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Hasta ahí.

Finalmente pudo despedirse de las dos personas que construyeron su vida, su futuro. Había una parte de Midoriko de la que debía librarse y Kikyo tomo la decisión de ayudarle a acabar con todos los demonios que estaban ahí.

La técnica de Kagomeera peligrosa, incluso para ella. No habían escritos en donde mencionaban a alguna sacerdotisa que haya sobrevivido. Naraku jamás iba a poder salvarse de eso.

Y era un gran sacrificio.

Inuyasha intentó llevar a Sesshomaru con él pero no quiso hacer caso, cuando mencionó que ella quería que se alejaran tuvo un pésimo presentimiento. 

—No me iré.

—¡Entiende que podría matarte!

Dió su último esfuerzo y cuando volvió a darle la espalda para agarrar a Naraku del cuello, mejor se retiró del lugar. Ya no le rogaría más.
Toda la zona se iluminó con la concentración de energía que poseía la sacerdotisa.  Miles y miles de almas uniéndose y purificándose entre sí para pulverizar el mal que había en la tierra.

Ambos demonios se miraron a los ojos, uno rabioso y el otro tranquilo. Y los golpes volvieron de nuevo, a ninguno de los dos les importó el aire pesado y lo caliente que también se sentía.

Ninguno de los dos sabía que Kagome iba a ser capaz de renunciar a sus poderes en su totalidad sólo para poder encontrar algo de paz en su vida. No había nacido para pelear, no había nacido para empuñar un arma. Pero quizás si para amar y defender a cualquiera que considerara un ser querido.
Sus pies se hundieron en la tierra por el peso, y sus brazos comenzaron a temblar. Apretó los dientes y se esforzó un poco más. Quería que fuera suficientemente destructivo, que no quedara nada.

En ese tiempo pudo ver el alma de Kikyo y lo que Midoriko había dejado en ella unirse a la concentración. Soltó una pequeña lágrima por un repentino sentimiento de nostalgia.
Cuando sintió que ya no podía más, simplemente lo dejó ir. 

Nunca pudo explicarse de donde venía aquel don que tenía en sus ojos, que de a pocos perdieron el color y se volvieron un profundo azul zafiro. Imaginó que ahí seguía, ya que nació con ello, pero ya no era tan fuerte como antes. Había tenido una última visión en lo que estuvo retenida por el demonio de ojos rojos.

Había visto lo que estaba pasando en ese preciso momento.

Perdió brillo y despertó un vacío en su interior. Aunque estaba aliviada. Se sentó en el suelo, viendo como aquella bola de energía se dirigía a gran velocidad hacia la guarida de Naraku.

Quería que todos los que murieron en sus manos, pudieran descansar en paz. 

Estaba convencida, de que no era la vida que quería. Podía empezar de nuevo siendo una mujer normal. 

—Mujer —Se volteó casi de inmediato cuando escuchó al demonio. Él estaba preocupado, se agachó a su lado y pasó una de sus manos por el rostro golpeado y sucio.

—Estoy bien —Sonrió apenas. Estaba confundido, no podía sentir nada en ella. Sólo podía percibir la esencia de su cuerpo, la esencia normal de un humano.

—¿Qué hiciste? —Preguntó tomándola de los hombros, sus ojos se fijaron en los de ella. Se encontró una mirada cansada, pero ligeramente más alegre que antes.

En lo que él esperaba una respuesta, Naraku quedó en aquel lugar con la cabeza separada de su cuerpo. Tenía que buscar la forma de volver a juntar su cuerpo pero con el poder espiritual que estaba inundando la zona le era imposible. Vió llegar su final tan rápido que ni siquiera pudo mencionar una palabra. Por más que lo intentara de nuevo, ni siquiera todas las almas robadas en su interior le ayudarían a sobrevivir.

Kagome recordó por un instante que de las espadas que todos habían estado buscando, ya solo quedaban dos. Souunga habrá desaparecido para siempre al igual que la espada que usaba Midoriko.

Suspiró con alivio.

—He renunciado a esta vida para siempre —Con seguridad confesó, ambos sin quitarse la mirada de encima—. Quiero ser libre, quiero amarte. Quiero continuar con vida. Quiero que todos.. continúen con vida. Naraku ocasionó mucho dolor pero al final pude salvarlos. Era todo lo que quería.

—¿Qué quieres hacer ahora?

—Quiero.. vivir tranquila, como un humano normal. Sólo he mantenido conmigo una reserva para curar a los aldeanos y hacer exorcismos sencillos. Pero no volveré a pelear. Esto no volverá a pasar.

Eso infló su ego demasiado. Ahora él era el encargado de protegerla para siempre, de nuevo podía ver esa chispa de confianza.

Por fin lo había perdonado completamente. 

Kagome tocó su rostro con suavidad y después se abalanzó sobre él para abrazarlo. Fue correspondida. Había estado triste y sola por muchísimo tiempo, intentó seguir adelante a pesar del dolor. De todas las cosas traumáticas que había vivido.

Fue difícil para ambos poder aceptar sus sentimientos, descubrir porque existía odio. Por qué deseaban matarse. Desde el primer momento, ese sentimiento realmente nunca existió. Pero era algo nuevo. Ninguno de los dos había experimentado antes el enamoramiento. 

—¡Oyeee! —Se separaron. Inuyasha venía caminando y a su lado Kirara—. Me parece que has olvidado algo, Kagome.

Se levantó con cuidado por la molestia que tenía en una de sus costillas y corrió a abrazar al híbrido con fuerza. La única familia que le quedaba, junto a Sesshomaru y sus amigos que esperaban en la aldea.

Habló con ambos y explicó muchas cosas, Inuyasha había despertado del conjuro cuando ella dejó salir aquel grito desesperado. Al parecer fue una manera de romperlo, y al mismo tiempo despertó su consciencia.

Decidieron volver a la aldea que estaba en la playa, la aldea que Kagome había tomado como su hogar. Aún tenía algunas cosas pendientes, pero por ahora su prioridad era sanar y también establecerse con el demonio a quién tomaría por su pareja finalmente.

Existía al fin paz en su corazón, y también en su única y propia alma.

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¿De donde viene nuestro odio? || SesshomeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora