El funeral de Lorenza Mozzi fue al cabo de tres días. Su cuerpo, asesinado por un sanguinario marido, fue enterrado un Domingo soleado, en Las Fraguas, el dolor del luto les impidió viajar a su país nativo.
Tras la misa y el entierro, Maximiliano desapareció, no quería ver a nadie y menos aún, recibir su pena, necesitaba estar solo.
Se escondió en la gran biblioteca de su casa, perdido entre infinitos pilares de libros.
Sentado en el suelo con la cabeza agachada entre las piernas dijo de repente.
- qué haces aquí Agatha - dijo sin apenas voz.
Su amiga yacía sentada a su lado, no estaba seguro de cuánto tiempo llevaba ahí, pero al ser consciente de su presencia sintió que quizás ella era la única persona en el mundo a la que no le importaba ver.
Ella no se giró a verle, mantuvo su mirada ida en el suelo llena de pena y permaneció callada.
Tras varios segundos en silencio, Maximiliano habló.
- debí haberte hecho caso desde el primer momento - sintió un doloroso pinchazo en su interior.
Lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de la joven.
- yo te dije que estaban enamorados... - apenas podía hablar - lo siento muchísimo Maxi... - y se llevó la mano a la boca para no hacer ruido mientras rompía a llorar.
El joven se dirigió a su amiga y la abrazó, lo necesitaba, afecto.
- Puede que Lorenza sí estuviera enamorada de él, pero está claro que no era mutuo... - le costaba hablar - debí haber hecho algo... tú me advertiste de ese malnacido,
Agatha le abrazó con fuerza sin dejar de llorar.
- lo siento...
- yo también lo siento - las lágrimas de Maximiliano caían de sus ojos cerrados mientras abrazaba a su única amiga.
Pasaron horas y horas, por la ventana la única luz que entraba era la de la luna.
Los amigos cogidos de las manos permanecieron en silencio, consolándose el uno al otro. Él apoyaba su cabeza en el hombro de ella.
- Agatha.
- dime.
- no te cases con alguien que no te haga feliz - ella no se inmutó - Lorenza solo fue feliz con él las primeras semanas, antes de la boda pude notar sus dudas e inseguridades - tragó saliva - la oía llorar todas las noches y él fue un completo malnacido desde siempre - dijo con una voz cansada y llena de pena - no fui un buen hermano... pero intentaré ser un buen amigo - se incorporó para mirarle a los ojos intensamente - no dejaré que te casen con cualquiera - su gesto serio era incluso algo intimidador. Se sorbió los mocos de llorar.
Agatha con mucha pena forzó una sonrisa triste y asintió suavemente.
Pasaron varios días, la familia Mozzi viajó a Milán por motivos personales referidos a Lorenza.
Roberto regresó a su casa de Andalucía con su familia.
Agatha esperó la vuelta de su amigo mientras reflexionaba con todo lo que había ocurrido.
Algo en ella despertó, algo que desconocía. Pasaba las mañanas, las tardes y las noches pensando y pensando.
No estaba depresiva, pero sí abstraída de todo, daba largos paseos en soledad e ignoraba eventos a los que no quería ir.
Un día se animó a coger papel, tinta y se dispuso a escribir una carta. No era para Maximiliano, sino para una tal Alejandra Mendoza,
querida Alejandra,
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Agatha conoce a Maxi.
RomansaAgatha y Maxi, dos amigos aristocráticos cuyo amor traspasará los muros de la sociedad de principios de siglo 19.
