24 Dos besos después - Lucas

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Somos el resultado de nuestras decisiones. Sobre todo de las malas. Ahora sé que me equivoqué cuando decidí participar en aquella locura y acercarme a Mariana.

Ojalá no lo hubiera hecho.

Ojalá no me hubiera dejado envolver.

Ojalá la hubiera conocido de forma casual en la barra del Hangar.

Ojalá las cosas hubiesen sido de otra manera, porque no estaba seguro de que Mariana pudiera perdonar que me acercara a ella por el motivo por el que lo hice.

Ojalá no hubiera comenzado con una mentira, porque no lo era, era real.

Tan real como el hormigueo que sentía en la punta de los dedos al tocarla o el cosquilleo que provocaba su risa contra mi cuello.

Se me había ido de las manos.

El sábado me presenté en su casa, empujado por una necesidad de sentirla más fuerte que yo. Ahora sé que me equivoqué al hacerlo, porque la necesidad sigue latiéndome en las venas, cada vez más, cada vez más fuerte, y no es justo para ella.

—Creía que no te gustaba —susurró con la cabeza apoyada en mi pecho mientras yo le acariciaba el pelo, tumbados todavía en su cama.

—Quería hacer las cosas bien.

Y juro que no mentía.

Quería hacerlo bien. Esa era la única razón por la que llevaba días conteniendo mis impulsos para no abalanzarme sobre ella. Quería decirle la verdad antes de que fuera demasiado tarde. Pero ya no podía más.

El domingo me sentí tan rastrero que fui incapaz de llamarla.

Tampoco respondí a ninguno de sus mensajes.

*

El lunes por la tarde en cuanto salgo de trabajar me voy directo al Hangar para hablar con Juls. Me la encuentro charlando con Teo, en el interior de la barra, mientras ordenan las estanterías y reponen mercancía. No doy ni las buenas tardes al entrar.

—Tenemos que contarle la verdad a Mariana.

—¿A qué viene eso ahora? —pregunta Juls, quien no entiende la angustia que me ha dado.

—Esto se me ha ido de las manos.

—¿Y eso qué quiere decir? —pregunta desencajada.

—Que el que juega con fuego termina quemándose —sentencia Teo mientras seca los vasos que saca del lavavajillas.

«Maldito gurú de la chingada».

—Lucas, por el amor de un dios, dime que no te has acostado con mi hermana —suplica mi amiga. Resoplo frustrado y eso parece servirle como repuesta—. No me jodas... —Ahora es ella quien resopla—. ¿Ven a lo que me refería? —se dirige a Teo y Adriana—. Sabía que esto iba a pasar.

—Tenemos que decirle la verdad —insisto.

—Ni lo sueñes, ¿me escuchas? Si Mariana se entera, no nos lo va a perdonar en la vida. ¿Es eso lo que quieres?

Por supuesto que no.

Yo lo único que quiero es librarme de la mala conciencia.

Y a Mariana en mi vida.

Eso también.

—No es tan grave, lo entenderá. —Cambio de estrategia, tal vez quitarle hierro al asunto funcione. Y en el fondo yo también necesito convencerme de que lo entenderá.

—Si de verdad crees eso, no conoces a Mariana. —Me dice Juls

Su comentario es peor que un puñetazo en la boca del estómago, porque es posible que tenga razón. ¿Se puede conocer a alguien de verdad en apenas un par de semanas? Quizá no, quizá lo único que conoces es lo que ha querido contarte, pero los matices de esas historias solo se hacen visibles con el tiempo.

—No puedo seguir con esto.

No así.

—Lucas, ¡no me jodas!

La escucho gritar mientras camino en dirección a la puerta. Ni siquiera me molesto en responder. ¿Para qué? No merece la pena malgastar saliva. Juls no va a cambiar de opinión. Y yo tampoco.

*

Me paso los siguientes días intentando reunir el valor suficiente para hablar con Mariana, frustrado por ser incapaz de hacerlo. Cada mensaje que dejo sin responder me parte el alma. Saber que mi silencio le está haciendo daño me parte el alma. Su ausencia me parte el alma.

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