36 Las ganas - Valentina

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Decido esperar un poco más por si acaso, pero al cabo de un rato me rindo a la evidencia de que Juls no piensa decir nada más y me desconecto, al menos en parte, porque por mucho que quiera, no puedo sacármela de la cabeza. Y eso que solo nos comimos la boca, imagínate si llegamos a más. Creo que hay cierta tensión sexual no resuelta, ya saben. A lo mejor, lo que necesitamos es sacarnos la espinita, quitarnos las ganas.

He leído en internet que la mejor forma de librarse de la tentación es caer en ella, y no sé a ti, pero a mí me parece un consejo buenísimo, teniendo en cuenta que mi tentación es una diosa del mas allá. Dejo de imaginarme escenas tórridas y me decido. Y así es como, en la madrugada de un domingo de insomnio, vuelvo a tomar otra decisión muy madura, aunque tengo que reconocer que necesité una semana entera para reafirmarme en ella.

*

El viernes, en cuanto salgo de trabajar, me planto delante de su edificio. Aprovecho que una señora entra en el portal para colarme tras ella y no tener que llamar al intercomunicador para anunciar mi visita. En cuanto Juls abre la puerta, me encuentro con su cuerpo semidesnudo —solo lleva una toalla enrollada tapando medio cuerpo, porque era una toalla pequeña—, y no puedo evitar deslizar la mirada sobre su piel.

«Dioss mío santo, que belleza».

—¿Valentina?

—Ho.. hola. —Intento desviar la mirada de ese torso repleto de gotas de agua que caen de su pelo, todavía mojado, y centrarme en su cara.

—¿Disfrutando de las vistas? —Sonríe de lado mientras se aparta para facilitarme la entrada y cierra la puerta a mi espalda.

«Morena arrogante».

Giro sobre mí misma hasta quedar frente a ella.

—No he venido a mirar.

Me lanzo a su boca a lo bestia, como si necesitase confirmar que es tal y como la recuerdo, agarrándola totalmente desprevenida. Mis manos se pierden en su espalda, mientras las suyas viajan por todas partes.

—¿Estás segura de esto? —susurra mientras marca un camino de besos por mi cuello.

«Sí», pienso, ingenua de mí, porque en ese momento no veo venir la enorme nube que acabaría descargando un aguacero sobre mi cabeza como si yo fuera uno de esos dibujos animados atormentados.

Tampoco respondo, porque cuando su mano se abre paso entre mis muslos hasta colarse bajo mi ropa interior, pierdo la poca capacidad de raciocinio que me queda y que, dados mis antecedentes, tampoco es mucha. Me sobra el vestido, sobra su toalla y hasta el aire a nuestro alrededor. 

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