Agatha no se imaginó el paseo de aquella manera. Miranda tenía agarrado del brazo a Maximiliano mientras le contaba sin cesar anécdotas sobre ella y su vida dejando ver que era impresionante y espectacular. Sin embargo, no parecía impresionar lo más mínimo al incómodo italiano que no encontraba oportunidad para zafarse de ese brazo que le tenía preso y que hacía que él y ella se vieran como si fueran una pareja.
Las gemelas ibas unos metros por delante en su mundo y Agatha unos metros por detrás. Se empezaba a aburrir. Ella quería ir a la frutería, pero hasta el momento solo habían ido a zonas nuevas y de lujo. Poco le importaba todo aquello a Agatha. Ella quería volver a ver los caminos y tiendas por donde iba con sus padres de pequeña. También le hacía ilusión enseñárselo a Maximiliano, aunque este estuviera ocupado con Miranda.
Harta y aburrida de esperar, se paró en seco y dijo:
· ¿podemos ir a la frutería?
El grupo se giró a verla.
· Dijiste que podíamos ir a verla, por favor.
· Ah... la frutería... pero querida, aún queda que os enseñe la boutique de moda...
· Es verdad que dijiste que nos llevarías a la frutería. - dijo Maximiliano mirando a Miranda a la vez que se intentaba apartar de ella.
· Tienes toda la razón querida. Vamos ahora mismo. - dijo con un entusiasmo exagerado cogiendo de nuevo el brazo del italiano y arrastrándolo por la calle.
Agatha les siguió sintiéndose algo aliviada.
· WOW – dijo Agatha sorprendida – esto sí que me suena. - miraba a todos lados. Ahora ella estaba metros por delante del grupo.
Maximiliano miraba a su amiga con ternura. Le alegraba verla contenta.
· ¡mira Maxi! ¡la frutería! - Agatha corrió hacía un puestecito en mitad de la antigua plaza.
· Espera Agatha, no te alejes - corrió Maximiliano detrás de ella liberándose por fin de Miranda.
· Espera querido... - se sintió algo ofendida. - vamos niñas - dijo de mala gana a las gemelas.
En la frutería, Agatha admiró cada detalle.
· Buenas. - dijo un chico de unos 20 años.
· Buenas tardes, señor. - dijo con educación Agatha.
· Qué le cojo. - cogió el muchacho una bolsa de tela.
· Melocotones por favor.
· ¿perdón?
· Melocotones.
El muchacho puso una mueca de confusión a la vez que miraba la fruta que ofrecía el puesto.
· Señorita... nosotros no vendemos melocotones. Lo que ve es lo que hay.
· Pero... yo recuerdo haber comprado aquí melocotones... - dijo Agatha decepcionada. - eran exquisitos, los mejores del país. A mi madre le encantaban...
· Agatha, eso fue hace muchos años, las cosas han cambiado... - intentó consolar a su amiga. - podemos preguntar en otra frutería si quieres.
· ¿hace muchos años? Mmm.... recuerdo que cuando era más chico, en verano mi padre traía melocotones, había un cliente importante que le compraba... pero eso fue hace como...
· ¿diez años? - dijo Agatha con una sonrisa.
· Hey, ¿era su familia?
· Sí - dijo feliz.
· Espera un segundo... - el muchacho se fue al fondo de la tienda – padre, padre, ¡padre! Ven pa ca, ven. - gritó.
Un señor algo mayor apareció y gruñó.
· Qué quiere ahora.
· Mira papa, ¿te acuerdas de ella?
El señor la miró. Y tardó unos pocos segundos en reaccionar y abrir los ojos como platos.
· No puedes ser... es usted... ¿es usted la señorita Rivera? ¿la pequeña Agatha?
Maximiliano sonrió con alegría al ver a Agatha explotar de felicidad.
· Sí señor, soy yo.
· Hija... estás guapísima, cuánto tiempo ha pasado... - dijo cogiéndola de las manos dulcemente.
· Diez años señor
· Virgen santa... eres igualita a tu madre. ¿Cómo están los señores?
Maximiliano adoptó un gesto de seriedad al momento. Pero Agatha, lejos de sentirse mal, adoptó una sonrisa dulce y respondió con madurez.
· Madre se fue hace diez años. No hemos vuelto desde entonces. Y padre está bien, se casó de nuevo y vivimos felices en Cantabria.
· Oh, señorita, cuanto lo siento. - dijo acariciando sus manos con suavidad.
· No tiene por qué señor.
· Yo me pregunté por qué no volvían. Sobre todo, su dulce madre que venía todas las mañanas ella misma a comprarme melocotones... oh virgen santa, Ramón, Ramón... ¿nos quedan melocotones?
· No padre, hace ya que se acabaron. - contestó el muchacho.
· Qué pena me da no tener, señorita.
· No se preocupe señor, me siento muy feliz de haber venido y de que usted me haya reconocido... me voy contenta. - arqueó una dulce y sincera sonrisa.
· Señorita... usted ha heredado la belleza y gracia que su madre... me alegro mucho de haberla vuelto a ver.
· Pero antes de irse, llévese manzanas señorita. No serán melocotones, pero le aseguro que están sabrosísimas. - con un gesto ordenó a su hijo servirle manzanas.
· Gracias, señor, se lo agradezco mucho.
Una vez fuera de la tienda, ambos jóvenes comían una manzana mientras andaban en dirección a la fuente del centro de la plaza donde se encontraban Miranda y sus hermanas.
· Está deliciosa.
· ¿Verdad que sí? - dijo Agatha feliz. - me alegro de haber venido Maxi.
· Y yo.
Sonrió mientras miraba de reojo a su amiga.
· Cuánto habéis tardado para ser una frutería. Ni que fuera una boutique francesa...
· Lo que pasa es que me he reencontrado con el señor...
· Me alegro un montón querida. - la cortó sin reproche a la vez que se agarraba de nuevo del brazo de Maximiliano. Este adoptó de nuevo un gesto serio, incómodo y algo molesto.
· ¿Queréis una manzana? - intentó decir Agatha, pero Miranda y las gemelas ya se había puesto en marcha dejándola hablar sola.
A pesar de sentirse ignorada por el grupo, Agatha seguía feliz. Corrió y tardó unos pocos segundos en alcanzarles.
El sol empezaba a ponerse. Debían volver ya. Seguían en la zona más antigua de la ciudad, pero según Miranda estaban cerca ya de la tienda de moda. Agatha se limitaba seguir al grupo. En ningún momento se preocupó de ubicarse, es más, era incapaz. Ella no estaba acostumbrada a las ciudades.
Mientras el grupo aligeraba el paso, Agatha se paró en seco en el escaparate de una pastelería.
· Wow... - soltó mientras contemplaba cada uno de los dulces.
Sentía que se le hacía boca agua. Estaba hambrienta, la manzana apenas la calmó unos minutos, y quería que Margot y los demás las probaran por lo que decidió no comer más.
Vio una galleta cuyo glaseado tenía los colores de la bandera de Italia.
· Mira Maxi, esa galleta tiene... - Agatha giró la cabeza buscando la cara de su amigo, pero se encontró con un cielo anaranjado y una calle vacía. - ¿Maxi?
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Agatha conoce a Maxi.
RomanceAgatha y Maxi, dos amigos aristocráticos cuyo amor traspasará los muros de la sociedad de principios de siglo 19.
