37 Sueños rotos - Mariana

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Odio los lunes, pero hay lunes que son todavía más lunes que un lunes cualquiera. Y hoy es uno de ellos. Como no he pasado por casa el fin de semana, no he podido coger mi uniforme de trabajo y tengo que pedirle a Paula que me preste uno de los suyos, menos mal que llevamos la misma talla y que las dos tenemos de repuesto.

—¿Fin de semana loco? —pregunta cuando me da la bolsa con la ropa en el vestuario.

—No te imaginas cuánto.

Es evidente que no lo entiende. Me queda claro que está pensando que mi mala cara es consecuencia de haber pasado un fin de semana de chupe y fiesta estilo living la vida loca, cuando empieza a hacer un montón de gestos obscenos —de los que no pienso dar detalles—, acompañados de miradas lascivas. Pero no, los tiros no van por ahí, así que no me queda más remedio que contarle la historia completa, aunque por capítulos, en los ratos libres que nos deja el trabajo.

—¡No mames! —Paula no se lo puede creer—. Nunca volveré a decirte que ves demasiadas películas, porque está claro que la realidad supera a la ficción. Aunque te digo una cosa, ese wey estaba para llevarse el gusto.

—El gusto y el disgusto.

A los hechos me remito.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Si me dieran un dollar cada vez que me han hecho esa misma pregunta este fin de semana, ahora mismo tendría una cuenta en las Caimán.

—De momento, pasar por el depa cuando mi hermana se haya ido a trabajar y coger ropa limpia. —Porque mi maleta huele a muerto.

Y eso hago.

Cuando cruzo la puerta del apartamento de mi hermana me siento una extraña, una invasora, una delincuente que entra a hurtadillas en una casa que no es la suya. Voy directa a mi habitación para coger lo imprescindible y salgo de allí a toda prisa. Aunque no me voy muy lejos.

—Llegas justo a tiempo. —Camilo me sonríe en cuanto abre la puerta—. Acabo de preparar café.

Al final había declinado su invitación a quedarme en su casa, más que nada porque eso supondría correr el riesgo, por pequeño que fuera, de cruzarme con mi hermana en el anex, en las escaleras, en el loby o en mitad de la calle. Preferí poner distancia física, pero sobre todo emocional.

—¿Ya pensaste qué vas a hacer? —Otra vez la maldita preguntita.

—¿Mudarme a Alaska?

—Demasiado frío.

—¿El Caribe?

—Demasiado calor.

—Así no ayudas, Camilo... —me quejo.

—Mariana, la vida es demasiado corta para vivirla enfadados. —Estoy de acuerdo, pero no puedo hacer como si no hubiera pasado nada—. ¿Tú que quieres?

La pregunta sobrevuela mi cabeza durante días. ¿Qué quiero? Desecho los primeros pensamientos, «volver atrás» o «que nada de esto hubiera pasado», no son una opción realista. Pero en el fondo esa utopía no se aleja tanto de la realidad. Lo que yo quiero es recuperar lo que tenía.

Sentir que encajas en tu pequeña parcela del mundo.

Sentir que estás en el lugar correcto.

Mirar a quienes te acompañan en el camino y pensar que no importa cuánto dure el viaje o a dónde nos lleve el destino.

Reír hasta llorar y llorar hasta reír.

Confiar.

Suena tan utópico como volver atrás.

*

De camino al depa de Valentina, reviso los mensajes de mi teléfono. Cada vez me cuesta más ignorar los de mi hermana. Es la primera vez que nos enfadamos de verdad y, por mucho que me moleste reconocerlo, la extraño mucho Y, por si no tenía suficiente con mi hermana, estaba el tema «Lucas», ese incómodo elefante rosa del que me negaba a hablar y que acababa de enviarme otro mensaje.

Que fácil sería todo si solo nos sintiéramos atraídos por la persona correcta, la que nos corresponde, la que nos conviene. Ojalá pudiéramos controlar lo que sentimos y hacia quien. 

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