«Otra vez no. Por el amor de un dios. Esto tiene que ser un mal sueño».
Son algo más las doce de la mañana de un domingo cualquiera en el universo Mariana, así que, fiel a su rutina, me apuesto la cabeza a que lleva por lo menos una hora limpiando como si la casa tuviera que pasar una inspección de sanidad y su vida dependiera del veredicto del inspector, con Ojalá que llueva café, de Juan Luis Guerra, en bucle, y yo empiezo a estar hasta el tope. Como si la niña necesitara más café. Con la media docena que se toma cada mañana yo estaría tres días como loca.
La escucho acercarse por el pasillo y sé que está a punto de llamar a mi puerta en tres, dos, uno... Toc, toc.
—Herma, ¿estás despierta?
—Noooo —respondo mientras me tapo la cabeza con la almohada, pero es inútil. Mariana abre la puerta, dejando el hueco justo para asomar la cabeza.
—Hice el desayuno.
Como cada domingo desde su llegada, me resigno y me levanto, aunque esta vez con el aliciente de llenar el agujero negro de mi estómago con un buen desayuno. Y tremendo despliegue, no le falta de nada. Hizo café, zumo, tostadas y huevitos para las dos.
En momentos así me resulta muy difícil odiarla.
—¿Tú no has desayunado? —pregunto extrañada.
—Solo tomé un poquito de café, quería desayunar contigo.
—¿Solo un poquito? —Levanto una ceja porque no se lo cree ni ella misma.
—Un par de tazas, esta bien—reconoce, y sonrío. Las dos sabemos que siempre toma algunos más.
Juan Luis sigue sonando de fondo mientras desayunamos y agradezco que Mariana haya tenido la gentileza de desactivar el modo repetición. A fuerza de escucharlo cada domingo —mi hermana tiene un estricto ritual de limpieza en el que Juan Luis no puede faltar, porque se ve que sin él al trapo le falta motivación para enfrentarse al polvo—, empiezo a familiarizarme con las canciones. Doy un mordisco a mi tostada mientas suena A pedir su mano y, dadas las circunstancias, la situación no podía ser más irónica. Si en este preciso momento entrara por la puerta el menso de Sergio suplicándole a mi hermana que reconsiderase su petición de matrimonio, me parecería lo más normal del mundo. Casi lo estoy visualizando cuando JuanLu —digo yo que porque ya hay confianza para los diminutivos cariñosos— cambia de registro y ahora resulta que «quisiera ser un pez, para tocar su nariz en tu pecera», yo escucho lo de «mojado en ti» y no pienso precisamente en agua. Ni en peceras, jeje.
Esto tiene que ser por la falta de sexo, que empieza a nublarme el juicio.
Un par de horas más tarde, tal y como habíamos acordado, anotamos en el calendario nuestros turnos de trabajo de las próximas semanas mientras esperamos el pedido del restaurante chino. Hubiera pagado por ver la cara del señor Fo cuando descolgó el teléfono, creo que se le saltaron las lágrimas por la emoción al reconocer mi voz —ni mi madre se alegra tanto de que la llame—, desde que llegó Mariana mas nunca compré en su restaurante, no había necesidad. Para cuando llega la comida, mi hermana ya había dejado el calendario como un cuadro de Picasso. No se pueden imaginar lo que le gustan los rotuladores de colores.
Mariana trabaja en la librería de unos grandes almacenes en la que, es la encargada de la sección de diseño, y a juzgar por la cantidad de libros que decoran mi salón desde su llegada, se debe de dejar medio sueldo en ese vicio. Sobre todo en la sección de romántica, mientras yo soy más de esperarme a que salga la película y así tampoco tengo que preocuparme de si la adaptación es horrible.
—Mariana, ¿no te parece que tienes demasiados libros? —le pregunté el día que me pidió que la ayudara a subir las cajas que traía en el maletero del coche.
—Nunca se tienen demasiados libros Juls.
Una vez en casa, comenzó a colocarlos en la estantería, ordenados por orden alfabético, autor, tamaño y color —sí, en ese orden—. En ese momento, fui consciente, por primera vez desde su llegada, de que ese «solo serán un par de semanas» se iban a alargar hasta el infinito y más allá.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, Mariana tiene turnos rotativos de mañana y tarde, por lo que, salvo excepciones, trabaja de lunes a sábado. Yo tengo un horario fijo en el Hangar de cinco de la tarde a dos de la mañana —con una hora de descanso para cenar—. Así que las dos, a simple vista, libramos el domingo.
—No hagas planes para el próximo sábado por la tarde. —Mariana me mira con cara de «pero ¿Qué planes voy a hacer yo, mujer de Dios, si no tengo vida?»—. Hay una fiesta en el Hangar, empieza a las siete, puedes traer a alguna amiga si quieres, pero necesito que me confirmes sus datos antes del sábado.
—¿Tan exclusiva es? —pregunta entre asombrada e interesada.
«Si tú supieras...hermanita».
Mejor que no lo supiera porque, de lo contrario, no iría ni atada.
Pero el fin justifica los medios.
Partiendo de esta sólida base he trazado un plan para evitar que Mariana termine convirtiéndose en la tía de los gatos. Aunque algunos lo pongan en duda, esto no lo hago por mí, lo hago por ella. Y por algunos me refiero a Lucas, uno de los clientes habituales del Hangar, que se ha convertido en uno de mis mejores amigos.
Cuando empezó a venir al local me parecía un yuppi engreído. Ahora solo me parece un yuppi, pero de esos a los que se les coge cariño, y que me da muy buenas propinas.
—Reconócelo —estamos cada uno a un lado de la barra—, tú quieres librarte de ella.
—No quiero librarme de ella —respondo—, quiero que recupere su vida.
—Claro —ironiza Lucas—. Y, de paso, tú recuperas la tuya sinvergüenza.
No puedo culparlo por tener dudas sobre mis verdaderas intenciones, cuando yo soy la única responsable de que las tenga. Llevo semanas quejándome de mi hermana lo que no se imaginan. Yo necesitaba desahogarme con alguien —no es necesario aclarar que los primeros días de convivencia fueron un infierno—, y él siempre estaba al otro lado de la barra. Pero las cosas habían cambiado. Puede que estuviera experimentando el Síndrome de Estocolmo, pero vivir con Mariana ya no me parecía tan horrible. Mi hermana podía ser una jodida piedra en el zapato, pero era mi jodida piedra. Y me necesitaba. Lo único que quería era que saliera de casa, que conociera gente y se divirtiera. Puede que la hubiera engañado un poquito con lo de la «fiesta», pero fue con la mejor intención.
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Like i loviu (TERMINADA)
RomansaJuliana quiere a su hermana, pero prefiere que sea feliz en otro sitio que no sea en su casa. Quiere recuperar su espacio por eso idea un plan. Con lo que no cuenta es, en que si pides ayuda al universo, este se atreve a cobrarse el favor, pero a su...
