CAPÍTULO 28

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«Te pertenezco tanto como las estrellas al cielo»
—Anne Miller.


DANIEL

Llevo tres días…—tal vez más—, bebiendo como desquiciado. No, no he ido a ver a Annie porque esto me rebasó. Es demasiado.

A veces creo suponer que no soy tan fuerte como desearía, que sigo siendo igual de ingenuo al creer que podría tener mi historia feliz. Cada vez que lo pienso, terminó cayendo de cara al precipicio y puedo sentir que ante la caída mis huesos crujen y me hacen sangrar.

Estoy muriendo sin dejar de respirar. Es una sensación que te ahoga y asfixiada día a día.

Mis ojos se querían cerrar por sí solos, llevaba días sin dormir.

Me incorporé a como pude y alcancé una bolsita de la mesa. Me preparé para ponerla en línea vertical sobre la superficie, envolví un billete en un rollo y lo incliné sobre el polvo para inhalarlo.

Tres segundos pasaron y me encontraba como nuevo, lúcido, menos ebrio.

Tomé las llaves de mi auto y minutos después ya me encontraba encima del carro en marcha. Manejé a toda velocidad hacia mi destino. Tenía urgencia en llegar y…verla.

Estacioné el auto enfrente de la casa de Dorian. Me bajé mientras aspiraba la nariz, tratando de controlar mis nervios y la sensación de hormigueo que recorría mi cuerpo.

Iba a tocar el timbre, pero me percaté de la poca luz que había en el ambiente. Por salir a toda prisa ni siquiera me paré a verificar la hora, era de noche.

Me arrepentí y di tres pasos hacia atrás con la intención de volver al vehículo e ir a mi casa. En eso, sentí que me observaban desde lo alto de la mansión. Volteé hacia arriba, ahí fue donde me encontré con unos ojos marrones que me miraban con desaprobación.

Puta madre.

Ella desapareció del balcón y yo fui a sentarme en uno de los escalones de la entrada principal. Sabía que bajaría.

Moví mi pie con impaciencia, me pasaba una mano por el cabello para alborotarlo y con la otra usé mis nudillos para frotar mi nariz con la intención de calmar la adrenalina.

Sentí la presencia de alguien a mi izquierda, ni siquiera tuve que voltear para saber que era ella. Su olor a cerezas y vainilla dejaba al descubierto su identidad.

Anne se sentó a mi lado sin apartar un segundo su mirada de mi perfil.

Dejé por la paz mi cabello y traté de no tocar mi nariz para que no se diera cuenta del estado en el que me encontraba.

—Hola, Daniel.

—Hola, pequeña.

—¿Qué haces aquí…tan tarde? —inquirió y dejé de mover el pie.

—Vine a visitarte.

—No son horas—me reprimió y solté una sonrisa ladina sin dejar mi vista del frente—. ¿No pudiste esperar hasta mañana?

—Siempre tengo ganas de verte.

—Hay límites.

—No los tengo cuando se trata de ti.

Pensé que diría algo más, pero en cambio, movió mi mentón a su dirección para que la mirara. Me analizó varios segundos hasta que tuve que mover la nariz por el cosquilleo, eso me delató.

—¿Qué te metiste, Daniel? —cuestionó mientras acercaba más su rostro al mío.

Estar así de cerca alentó a mis ganas de tenerla pero me aguanté, no era el momento.

FUISTE TÚ PRIMEROHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora