7 Vértigo - Mariana

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Nunca me han gustado los guapos y no tengo la menor intención de cambiar de opinión a esas alturas de mi vida. A ver, me explico, claro que me gustan los guapos, nadie pierde la cabeza por alguien que le parezca un mostro del pantano, me refiero a que nunca me han gustado los guapos que saben que lo son, ¿entiendes? Esos que van por la vida con «esa» sonrisa en los labios porque saben que gustan, se gustan y les gusta gustar.

Puede que tenga una visión distorsionada del amor o de las relaciones de pareja, puede que haya leído demasiadas novelas románticas, visto más películas de las que los niveles de azúcar de muchos podrían soportar y que siga creyendo en los cuentos de hadas. Puede que la equivocada sea yo y no el resto del mundo, pero sigo esperando a mi príncipe azul, y en mis visiones, no tiene pinta de canalla. O, al menos, no la tenía hasta que me crucé con él.

Si accedí a aquella locura de asistir a las citas rápidas —casi mato a mi hermana cuando me di cuenta del tipo de «fiesta» a la que me había invitado—, fue únicamente para que me dejara tranquila, porque empezaba a ponerse muy pesadita con el tema, y sí, sé que tiene buena intención, pero es necesario que entienda que no necesito que nadie me salve.

Tenía claro que cumpliría con el trámite y volvería a casa a refugiarme en la comodidad del sofá, con una infusión calentita, un libro y una manta hasta las orejas, pero las cosas se complicaron y la noche no fue como yo esperaba.

—¿Qué pasó con JuanLu? —pregunta un sorprendida Juls cuando entra en la cocina en la que reina el completo silencio. No, hoy no hay música.

Lo normal sería que, un domingo a estas horas, ya me hubiera convertido en la loca de la aspiradora, pero llevo una hora dándole vueltas al café que tengo en la mano mientras miro un punto fijo de la pared —en realidad, es una mancha, no tengo claro de qué, pero contra todo pronóstico no me apetece limpiarla—. Así que aquí sigo, pensando en un wey al que acabo de conocer, que ni es mi tipo ni pega conmigo, pero que despertó mi curiosidad.

—A ver, ¿Qué pasa? —Mi hermana, sentada frente a mí, me mira con insistencia.

—¿Qué tendría que pasar?

—Es evidente que hay algo que te atormenta. —Odio que me conozca tan bien—. Vamos, suéltalo.

Parece preocupada y, por un momento, me siento tentada a abrirme y soltarlo todo. A fin de cuentas, mi hermana es la única persona en el mundo con la que no me importa mostrarme vulnerable.

—Conocí a alguien.

—¿En el Speed Dating? —y yo afirmo en silencio—. ¡Pero eso es genial!

—No, no lo es. —Arruga el ceño.

—¿Y se puede saber por qué?

—Porque solo le falta el cartel de neón en la frente que ponga: «Oh, sí, nena, vas a sufrir».

—Ya entiendo... —Lo dice con ese tonito de «tranquila, pequeña, que aquí estoy yo para iluminarte el camino»—. El problema es que ese wey no encaja en tu estereotipo de chico formal, de esos que llevan la camisa recién planchada y el jersey por los hombros, repeinado, previsible y aburrido, pero te gusta y estás incomoda.

Mi hermana lleva años acusándome de sabotear mi vida y puede que tenga razón al decir que siempre me quedo en el lado cómodo de las cosas y que precisamente por eso estaba con Sergio, porque me sentía protegida bajo sus alas, aunque eso me impidiera desplegar las mías. Me da miedo pensar que es posible que Juls tenga razón, pero salir de la zona de confort da vértigo.

Lucas da vértigo.

Lucas...

Lucas es como esos alucinantes cupcakes llenos de cosas que los hacen tan apetecibles, que basta mirarlos para sentirte culpable por querer comértelos, porque ese segundo de placer en el paladar se quedará toda la vida en tus caderas. Sabes que no deberías, pero la tentación es demasiado fuerte.

Like i  loviu (TERMINADA)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora