Después de volver y dejar a Agatha en su casa, Maximiliano puso rumbo a la suya. Tenía las mejillas aún rosadas del frío que habían pasado en los acantilados y sospechaba que al día siguiente despertaría afónico por los gritos.
Caminaba despacio, no tenía ninguna prisa por volver, es más, si por él fuera pasaría todo el día con Agatha. Todas las vacaciones, para aprovechar el máximo de tiempo posible con ella antes de volver al condenado internado. Solo con ella podía ser él, ni siquiera con su familia podía serlo. Era todo el tiempo un prototipo de señorito de alta clase, excepto con Agatha, con nadie más podía ser tan natural como lo era con ella.
Llegaron justo a tiempo para la hora de comer sin dejar sospecha alguna de lo que habían hecho aquella mañana. Le tentó la oferta de Agatha para quedarse a comer, pero Maximiliano la rechazó porque suponía que por fin hablaría con su abuela, y estar él presente solo empeoraría las cosas. Además, él seguía pensativo por lo que había ocurrido.
Aquellos acantilados.
Cerró los ojos con fuerza, como si sintiera dolor. Ladeó la cabeza e intentó despejar la mente.
Deseó gritar de nuevo sobre el acantilado, aquello fue lo único que le permitió serenarse.
Era como si aquello en lo que pensaba le carcomiese por dentro.
¿Qué era lo que tanto atormentaba en la cabeza de Maximiliano?
La conversación que tuvo con el padre de Agatha al día siguiente de perderse en Marbella. Eso era lo que tanto le carcomía por dentro.
Aquel día.
· Maximiliano... Maxi, ¿puedo llamarte así?
· Sí, señor - dijo con tono frío, pero sin perder la educación.
El señor Rivera había mandado llamar a Maximiliano. El joven no tenía ninguna intención de hablar con el padre de Agatha después del bofetón que presenció a ella la noche anterior. Su decepción y rabia era tal que dudó en negarse. Pero debía guardar la compostura, no le convenía buscarse problemas con el padre de su mejor amiga que tanto le necesitaba en ese momento.
· Puedo ver en tus ojos el odio que me tienes.
Maximiliano apartó la vista y comenzaron a andar por los jardines. El joven con una postura tensa e incómoda y el señor con las manos agarradas por detrás algo más relajado.
· Eso es bueno - prosiguió a decir el padre – demuestra que te importa Agatha.
Maximiliano sintió un escalofrío al escuchar el nombre de ella.
· Por eso mismo quiero hablar contigo.
El joven se extrañó y por un momento pensó que el señor Rivera querría hablar sobre el tema del matrimonio con Agatha que tenían pensado su padre y él. Sintió que le hervía la sangre, pero se contuvo y escuchó lo que tenía que decirle.
El padre suspiró algo cansado.
· Como bien sabes Agatha es... diferente. Ella no es como las demás señoritas de su edad, no le interesan los enamoramientos, ni los matrimonios, tampoco el ser madre, el buen apellido... - esbozó una pequeña sonrisa – en ese sentido es como su madre.
Maximiliano le miró. ¿la madre de Agatha? Pensó. Apenas sabía nada de ella, Agatha era muy pequeña como para acordarse detalladamente de ella.
· Y es por eso mismo por lo que temo por ella– los ojos del señor permanecían apenados.
· ¿qué tiene de malo que Agatha sea como su madre? - preguntó seriamente Maximiliano.
El padre se detuvo y le miró a los ojos. Una mirada intensa, de padre.
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Agatha conoce a Maxi.
Roman d'amourAgatha y Maxi, dos amigos aristocráticos cuyo amor traspasará los muros de la sociedad de principios de siglo 19.
