Somos tres capitulo 35

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El hijo pródigo vuelve a casa

Y ahí fue cuando me di cuenta... ya me siento mejor. Siento que puedo seguir sin tener que recordar el pasado. También quiero reconciliarme nuevamente con Dios. Hace tiempo ya tenía ese sentir en mi corazón. Desde que me aparté de la iglesia, no he vuelto a tocar la guitarra, y después de mucho tiempo, hoy la volví a tocar... y se sintió muy bien. Fue una sensación muy linda, la verdad.

Me di cuenta de que, a pesar de que yo le había fallado tantas veces a Dios, Él nunca se apartó de mí. ¿Puedes entender un poco lo que digo?

Mientras escuchaba a Williams, mis lágrimas salían por sí solas. Todo carácter de una persona tiene un pasado... y finalmente puedo entender por qué él es así.

—Sí, te entiendo, de verdad —dije mientras pasaba mis manos por mi rostro, secando mis lágrimas.

—Bien —dijo Williams con un leve suspiro, poniéndose de pie al mismo tiempo.

En ese momento, lo vi observar el bello paisaje. Al verlo, yo también me puse de pie, y ambos nos quedamos contemplando aquel hermoso lugar que su hermana tanto amaba.

Pasamos un buen rato allí, en silencio, simplemente admirando todo. Luego bajamos hacia el carro, y mientras íbamos de camino, Williams me dijo que íbamos hacia el segundo lugar. Eran aproximadamente las 11:30 de la mañana. No me había dado cuenta del tiempo, pero ese camino me parecía un poco familiar... por aquí está la iglesia donde me congregaba.

No sé por qué, pero en ese momento sentí la necesidad de preguntar:

—¿Williams? ¿A dónde vamos ahora mismo? —le pregunté un poco dudosa.

—Vamos a la iglesia. A la iglesia donde asiste tu abuela —dijo él, mientras manejaba sin apartar la vista del camino.

Me quedé un poco impresionada, pero por dentro... me sentía feliz.

—¿Cómo sabes dónde está la iglesia? ¿Ya habías venido aquí? —pregunté, confundida.

—Así es. Vine con los chicos. Vinimos a orar por ti una vez, días antes de lo que sucedió con Dereck en la fiesta. Esther le dijo a Esteban, y él me lo comentó... así que vinimos.

—¿De verdad? —pregunté asombrada, conmovida a la vez.

—Sí, es en serio —dijo mientras parqueaba el auto.

—Bueno, ya llegamos —dijo Williams, recostando su cabeza en el volante y luego mirándome a los ojos con un tono de voz bajo, pasivo y suave a la vez.

—Hace días, como te dije esta mañana, ya tenía ese sentir... quería reconciliarme con Dios, y quería que tú fueras la primera en saberlo. No sé por qué, pero últimamente no he podido dejar de pensar en ti... y quería que lo supieras antes de hacerlo. Jajaja... aunque Dios ya lo sabía —dijo mientras mantenía su cabeza apoyada en el volante, mirándome con sus ojos.

Sentí que me decía mucho más con la mirada que con sus palabras. Solo pude escucharlo atentamente. Aún no creía del todo lo que estaba escuchando. Aún no podía creer que esas palabras... salieran de Williams.

Cuando terminó de decirme eso, simplemente nos quedamos mirándonos. Duró menos de un minuto, pero se sintió eterno. Nadie dijo nada. Solo nuestras miradas hablaban. Era como si en ese momento todo lo demás desapareciera.

Luego de ese instante, Williams rompió el hielo. Bajó del auto, abrió la puerta del copiloto y, extendiéndome la mano, dijo:

—¿Entonces... vamos?

Simplemente estaba impresionada, sorprendida... pero a la vez feliz. Así que bajé del auto, tomé su mano, y juntos caminamos hacia la iglesia.

Cuando entramos, Esther estaba en la puerta. Rápidamente solté la mano de Williams, corrí hacia ella y la abracé, al igual que a Esteban.

—Rous, ¡qué bueno que viniste! ¿Vamos adentro? —preguntó Esther, mientras me tomaba de la mano y me guiaba hacia el interior, dejando atrás a Williams y Esteban.

Al entrar, todos se sorprendieron de verme. Pensé que me iban a juzgar con sus miradas o que empezarían a murmurar... pero fue todo lo contrario. Tenía tanto miedo de volver y que me criticaran, que la verdad me sorprendió: todos estaban allí, mirándome con una expresión de felicidad. Me sentía cómoda. Me sentía de vuelta en casa.

Incluso al ver a los músicos, a las danzoras, a mi grupo de amigos... todos se veían felices por verme otra vez. En ese momento recordé un verso que el pastor siempre decía:

Lucas 15:20
"Entonces el hijo regresó a la casa de su padre.
Mientras el hijo todavía estaba muy lejos de casa, su padre lo vio y tuvo compasión de él.
Salió corriendo a su encuentro y le dio la bienvenida con besos y abrazos."

Y ahí lo comprendí... no había por qué tener miedo. No importa cuánto me desvíe del camino. Jehová, mi Pastor, dejará las noventa y nueve e irá por mí. Él siempre me recibirá con los brazos abiertos, a pesar de mis fallas.
Después de todo... una vez más, Dios tuvo misericordia de mí.

En ese momento, pude sentir lo mismo que sintió el hijo pródigo... cuando volvió a casa.

CONTINUARÁ...

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