3 Lo noto - Juls

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Tendría que haberle pedido a Mariana que fuera un poco más concreta cuando dijo eso de «te prometo que no notarás que estoy aquí», porque lo noto. Como decía aquella canción de Hombres G, «puedo ser una cabrona, pero no una tonta, y lo noto». Tendríamos que haber definido los términos y condiciones del acuerdo, sobre todo la parte que hacía referencia a la duración, porque lo que iban a ser un par de semanas —hasta que encontrase un depa que pudiera pagar—, iba camino de convertirse en un par de meses. Un par de meses durante los cuales había tomado posiciones hasta invadir mi apartamento.

La primera víctima de su invasión fue el cuarto de baño. Temo por la integridad de la estantería que ahora soporta el peso de infinidad de frascos de contenido sospechoso y multitud de artilugios, que ni sé para qué sirven ni quiero saberlo. Mi cepillo de dientes electrico quedó relegado a una esquina en la que se para casi en equilibrio, al borde del suicidio, y he empezado a preguntarme si intenta decirme algo, como si fuera una metáfora de mi existencia al borde del abismo con Mariana.

¿Cuántas cremas distintas necesita mi hermana? ¡Por el amor de un dios! Porque yo tengo un tarro de crema, solo uno, y puedo asegurar que el efecto sería el mismo, aunque en lugar de en la cara me la untase en el cuerpo. El primer día estuve media hora leyendo las etiquetas sin entender absolutamente nada. Crema de día, de noche, contorno de ojos, hidratante, reafirmante, antiarrugas, antiedad ¡¿Antiedad?! ¿En serio? ¡Si la mocosa esta no tiene ni los treinta! Pero la cosa no quedó ahí; cuando me metí en la ducha, comprobé que ese pequeño espacio también había sido invadido por media docena de botes diferentes de champú, mascarilla, aceites, sales, exfoliantes mientras yo solo tengo 3 productos, hasta ahora tenía una esponja corporal con forma de fresa que, por mi propia salud mental, preferí no tocar, y mucho menos saber qué había tocado ella, porque me daba mucho asco.

Confieso que me sigo duchando con miedo y arrinconada contra la pared de la ducha.

La segunda víctima fue la nevera. Me costó encontrarla detrás de la pizarra con la lista de la compra, la colección de imanes, la programación semanal del menú, el calendario y varios post it de colores llenos de anotaciones con la perfecta letra redondeada de mi hermana.

Mentiría si dijera que me sorprendió el hallazgo. Mariana es una maniática —o una puta loca, elije la opción que quieras— del orden, la organización, la limpieza y un montón de cosas más. Es de esas personas incapaces de ver un cuadro torcido —y no arreglarlo—, o un cajón medio abierto —y no cerrarlo—. Estoy segura de que ordena las pantis por colores. Y no, no exagero. Si buscas TOC —trastorno obsesivo compulsivo— en Google, te lleva a su perfil de Instagram.

«No deberías frivolizar con eso, a la gente que de verdad lo sufre no creo que le hiciera ni puta gracia», me regaño a mí misma.

Además, tengo que reconocer que todo esto tiene su parte positiva. Mi apartamento nunca ha estado tan reluciente, ni la nevera tan llena. Yo soy un completo desastre para esas cosas y hacer la compra me da mucha pereza, si añadimos a la ecuación que como cocinera no podría ganarme la vida.

El asunto es que a lo que no termino de acostumbrarme es a compartir MI espacio con una señora mayor —encerrada en el cuerpo de una veinteañera—, muy fresa, que no pierde la oportunidad de recriminar mi forma de vida a la primera de cambio, sin decir ni una sola palabra malsonante —la culpa es de mi madre por mandarla a un colegio de monjas—, y con Haash de fondo. Una crueldad, sí, pero creeme, podría ser peor. El recuerdo de mi hermana cantándole a voz en grito a los pósteres de Rebelde que tenía pegados a la puerta del armario, subida a la cama y con un cepillo de pelo como micrófono, todavía me persigue.

Mi vida es un infierno.

Y todo ello a pesar de que la he acogido con los brazos abiertos.

—¿Cuánto hace que no cambias las sábanas de tu cama? —preguntó esta mañana mientras desayunábamos.

—¿A ti qué más te da? —respondí con desgana.

—Tengo miedo de que se esté desarrollando un ecosistema que consiga invadir la casa.

—El único ecosistema invasor que hay aquí se llama Mariana —repuse.

—Eres idiota —respondió, y yo reí—. Ya veremos quién se ríe más cuando te salga un sarpullido. Ordinaria —respondió.

—Y tú una fresita.

Y así, día tras día, tras día, tras día.

¿Ya dije que es mi hermana, la quiero y me necesita? Que nadie me lo tenga en cuenta porque necesito repetírmelo muchas veces para interiorizarlo.

—¿Ya encontraste depa? —pregunté.

Porque o muy mal estaba el mercado inmobiliario o no se estaba molestando mucho en buscar.

—¿Podrías, al menos, disimular las ganas que tienes de perderme de vista?

—Podría, pero no quiero. —Escondí la sonrisa tras la taza de café.

—Eres cruel.

Hay algo más que deberías saber de Mariana, y es que por si no tuviera suficiente con su larga lista de manías y pequeños defectillos —porque esas facetas suyas de la vida tienen que ser un defecto congenito—, para completar el paquete, es extremadamente sensible y también una ingenua. Sigue conservando la inocencia de aquella niña que construía castillos con un par de mantas y se pasaba horas enteras allí debajo, soñando despierta, cuando la vida era mucho más fácil.

—Mariana —¿cómo podía tomárselo todo tan a pecho?—, no hablaba en serio —aclaré.

—¡Eso es todavía más cruel! —lloriqueó.

—¿Tú vas a hablarme de crueldad cuando mi vida sexual pende de un hilo por tu culpa?

—¿Por mi culpa? —Parecía sorprendida.

—Mariana, desde que estás aquí, no puedo ni ir al baño con la puerta abierta —dejemos a un lado los prejuicios, por favor, que para eso ya tengo a Mariana—, de coger, mejor ni hablamos.

Me miró en silencio, meditando mis palabras.

—Ok. —Cogió el calendario de la nevera y volvió a sentarse a mi lado—. Si nos organizamos...

—Cogemos todas —terminé la frase.

—¡Noooo! —Se... ¿escandalizó?—. Si establecemos unos horarios, puedes hacer lo que quieras con la seguridad de que no voy a aparecer por aquí.

—Mariana, ¿me estás proponiendo que hagamos un calendario para coger?

—Para que hagas lo que te dé la gana.

—Para coger —insistí. —¿Qué tiene de malo?

Me miró como si la rara fuera yo.

—¿De verdad la gente se organizaba ese tipo de cosas? —Me dice

«Mariana no es la gente, Mariana es muy capaz de tener algo así y colgarlo en la nevera».

—¿Tú tienes un calendario para follar? — Le pregunté relajada

—No estamos hablando de mí. —Se puso tan colorada que su cara parecía la salsa de tomate.

—¿Eso es un sí? —Me interesaba mucho su respuesta.

—Eso es un «no voy a hablar de mi vida sexual». Y menos contigo.

—¿Por qué no?

—¡Pues... pues... —Cada vez estaba más colorada—. ¡Pues porque no!

—Mariana, ¿cuánto hace que no coges?

Tengo en la mente grabada a fuego la cara que puso. Ojalá hubiera podido inmortalizar el momento. La cosa se ponía de lo más interesante. 

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