La noche es jóven - Evangelina

266 64 7
                                        

Me encantan las bodas. Quizá sea porque a mi edad es más común asistir a funerales y una ya valora los pequeños detalles, como por ejemplo el simple hecho de estar viva —que tampoco es moco de pavo—, y tener tiempo para disfrutar de lo que de verdad importa; la familia, los amigos, unos zapatos que no te aprieten, o la cuarta copa de vino que tengo en la mano y que debería haber rechazado porque mañana tendré jaqueca. Pero que me quiten lo bailao. Además, el hecho de que Nayeli y Jorge se hayan casado bien merece una buena jaqueca.

¡Que rebonitos son y que reguapos están! Y mientras medito sobre todo esto y me termino el vino, porque es una pena que se quede desaprovechado en la copa, disfruto de las vistas que tengo desde esta mesa tan guay en la que nos han sentado.

Me encantan las bodas, pero sin duda esta es la mejor parte. El baile. Ahora es cuando de verdad la gente empieza a animarse, sobre todo porque con un par de copitas encima la mayoría ya ha perdido el sentido del ridículo. A pesar de que sigo sentada, no puedo evitar moverme al compás de la música y es que, aunque ya tengo ganas de mover un poco el esqueleto, todavía me resisto a meterme entre la gente que se amontona en la pista.

—¿Qué hacen ahí sentados? —Valentina se acerca a la mesa moviendo las caderas y, ya de paso, la copa que lleva en la mano con la que ha regado el suelo en su recorrido. Otra que mañana tendrá jaqueca. — ¡Vamos a bailar! —nos incita sin dejar de bailar junto a nuestra mesa—. ¡Chicos! —grita, dirigiéndose a los demás—. ¡Necesito refuerzos!

No me preguntes cómo, pero un minuto después estamos en mitad de la pista. Renata baila con Teo, Guillermo con Carla, yo hago lo que puedo con mi futura sobrina la Juls, que a la vista está que tiene más movilidad que yo. Y, mientras tanto, la chiflada de mi sobrina, que está medio alegre le está pegando unos meneos a Camilo, seguro que el pobre ya se ha arrepentido de venir conmigo a la boda, y me da un miedo me da que se le disloque la cadera en cualquier momento mientras intenta eso de « Los pasos prohibidos ».

Entre baile y baile cambiamos de pareja —sin ton ni son, porque yo he bailado con gente que ni siquiera conozco—, hacemos coreografías, reímos a carcajadas, asaltamos la barra libre y hasta organizamos una conga con Nayeli a la cabeza, pero sin lugar a duda el momento cumbre es cuando (mi regalo de bodas) Emmanuel y su gran show entran en escena y todos, sin excepción, cantamos a coro como locos.

Marqué tu número teléfonico
No sé cuantas veces
No sé cuantas, no
Y me diluyo en un té romántico....

Ni confirmo ni desmiento que me haya subido a una silla a cantar, de todas maneras, hay evidencias. Tampoco que Valentina, digna sucesora de mi estirpe, se haya subido a la silla contigua para hacer los coros y que algún camarero nos haya mirado riéndose y sacudiendo la cabeza. Y mucho menos que Renata haya intentado que nos bajáramos con el firme argumento de que nos íbamos a partir la cabeza.

En medio de la pista, disfrutando de lo que de verdad importa, la familia, los amigos, unos zapatos que no me aprietan porque me quedé descalza y un refresco en la mano —que ya he bebido bastante por hoy—, pienso que está siendo una gran noche, pero lo más importante es que espero que todas las noches, de todos los días que nos queden por vivir, sean tan grandes como esta.

—Nosotros nos vamos ya. —Valentina se acerca para despedirse.

—¿Tan pronto? —Consulto la hora en mi reloj de pulsera—. ¡Si la noche es joven! —protesto.

—Pues por eso, tía. —Eleva las cejas repetidamente mirando a mi futura sobrina y enseguida comprendo las intenciones que tienen este par de bandidas. ¡Ay, juventud, divino tesoro!

—Quizá nosotros deberíamos hacer lo mismo —murmura Camilo.

O yo tengo una mente muy calenturienta o ha querido decir lo que creo que ha querido decir. Lo miro intentando esclarecer si eso ha sido una insinuación y me lo encuentro repitiendo el gesto de levantamiento de cejas de mi sobrina —quien, por cierto, no se ha movido del sitio y, a juzgar por su cara, está a punto de darle un paro pues se quedó sin respiracion—. Pero volviendo a Camilo... ¡Será!

—¡Qué demonios! —Agarro el bolso, decidida a dar por concluida la boda—. ¡No creo que nos extrañen, ni modo pero que no nos quiten lo bailao!

Toda la vida marcando números secretos
mandando cartas a escondidas
haciendo citas indiscretas
como un romántico suicida....

Y así a fin de cuentas los cuatro nos fuimos, eso sí cada quien por su lado, dejando a Emmanuel sonando en la fiesta.

.

.

.

.

.

Si te gustó le das una estrellita

🌟

O puedes comentar y hacemos charla

💭

@guapachot en Twitter e Instagram

Like i  loviu (TERMINADA)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora