28 Puertas adentro - Mariana

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Una semana.

Siete días.

Ciento sesenta y ocho horas.

Diez mil ochenta minutos.

Seiscientos cuatro mil ochocientos segundos.

Sin noticias de Lucas.

Una semana en la que podría haber escrito varios guiones cinematográficos con las películas que me he montado en la cabeza. Lástima que el universo no me haya bendecido con el don de la escritura.

¿Y si le pasó algo y por eso no me llama ni responde a mis mensajes? A lo mejor le dió un ictus, una embolia, o algo peor, y se está debatiendo entre la vida y la muerte en una fría cama de hospital, incapaz de ponerse en contacto conmigo. No es tan descabellado, recuerdo haber leído una novela en la que pasaba justamente eso. Y te puedes imaginar el cabreo que tenía la protagonista de la novela, claro.

Incluso se me pasó por la cabeza acercarme a su estudio y hacer guardia en la acera de enfrente, escondida, hasta ver si aparece, pero me da miedo que lo haga y tener que asumir que está vivito y coleando, y que se olvidó de mí.

Y, pese a la decepción, estoy orgullosa de mí misma, porque por una vez en mi vida me he arriesgado, aunque haya salido mal. «mejor morirte de gusto que envejecer con las ganas».

Lo único que me apetece es enfundarme el pijama y comerme todo el helado de chocolate, pero no puedo seguir regodeándome en mi desdicha. Me he comprometido a ir a la cena y no pienso faltar a mi palabra.

«Se acabó».

«Fin».

Tengo que reconocer que, a pesar de todo, disfruto de la noche y tengo claro que en gran medida es por la compañía. Todavía no sé muy bien cómo acabo embarcándome en un fin de semana de despedida de soltera con alguien que apenas conozco, pero me gusta. Me gusta mucho olvidarme del mundo.

Y de Lucas.

Sobre todo de Lucas.

*

El sábado me despierto con energías renovadas. El único problema es que mi hermana está más rara que un perro verde desde que se levantó y me vio preparando la maleta. Me ha preguntado tres veces a dónde voy el fin de semana. Las tres veces le he contestado lo mismo, y las tres me ha mirado como si me hubiera salido un cuerno en mitad de la frente.

—¿Se puede saber qué mosca te picó? —me quejo, porque se está poniendo muy pesada—. Ya te lo dije, vamos a pasar el fin de semana en casa de Renata.

Ese es el plan.

Relax, piscina, mojitos y risas aseguradas.

«¿Para qué vamos a pagar un hotel para hacer lo mismo si podemos hacerlo gratis y encima estando mucho más cómodas a nuestro aire?», había dicho Renata, convenciéndonos de que para ella no era ninguna molestia aquella invasión, sino todo lo contrario.

—Mariana —vuelve a la carga, por cuarta vez—, no irás a hacer una estupidez, ¿verdad?

—Mira, Juls, si te digo la verdad, tal y como está mi vida ahora mismo, espero hacer más de una.

Esta vez me mira incluso peor que las anteriores. Yo no entiendo nada, debería estar orgullosa de que por una vez me desmelene, o al menos de que tenga intención de hacerlo.

—¿Todo esto es por Lucas? —pregunta muy seria.

—Lucas no tiene nada que ver en esto —respondo con seguridad.

Aunque no es del todo cierto. Me apetece mucho pasar un fin de semana con las chicas, pero también necesito olvidarme de que Lucas se olvidó de mí al segundo cuarto de hora. Tal y como predije.

—¿Estás segura?

Ni siquiera le respondo. Cierro la maleta, le doy un beso, le advierto de que soy mayorcita para saber lo que hago, recojo mis cosas y me marcho media hora antes de lo previsto solo para no tener que seguir con esta conversación, porque está siendo de lo más extraña.

Aprovecho ese tiempo para despedirme de Camilo con la esperanza de que un poco de cháchara, una taza de café y unas galletas de mantequilla me quiten el mal cuerpo genio que me está ganando.

—¿Vacaciones? —pregunta mi vecino nada más abrir la puerta y ver la maleta que arrastro.

—Despedida de soltera. —Camilo arquea tanto las cejas que tengo que aclararle que no es la mía—. De una amiga. Si me invitas a un café, te lo cuento todo.

Dejo la maleta y el abrigo en el recibidor y, en cuanto estoy a punto de encaminarme a la cocina, escucho a mi hermana salir de casa, discute con alguien, supongo que, por teléfono, y no puedo resistir la tentación de acercarme a la mirilla de la puerta para husmear.

—Lucas, tenemos que hablar con ella antes de que haga una estupidez.

¿Lucas? ¿Qué hace mi hermana hablando con Lucas? Y... ¿Ella? ¿Ella soy yo? Porque acabamos de tener la misma conversación hace escasos minutos. ¿Qué demonios está pasando?

—¡Pues claro que estoy segura! —continúa hablando—. Preparó una maleta y acaba de largarse.

No me cabe la menor duda de que ella soy yo.

—Lucas, tenemos que hablar con ella —insiste mientras cierra la puerta del apartamento. Guarda silencio unos segundos, durante los cuales imagino que estará escuchando la respuesta de Lucas —. Vale, voy a hablar con Valentina y te vuelvo a llamar.

¿Valentina? ¿Qué pinta Valentina en todo esto?

Al final me da un mareo o un soponcio.

Estoy a punto de abrir la puerta y pedir explicaciones, muchas explicaciones, cuando la voz de Camilo me sobresalta.

—Mariana, ¿qué haces pegada a la mirilla? —Pego un salto del susto y le pido que guarde silencio, poniendo un dedo sobre mis labios mientras vuelvo a centrarme en la mirilla, pero ya es tarde, mi hermana desapareció escaleras abajo.

—¿Qué pasa? —pregunta el hombre, que me mira incrédulo.

—Todavía no lo sé, pero pienso averiguarlo.

Minutos después, tras contarle con todo detalle lo que he escuchado a través de la puerta e intentar buscarle una explicación razonable a aquella conversación telefónica, estamos en un callejón sin salida.

—¿Valentina no es la chica con la que la viste besándose? —pregunta Camilo, que recuerda nuestra última conversación.

—La misma —corroboro.

—Mariana, esto huele a mole quemado —murmura.

«Y mucho», pienso.

¿Qué saben ellos que yo no sé?

¿Qué tiene que decirme Lucas?

¿Tiene algo que ver con su desaparición?

¿Qué se supone que debo hacer?

¿Largarme el fin de semana como si no hubiera pasado nada? ¿Esperar una llamada de Lucas? ¿De mi hermana? ¿De Valentina?

Valentina.

Tengo que hablar con ella.

—¿Recuerdas cuando me dijiste que todo mal tiene dos remedios? —le pregunto a Camilo.

—El tiempo y el silencio —responde con rapidez mientras afirma con la cabeza.

—Pues me cansé de callar y esperar a que me lo cuenten. 

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