18 Secretos - Mariana

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El domingo cuando llego a casa, después de mi cita con Lucas, me encuentro a mi hermana domingueando en el sofá de mala manera.

—¡Espero que tengas hambre! —grito nada más entrar y asomarme al salón—. Traje la cena.

—¿Te he dicho que eres mi hermana favorita y que te quiero muchoooo?

—Soy la única que tienes... pero no te hagas y ayúdame a poner la mesa, sinvergüenza.

Ponemos la mesa entre las dos y saco las hamburguesas que compré de camino a casa. La mía una típica americana. La suya una doble con todo lo que incluye el menú.

Una cena que no es más que una vulgar excusa para pasar un rato con mi hermana y darle la oportunidad de que me cuente su encuentro con Valentina, porque, aunque ella todavía no lo sabe, las vi besarse esta tarde.

—¿Qué tal tu día? —pregunto como si nada.

—Bien, ¿y tú? ¿Qué tal tu cita?

«¿Qué tal mi cita? ¡¿Qué tal la tuya?! Mamona...

Pero no suelta prenda.

¿Qué esperabas, Mariana?».

Terminamos de cenar y nos acomodamos en el sofá a ver una película. La noche avanza y mis posibilidades de que el tema salga a colación se están evaporando. Ojalá fuera capaz de acosarla a preguntas sin más, como ella hace conmigo.

—¿Qué? —pregunta la tercera vez que me captura mirándola de reojo.

—Nada.

—¿Estás segura?

—Si.. es que tienes salsa de tomate en la cara —miento mientras le froto la barbilla como si, de verdad, tuviera una mancha, para disimular.

*

Puedo entender que mi hermana no quiera contarme lo que pasó con Valentina. Lo que no puedo entender es que no me lo haya contado ella.

¿Qué sentido tiene ocultármelo? No entiendo nada y no sé cómo actuar.

El resultado es que llevo tres días manteniendo conversaciones conmigo misma como si estuviera como un hospital psiquiátrico. El jueves a media tarde, estoy que me subo por las paredes por lo que decido buscar consuelo espiritual en casa de Camilo, el vecino de al lado de mi hermana, un hombre adorable con el que he hecho muy buena conexión.

Al poco tiempo de mudarme a casa de Juls, me lo encontré en las escaleras cargado con más bolsas de las que podía llevar, pero no te creas que no opuso resistencia cuando intenté ayudarlo, me costó un buen rato convencerlo para que me dejara hacerlo y solo accedió a cambio de invitarme a un café con galletas como compensación. Accedí, qué remedio, y al final nos pasamos media tarde de cháchara dando buena cuenta de la caja de galletas de mantequilla que el hombre acababa de comprar. Me sentí tan culpable que me presenté en su puerta al día siguiente con otra caja.

El depa de Camilo es igual que el de mi hermana —ochenta metros repartidos entre recibidor, cocina, salón, dos habitaciones y un baño—, salvo por un detalle, y es que el suyo tiene un pequeño balcón al que se accede desde el salón, lleno de geranios, y cada vez que pongo los pies en él me imagino a mí misma como la protagonista de una novela, con una regadera de corazones en la mano, cantándoles a los geranios canciones de Alejandro Sanz.

Sigo a Camilo hasta la cocina y me siento a la mesa en la que tiene el ordenador portátil. No soy chismosa, lo prometo, pero la pantalla está encendida y no puedo evitar ver lo que está mirando.

—¿Desde cuándo lees en Wattpad?

—¿Qué pasa? ¿Crees que un vejestorio como yo, no puede estar familiarizado con las nuevas tecnologías?

—No es eso, solo me sorprende, porque esto —señalo su portátil— no huele a libro.

Aquella primera tarde en la que entré en casa de Camilo —balcones con geranios aparte—, me enamoré de su librería. La pared del pasillo estaba cubierta por una preciosa y robusta estantería de madera oscura que llegaba hasta el techo. Fue un instalove en toda regla.

—¡Qué maravilla! —exclamé.

En aquel momento era como una niña en una tienda de golosinas. Avanzaba deslizando los dedos sobre los lomos mientras Camilo me observaba apoyado en el quicio de la puerta. Había de todo, desde grandes clásicos a novela negra, histórica e, incluso, para mi sorpresa, una amplia colección de romántica que según me dijo había pertenecido a su mujer.

—Necesito una librería como esta —murmuré—. Es preciosa.

—Mi mujer decía que un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma.

—Era una mujer sabia. —Camilo llevaba seis años viudo.

—El sabio era Cicerón, y ella una plagiadora.

Ambos coincidíamos en que, por mucho que el mundo se empeñase en mostrarnos las múltiples ventajas del libro digital, nunca serían suficientes frente al placer que proporciona sostener un libro en tus manos y emborracharte con su olor.

Partiendo de esa maravillosa premisa, la pregunta es: ¿Qué hace Camilo leyendo en Wattpad?

—Mi hija lo está usando para publicar la novela que está escribiendo.

—¿Tu hija Ximena? ¿En serio? ¡Eso es genial! Felicítala de mi parte cuando la veas.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque ni tú, ni yo deberíamos saberlo, así que tienes que guardarme el secreto —dice al tiempo que cierra la tapa del portátil como si de ese modo eliminase las pruebas del delito.

—Entonces, ¿cómo te enteraste?

—Porque se le escapó al bocasuelta de mi nieto —ríe—, pero le prometí que no diría nada y, por supuesto, que no lo leería.

—Pero lo estás leyendo...

—Oficialmente, no, me registré en la página con una identidad falsa —susurra como si acabara de confesar un crimen.

«Es que me lo como».

—Pero ¿por qué no quiere que leas lo que escribe?

—Porque le da vergüenza —se lamenta—. Algún día me lo contará, estoy seguro, solo necesita ganar un poco de confianza en sí misma y en lo que escribe para hacerlo.

Lo miro con ternura. Es muy noble por su parte respetar la decisión de su hija y esperar a que sea ella quien se lo cuente cuando esté preparada para hacerlo. Quizá yo debería hacer lo mismo y respetar que ni mi hermana ni Valentina me hayan contado qué hay entre ellas, puede que todavía no sea el momento de hacerlo.

—¿Cómo eres capaz de fingir que sabes algo que no deberías saber? —Camilo me mira extrañado por mi pregunta, voy a tener que contárselo todo y confiar en que sabrá guardarme el secreto, como está haciendo con su nieto—. Ayer vi a mi hermana y a Valentina en la terraza de una cafetería, se estaban besando, en plan como romántico raro, ya me entiendes... —Espero que lo haga porque, si tengo que darle detalles, finjo una embolia—. El caso es que ellas no me vieron a mí, así que no saben que lo sé, y tampoco me lo han contado.

—¿Crees que no lo harán?

—No sé qué creer.

—Todo mal en esta vida tiene dos remedios, el tiempo y el silencio.

—¿Y qué me quieres decir con eso?

—Que te calles y esperes a que te lo cuenten. 

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