48 Las diez - Valentina

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Arrastro a Mariana hasta la calle para obligarla a contarme con pelos y señales lo ocurrido con Lucas y, cuando ya estoy a punto de sacar el confeti y contratar los fuegos artificiales, me suelta la bomba. «Comprendo». La muy tarada le ha dicho «comprendo» definitivo lo de las hermanitas Valdes es genetico. No sé qué demonios comprende ella, pero les puedo asegurar que yo no comprendo nada.

—¡¿Que hiciste qué?! —grito.

—¿Qué querías que hiciera? —rebate ella—. ¿Lanzarme a sus brazos como si no hubiera pasado nada?

—Espera que lo piense... —Finjo pensarlo medio segundo—. ¡SÍ! ¡Por supuesto que sí! Te dijo que te quiere, por el amor de Dios, Mariana, ese wey te gusta más que el olor a café por la mañana, ¿qué más necesitas?

—No puede ser tan fácil Valentina.

Mariana se apoya en la pared, se tapa la cara con las manos y ahoga un grito de desesperación. Le cuesta confiar y la entiendo, vaya si lo hago, porque yo me siento exactamente igual que ella.

No sé cómo terminamos sentadas en unos bancos en la puerta de un edificio, pero lo hacemos. Solo nos falta la botella de vino dentro de la bolsa de papel para parecer dos indigentes, con la cabeza apoyada en el cristal y la mirada perdida en ninguna parte. Como sigamos así, nos van a dar las diez, las once y hasta las uvas.

—Escucha, Mariana, sé cómo te sientes, sé que te cuesta confiar en él porque después de la primera mentira toda la verdad se convierte en duda, pero no quiero que te arrepientas de tu decisión.

—¿Tú te arrepientes de la tuya?

—No, pero eso no quiere decir que no vaya a hacerlo.

Porque eso es lo que me grita cada día mi voz interior, cada vez más fuerte, cada vez más alto.

«Deja de crearte expectativas».

«No te hagas ilusiones».

«No te enamores».

La cruda realidad es que no puedes evitarlo, y no hay nada que puedas hacer al respecto, porque mientras la parte más prudente de tu sentido común te susurra al oído todo lo que puede salir mal, la parte más temeraria te autoconvence de que no tiene por qué ser así, que si no hay garantías para el éxito, tampoco las hay para el fracaso, que hay un millón de finales posibles para la misma historia y que el tuyo todavía no está escrito. Y tú te agarras al ahora porque es lo único seguro que tienes mientras piensas que ya habrá tiempo para un «te lo dije» y, llegado el caso, como diría mi tía, que te quiten lo bailao.

—¿Y si tomo la decisión equivocada?

Nadie levantará jamás barreras tan altas como nuestro propio miedo. Somos nuestro peor enemigo. Entonces tengo una idea brillante. Saco una moneda del bolsillo y se la muestro.

—¿Qué pretendes hacer?

—Salvarte de ti misma —respondo—. Vamos a jugar con tus reglas. —Al fin y al cabo, la primera que sacó una moneda fue ella—. Tienes que tomar una decisión. Cara, entras ahí de nuevo y cambias el puto «comprendo» por lo que te salga del kiwi, lo mismo me da que le jures amor eterno que le comas la boca como si el mundo fuera a acabarse. Cruz, te olvidas de Lucas y aquí no ha pasado nada. ¿Lo tenemos claro?

Mariana asiente, pero antes de que pueda lanzar la moneda al aire ya se ha levantado y corre hacia la puerta del Hangar.

«Pues sí que funciona lo de la monedita». 

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. 3 caps para el final

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