10 Maniobras suicidas - Juls

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Mariana acaba de irse, sé que se va a ver con Lucas, aunque no me lo haya dicho. No ha hecho falta. Se ha esmerado en ¿arreglarse? —nunca me ha gustado ese término, se arregla lo que está roto y ninguna mujer lo está— y salió por la puerta dando saltitos como un canguro, mientras yo revolvía la nevera en busca de las cervezas que mi hermana se empeña en relegar al fondo del estante, camuflándolas entre los yogures. Cuando por fin localizo lo que buscaba cierro la puerta y me encuentro con una nota gigante con el teléfono de Valentina escrito en color rosa. «A poco no es bella mi hermanita», pienso, aunque yo no sea la más indicada para reprochárselo, siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno.

Mariana me contó esta misma tarde que Valentina vive en el conjunto la Plaza Mayor —a un par de calles de mi casa—, justo enfrente de la cafetería Kaffas. Obviamente no estoy pensando con la cabeza cuando decido presentarme allí y enviarle un mensaje, pero eso no me detiene. Si hay que tomar una mala decisión, soy una experta.

Es como cuando te manchas la camisa con vino tinto. ¿les ha pasado alguna vez? Seguro que sí. Seguro que era una mancha minúscula, ridícula, pero a la que no puedes quitarle los ojos de encima porque parece que brilla como un faro. En ese momento, te vienen a la cabeza un montón de remedios caseros que has leído en algún sitio —como que eso sale con bicarbonato, con leche, con vinagre, con vino blanco o con tres avemarías si rezas con mucha fe—, y entonces los pones en práctica todos a la vez, uno detrás de otro, hasta que aquella minúscula mancha alcanza el tamaño de Australia. Y tú miras el destrozo y te preguntas por qué no paraste cuando todavía estabas a tiempo. Mis decisiones, la mayoría de las veces, son como esa mancha de vino que me empeño en limpiar y que acaba en desastre. Todo el mundo tiene un superpoder, aunque no siempre sea positivo. Yo tengo el superpoder de cagarla y, con los años, lejos de aprender de mis errores, he perfeccionado la técnica.

*

Veo a Valentina salir del portal poco después de nuestro intercambio de mensajes. Lleva el pelo —ese que minutos antes parecía una selva despeinada— recogido en una coleta, vaqueros y camiseta blanca a conjunto con las deportivas.

—Le envié un mensaje a mi tía Evangelina—dice nada más sentarse—. Si desaparezco sin dejar rastro irán a por ti.

La miro horrorizada. Pero ¿por quién me ha tomado esta morra? Está loca!

—No me mires así, eres tú la que se presentó aquí y, que yo sepa, no te he dado ni mi número de teléfono ni mi dirección.

—¿Tengo pinta de psicópata? Le digo

—La mayoría de los psicópatas no tienen pinta de serlo —argumenta, encogiéndose de hombros.

—No soy una psicópata. Afirmo de inmediato

—Eso es lo que dicen todos.

—¿En serio? ¿A cuántos conoces?

No responde de inmediato porque el camarero se acerca a la mesa para dejar un café solo con hielo que ella ni siquiera ha pedido; al parecer, no hace falta porque ya la conocen y es lo que toma siempre. En cuanto el camarero se aleja de la mesa, ella retoma la conversación mientras añade y remueve el azúcar.

—Hay mucho loco suelto —asegura—, y la mayoría parecen personas normales, hasta que un buen día les da un toque y descuartizan a su vecino porque les robaba las revistas del buzón, y todos los que lo conocían nunca pensaron que fuera capaz de hacer algo así. «Era un hombre encantador», «me saludaba todos los días en el ascensor». —La muy hermosa imita diferentes voces.

—Oook, empiezas a darme miedo —bromeo—, creo que ahora soy yo la que va a enviar un mensaje por si desaparezco en extrañas circunstancias.

—Por mi parte puedes estar tranquila, soy inofensiva, la acosadora eres tú.

Like i  loviu (TERMINADA)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora