12 Ha nacido una estrella - Juls

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—¡¿Cómo puedes ser tan cretina?! —me pregunta Mariana en cuanto cruzo la puerta de la cocina. No son ni las once de la mañana de un jueves, me acabo de levantar, estoy más dormida que despierta, y por supuesto, no tengo ni la menor idea de a qué se refiere.

—¿Puedes concretar un poco, por favor? —le pido mientras me sirvo una buena tasa de café. Algo me dice que lo voy a necesitar.

—Lo sé todo, Juls —suelta, cruzándose de brazos, y yo pierdo hasta el color porque, por un momento, ese todo me golpea como un puñetazo en la boca del estómago. ¿Lo sabe todo? ¿TODO? Contengo la respiración y me preparo para la estocada final, la pataleta, la bronca padre, el apocalipsis zombi. Todo—. No me puedo creer que llamaras a Valentina para dejarla tirada cinco minutos después. «No me gusta perder el tiempo». —Está tan concentrada en imitar mi voz que no se da cuenta de que acabo de soltar todo el aire que estaba conteniendo en los pulmones de puro alivio—. Pero ¿tú qué te crees? ¿Que eres Lady gaga?

Por el amor de un dios... ¿Ya quisiera parecerme a ella, por lo menos en la cuenta bancaria?

Me había obligado a ver la película —, por si alguien se lo pregunta— con ella cinco veces. ¡Cinco! Como si esperase que el final fuera a cambiar en el último momento, y no, obvio, pero ahí seguía ella —alerta spoiler—, agarrada a su caja de pañuelos, llorando a moco tendido, la muy masoquista. Lo preocupante fue que yo, al tercer intento, empezaba a pensar que Lady Gaga tenía su mojoe —no me juzgues, seguro que la chica tiene su público, pero a mí guapa, lo que se dice guapa... No me parece, ya me entiendes, claro el nivel se artista es otro—. Si eso no era Síndrome de Estocolmo, ya me dirás qué era.

Pero volviendo a nuestra conversación.

—No voy a hablar de mi vida sexual. Y menos contigo.

—¡¿Pero qué vida sexual, tonta del demonio?!

¿Debería decirle que en mi imaginación sí habíamos tenido sexo?

¿Me llamaría pervertida? ¿Depravada?

Mejor me voy por la calle del medio.

—Mariana —interrumpo todo lo digna que puedo, porque por dentro me estoy riendo a mares—, no vamos a tener esta conversación.

—¿Por qué no?

—Porque es inapropiado.

Casi puedo ver el humo saliéndole por las orejas cuando se da cuenta de que acabo de usar sus propias palabras contra ella. Porque ya hemos tenido esta conversación, pero a la inversa. En otras circunstancias, no me hubiera importado hablar del tema —aunque con ello Mariana reafirmara su teoría de que soy una sinvergüenza—, pero mientras ella se niegue a hablar de sus cosas pierde el tiempo si piensa que yo voy a hablarle de las mías.

No pidas lo que no estés dispuesta a dar.

Y esto vale para todo en la vida.

—¡Eres tonta del demonio!

—Eso ya lo dijiste. —Sigo fastidiándola. No puedo evitarlo—. A ver si variamos un poquito los descalificativos.

—¡Imbécil! —grita exasperada mientras sale de la cocina—. ¡Te juro que no te soporto!

Es tan fácil sacarla de sus casillas...

Me sirvo un segundo café mientras repaso la conversación en mi cabeza y me pregunto por qué las mujeres nos contamos todo. ¿Qué necesidad hay? ¿Me molesta que Valentina le haya contado a mi hermana los detalles de nuestro encuentro? Lo cierto es que no, pero reafirma mi teoría de que meterme en ese jardín tiene demasiadas complicaciones si las cosas acaban mal. Valentina no es una desconocida a la que podría evitar durante el resto de mis días, Valentina puede convertirse en alguien importante en la vida de mi hermana, y ni puedo ni quiero estropear eso.  

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