido. Comenzó a tocar Crisálida bajo el olmo, la canción que había escrito Camelia hace un par de años. La melancólica melodía acompañada de una letra más parecida a una carta, eran los sentimientos que su amiga había querido decir a su hermano y nunca pudo.

—Sera mejor que sigas tu —Dijo Luciel y entregó la guitarra a su dueño apenado por haber parado el ambiente festivo.

Cruzó entre la pared de personas que se había formado dirigiéndose donde Nela. Algunas de las muchachas e incluso uno que otro de los hombres, secaban lagrimas que se les habían escapado dedicando palabras de halago.

Nacido del DeseoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora