29 Aquella tarde - Juls

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No dejo de repetirme que ha sido la peor idea que he tenido en toda mi vida. Esta vez la cagué a lo grande. Tanto... que, si hay alguna manera de arreglarlo sin dejar cadáveres en el camino, yo no la encuentro. Tengo la sensación de estar atravesando un campo de minas en el que se duplican con cada paso que doy.

¿Quién iba a pensar que Lucas acabaría ilusionándose de mi hermana? Obviamente, yo no. ¿Quién iba a pensar que Mariana acabaría enamorándose de mi amigo? Vuelve a ser obvio que tampoco iba a ser yo. ¿Quién iba a pensar que todo aquello acabaría explotándome en la cara? Todos menos yo.

No lo vi venir, pero no puedo escapar de las consecuencias del desastre que tengo frente a mis narices. Lucas está desaparecido —ni siquiera ha pasado por el Hangar desde nuestra última conversación—, y Mariana lleva una semana como un alma en pena, triste y ojerosa. Ni siquiera cuando dejó al pendejo de Sergio la había visto así. Y yo pienso en aquella tarde y vuelvo a arrepentirme de todo.

Llamo a Lucas en cuanto Mariana sale por la puerta del apartamento. Mi hermana está a punto de cometer el mayor error de su vida y no puedo permitir que lo haga.

—Lucas, tenemos un problema —le suelto sin rodeos en cuanto descuelga el teléfono.

Unas horas antes

Unas horas antes no podía ni imaginar que las cosas terminarían torciéndose tanto. Que una pequeña, pequeñísima, mentira inocente derivaría en catástrofe, porque eso era lo que estaba a punto de ocurrir. Una catástrofe. Y la única responsable era yo.

Faltaba poco más de una hora para terminar la jornada en el Hangar cuando vi aparecer a Carla, Nayeli, Renata y Evangelina, acompañadas de mi hermana y Valentina. Habían salido a cenar y decidieron alargar la velada un poco más. Maldita la hora. Me costó lo que no está escrito ignorar a Valentina. No le bastaba con pasearse por mi cabeza con total libertad que también tenía que presentarse en el Hangar.

Llevaban un rato sentadas a una de las mesas cuando Mariana se acercó a la barra para contarme que pasaría el fin de semana fuera porque iban a celebrar la versión ligth de la despedida de soltera de Nayeli.

Hasta ahí todo bien.

El problema vino después. Cuando Jorge —el novio y futuro marido de Nayeli— llegó al local para recogerla, antes de tiempo, y se acomodó en la barra a esperar a que las chicas dieran por finalizada la noche.

—Ey chava, qué fuerte lo de tu hermana, ¿no?

Teo carraspeó a mi espalda, pero yo estaba demasiado centrado en Jorge como para prestarle atención.

—¿Qué pasa con mi hermana? —pregunté medio suspicaz.

Teo volvió a carraspear y me quedó claro que intentaba captar la atención de Jorge y cortar aquella conversación.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunté todavía más intrigada. Porque estaba claro que aquellos dos sabían algo que yo no sabía.

—Joder, Jorge... —rumió Teo —. Eres un chismoso...

—¿Por qué coño no me avisaste? —le respondió el aludido.

—¡Llevo una hora haciéndote señas para que te calles, desgraciado!

Cuando conseguí que dejaran de discutir, descubrí que mi hermana me había mentido respecto a sus planes y que, en realidad, iba a pasar el fin de semana con su ex, Sergio, porque se estaba planteando darle otra oportunidad a aquella relación.

*

Así que aquí estoy, informando a Lucas de mi fatídico descubrimiento.

—Lucas, tienes que hablar con ella antes de que haga una estupidez.

—¡¿Ahora quieres decirle la verdad?! —Se altera.

Es curioso cómo puede cambiar la perspectiva en un segundo, porque contarle la verdad a Mariana ya no me parece tan descabellado si lo comparo con arrojarla a los brazos de su ex y condenarla al futuro del que ella misma había salido huyendo.

Tengo que dejar de joderlo todo.

Tengo que decirle la verdad.

Tengo que asumir mis errores y apechugar con las consecuencias.

—Lucas, tenemos que hablar con ella —insisto mientras cierro la puerta del apartamento.

—Ni siquiera sabemos a dónde fue, ¿Cómo piensas encontrarla? —resopla frustrado, pero tiene razón.

Supuse que estaría en casa de Sergio, pero ¿y si no es así? ¿Y si quedaron en otro sitio? ¿Un lugar especial para ellos?

«Chigaaaa».

No puedo perder el tiempo dando vueltas.

—¿Por qué no hablas con Valentina? —propone Lucas—. Ella tiene que saber dónde fue.

«Porque intento evitarla».

Pero me guste o no, no me queda otra opción. Lucas no me deja otra opción cuando sentencia.

—No pienso tener esa conversación por teléfono.

Sé dónde vive, pero no estoy seguro de cuál es su apartamento, así que llamo a todos los telefonillos de su planta hasta dar con ella. Me abre el portal a regañadientes cuando ya estoy a punto de suplicar y me espera en el rellano, apoyada en el marco de la puerta, dejando claro que no tiene intención de invitarme a entrar. Lleva uno de sus habituales conjuntos, pantalón deportivo ancho, camiseta y medias negras, y la muy cabrona no necesitaba nada más para estar jodidamente preciosa.

—Tengo prisa, así que, por favor, sé breve.

—¿Vas a algún sitio? —pregunto al ver que hay una maleta en el recibidor.

—Perdona, pero... ¿desde cuándo tengo que darte explicaciones? —responde con sarcasmo.

—Mi madre!!!... ¡Qué carácter!

—¿Qué quieres?

—Necesito encontrar a Mariana.

—¿Y crees que la tengo escondida en un armario o qué?

«Tan bella la niña».

—¿Siempre eres así de borde?

—Solo en ocasiones especiales —responde con tranquilidad.

—Valentina, por favor, no quiero discutir.

—Genial, porque yo tampoco. —Da un paso atrás, está a punto de cerrarme la puerta en las narices—. Hasta luego, Juls. —Estiro el brazo para detenerla.

—Valentina, espera —suplico y ella se detiene—. ¿Por qué estás tan enfadada conmigo?

Podía entender que estuviera ofendida por mis idas y venidas, nada claras, pero ¿tanto? Tenía que haber algo más. Siempre hay algo más. Entonces, lo veo claro, Valentina lo sabe. Lo sabe todo.

—¿De verdad tengo que explicártelo? —Asiento. Necesito su ayuda para encontrar a Mariana, pero también necesito terminar con este tira y afloja en el que llevamos desde que nos conocimos—. Porque si tú sola no eres capaz de encontrar la explicación, no servirá de nada. A mí tampoco me gusta perder el tiempo, ¿y sabes qué? Que no merece la pena. —Me mira de arriba abajo mientras lo dice y no tengo claro si lo que no merece la pena es que tengamos esta conversación, yo, o ambas cosas, pero no puedo preguntárselo porque, esta vez sí, me cierra la puerta en la cara. 
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