CAPÍTULO VEINTIUNO- DISOLUTO II

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Eleora

Diez segundos han sido los que siempre han regido mi tiempo, el cual atesoro más que los bienes que he obtenido con las habilidades que he ido perfeccionando a través de los años porque ganarlo siempre ha sido mi meta, aunque perderlo se convirtió en un problema por los sucesos que lo detuvieron para enfrascarme en una vida que nunca planeé, pero que siempre voy a necesitar.

Siempre quise madre, pero nunca planeé como serlo, siempre me vi con una familia, aunque ahora que la tengo me enfrento contra todos los ejércitos que se levanten frente a mí porque los míos serán siempre eso que necesitaré para vivir.

A pesar de que es un conteo final el que me recuerda que los sentimientos debilitan, las emociones confunden, las tentaciones distraen, pero las sensaciones traicionan, las cuales se han desatado en los momentos más caóticos de mi existencia, por consiguiente, siempre serán las que reverenciaré porque en ellas existen el verdadero significado de lo que soy.

Es una dualidad extraordinaria enlazar la consistencia de instantes ideados con la inconsistencia de una vida perturbadora en una sensación que arrastra con la realidad que, ahora, me vuelve a consolidar porque la verdad puede liberar, pero la mía siempre, aunque no la confiese, me va a condenar.

Cuento los segundos que necesito para enfrentar al grupo de hombres uniformados que tengo delante en tanto que oteo disimuladamente mi hombro para alertar a quien me está observado, sería difícil para otra persona detectar su compañía, pero jamás para mí porque puedo olerlo a kilómetros de distancia la fragancia que insta a agacharme para con rapidez levantar los bordes anchos del pantalón y liberar de las cintas atadas a mis piernas las cuchillas que ensancho en mis dedos para ávidamente lanzarlas a los hombres que tengo al frente.

En un movimiento de protección giro llevándome a Pyort entre mis brazos; la sorpresa lo inquieta y la desesperación que le surge en sus instintos condicionados a la hiperactividad lo trastorna cuando me abalanzo hacia el pavimento para protegernos de la avalancha de disparos que se desencadena por parte de Mihail Mikhailov.

Me cautivé de su sombra, por eso, siempre la reconoceré, así esté enloquecida, pero me enamoré de su presencia dominante, por lo tanto, siempre confiaré en que me salvará, aun cuando tenga los ojos vendados.

Envuelvo al niño con mis piernas en forma de nido para protegerlo, cubre sus orejas con mis manos para aplacar lo que lo desespera y entiendo lo que dicen los militares cuando la puntería maestra los vence en una salida entre las puertas de metal.

Su presencia seductora me quema el clítoris porque lleva la cabeza raspada dándole más imponencia a su cuerpo endurecido, su vestimenta negra le confiere tenebrosidad a su aspecto y su caminata lenta habitual me responde las dudas sobre esa cualidad que me desespera porque él disfruta sentir como la muerte lo acaricia sin lograr matarlo en ninguno de sus roces.

«La muerte se arrodilla ante él, aunque ante mí se postra esperando morir a mis pies»

Cierro mis ojos confiando en que el héroe de mi vida será el que me salvará, si bien, no lo merezco porque yo siempre seré su villana, aunque los abro por el quejido de dolor que él suelta en un rozamiento violento de una bala por su mejilla, la cual sangra, inquietando severamente los pálpitos de mi corazón.

Las aspas de los helicópteros me impacientan porque reconozco que los agentes que se encuentra aquí pertenecen a una agencia de gobierno ruso, precisamente el Servicio de Inteligencia Exterior, que posee los secretos diplomáticos de Rusia, los cuales deduzco que son de interés para el hombre que sigue disparando para someter a lo que desea a su tierra.

Identifico a los hombres que bajan por las cuerdas de los helicópteros como agentes, pero no oficiales, sino privados de un servicio de seguridad superior SIGMA en la que su jefe se encuentra ahora atacando a su próximo objetivo.

ESTUPORHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora