CAPÍTULO OCHO- ATARAXIA I

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Andrei

24 horas antes...

Dentro de las mil decisiones que se pueden elegir a diario para darle sentido a las horas en las que transcurre el día existen dos que serían las más complejas de todas porque se tratan de lo que realmente le da sentido a todo lo que se hace puesto que a realizar un juicio su gravedad no mana de las acciones obradas sino de quienes y de donde las hicieron.

Ser o estar siempre han sido las dos únicas opciones que se me proyectan en cada despertar desde mis doce años para decidirme estrictamente que debo ser y donde debo estar porque a partir de esa edad fue qué elegir quien ser y serlo en cualquier lugar que deseara se volvió una elección muy deleitable ya que tengo grabada en mi memoria; que me repite en cada segundo de mi existencia, mis mayores razones para debatirme entre esas disyuntivas incitándome a tomar la que mejor me convenga.

Nunca he sido y nunca estaré en donde me quieren ver porque por más que se esfuercen en condicionar lo que soy mis decisiones superarán siempre las avideces de los demás debido a qué prefiero no tener un nombre y no tener un lugar de residencia permanente a vivir preso de una mentira de la que hace ya un tiempo me di cuenta que vivía por medio de las decisiones que adultos decidieron tomar en la vida de un niño que pretendía con cada acción que hacía enorgullecer a su padre y engrandecer a su madre porque entendía que dos seres como Luka Levilovich Mikhailov junto a su esposa Galya Yeva Moskaleva merecían recibir en cada acción cometida honras a sus existencias.

Por largos años la molestia que padezco incondicionalmente a lo que soy la he aplacado por medio de la purificación de mi cuerpo, dedicando largas horas del día a purgar mi templo porque es la única parte inmaculada de mi ser, ya que desde mi nacimiento he sido esclavo del desenfreno, degeneración y depravación sin tener la oportunidad de liberarme de esa condena por lo que me es necesario enaltecer mis concupiscencias sacrificando a otras personas en la concupiscencia que vive en mí.

No siempre fue así, pero iniciar la pubertad sosteniendo en mi mano una de las pistolas de mi padre para demostrarle que podía verme a mí de la misma manera en que miraba a quien todos veneran intentando salvar a mi hermana me hizo darle honor a su vida y muerte exaltándola en mi maldad desde ese momento hasta la actualidad.

Solamente quería que sus ojos brillaran como resplandecían con solo mencionar el nombre de su primogénito legítimo, aunque en vez de conseguir su admiración a mi acto que concebía como mi mayor acto de valentía para darle importancia al sobrenombre con el que mis hermanos me llamaban «Khrabryy» y del que esperaba que mi madre también pusiera sus ojos en mí en condición de admiración sin el rastro de atención a mis movimientos, conseguí de ellos un castigo que pesa mucho en mis hombros.

Es un castigo que duele; duele mucho, más de lo que pensé que podía dolerme algún golpe, porque fue dado por quienes veía como mi protección más grande, ya que eran los padres que siempre me sentí muy orgulloso de tener, pero que sus orgullos no estaban en mi puesto que el mayor de los suyos siempre ha sido él debido a que incluso presionando un gatillo para salvar a Slavnyy de sus asaltantes para tener de ellos ese mismo sentimiento de satisfacción en todo lo que hacía su primogénito no pude obtener de ellos su mirada de contentamiento hacia lo que hice.

Me esclavizaron a vivir lejos de casa en Rusia porque no podían dejarme en la vista de su hijo mayor para no provocarle un disgusto más grande en saber qué perdió en un mismo escenario a su gloriosa hermana junto a su valiente hermano ya que los disparos; que mi mente me repite a diario la detonación de ellos con la imagen de que penetraron en quienes iban a raptarla, no entraron en ellos como mi consciencia me exhibe persistentemente porque la oscuridad de la fortaleza Mikhailov en Moscú, aunque desde niño me ha aportado más habilidad por padecer dos variantes de daltonismo, me impidió lograr mi objetivo estallando en el cuerpo de mi hermana las balas que le quitaron la vida.

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